La realidad ha dado la razón a Pablo VI

El poder profético de la “Humanae vitae”

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Un tema recurrente en la enseñanza del Papa Francisco es que las realidades humanas superan a las abstracciones eruditas. “La realidad es superior a la idea”. Su famosa frase sobre los pastores con “olor a oveja” constituye la versión popular de esa máxima. A menudo en su trabajo, y en el de sus colaboradores, aparecen advertencias contra la “rigidez”, la “retórica vacía” y el peligro de “quedar atrapado en el ámbito de las ideas abstractas”. Lo más importante son, como ha señalado recientemente el Card. Blase Cupich en una conferencia impartida en Cambridge, “las realidades con las que se enfrentan cotidianamente las personas”.

Resulta especialmente pertinente centrarse en “la realidad” hoy, cuando conmemoramos el 50 aniversario de una de las más famosas –y más desacreditadas– encíclicas de la historia de la Iglesia. Hace diez años, con motivo de su 40 aniversario, First Things publicó un ensayo mío titulado “Vindicación de la Humanae vitae. Allí, haciéndome eco de datos de distintas procedencias –la sociología, la psicología, la historia, la literatura feminista actual–, decía: “Al cabo de cuatro décadas, se han confirmado empíricamente las predicciones de la encíclica, y además como pocas predicciones se han confirmado: de una manera que sus autores no podían haber previsto, con datos que no se conocían cuando se escribió el documento, por investigadores y especialistas que no tenían interés en su contenido, en ocasiones sin percatarse de ello y, también, por muchos que se declaraban contrarios a la Iglesia”.

Resistencia

Por supuesto, que haya pruebas abundantes no significa que un argumento válido sea aceptado siempre por todos, ni hace cincuenta años, ni hace diez, ni tampoco hoy. La promesa de sexo a petición, sin límite o restricción alguna, tal vez sea la tentación colectiva más fuerte que la humanidad haya conocido nunca. De ahí que, desde la invención de la píldora anticonceptiva, haya sido implacablemente feroz la resistencia contra la moral cristiana tradicional y que muchos, tanto en el mundo laico como clerical, quieran rebajar su exigencia. Como dijeron en son de queja los discípulos de Jesús al escuchar su doctrina sobre el matrimonio, esas enseñanzas son “duras”.

El documento más vilipendiado a nivel mundial del último medio siglo es, al mismo tiempo, el más profético y el que más nos ilustra sobre nuestra época

Pero confundir “duro” con “falso” es un grave error. Si en verdad hemos de tener en cuenta la “realidad”, de la gran cantidad de pruebas empíricas de las que hoy disponemos solo es posible sacar una única conclusión. Es la misma conclusión que era visible hace diez años, y que seguirá siéndolo dentro de otros diez, o cien, o doscientos años. Y es simplemente esta: el documento más vilipendiado a nivel mundial del último medio siglo, y el más ampliamente incomprendido, es, al mismo tiempo, el más profético y el que más nos ilustra sobre nuestra época.

Pero dejemos de lado la teología, la filosofía, la ideología y demás abstracciones, y reflexionemos, una por una, sobre las nuevas realidades que vindican la Humanae vitae.

De la píldora al aborto

La primera realidad empírica es la siguiente: con independencia de las intenciones de las personas, ateniéndonos solo a hechos no controvertidos, resulta meridianamente claro que la difusión de la anticoncepción ha conducido a un aumento de los abortos. Hace cincuenta años, cuando se empezaron a generalizar los anticonceptivos, muchas personas de buena fe defendían su uso justamente porque creían que harían superfluo el aborto. Pensaban que un control responsable de la natalidad prevendría el aborto. Pero las estadísticas de las que disponemos desde los sesenta demuestran que esta extendida idea era errónea.

Muchos estudios realizados en el campo de las ciencias sociales durante las pasadas décadas han intentado explicar lo que, para la opinión secular común, resulta asombroso. Tras la invención de la píldora, la anticoncepción, lejos de prevenir el aborto y los embarazos no deseados, ha traído justo lo contrario: el uso de anticonceptivos, los abortos y los nacimientos extramatrimoniales se dispararon simultáneamente.

Los anticonceptivos han servido para debilitar la creencia de que los hombres tienen igual responsabilidad en caso de embarazo imprevisto

En un artículo publicado hace 22 años en el Quarterly Journal of Economics, los economistas George A. Akerlof, Janet L. Yellen y Michael L. Katz resumían así la imprevista conexión entre esos fenómenos:

Antes de la revolución sexual, las mujeres tenían menos libertad, pero se esperaba que los hombres cargaran con la responsabilidad de su bienestar. Hoy las mujeres son más libres de elegir, pero los hombres se han concedido la correspondiente opción. “Si ella no está dispuesta a abortar o a usar anticonceptivos –puede pensar un hombre–, ¿por qué debería yo sacrificarme para casarme con ella?”. Al convertir el nacimiento del hijo en una opción física para la madre, la revolución sexual ha convertido el matrimonio y el sostenimiento de los hijos en una opción social para el padre.

En otras palabras, los anticonceptivos han traído consigo más embarazos y más abortos porque han servido para debilitar la creencia de que los hombres tienen igual responsabilidad en caso de embarazo imprevisto. Como explicaron esos economistas, la anticoncepción redujo drásticamente los incentivos que tenía el hombre para casarse, también para casarse con su novia embarazada. En el nuevo orden pospíldora, el embarazo se ha convertido en responsabilidad de la mujer, y si el control de la natalidad “falla”, eso no es problema del hombre.

Leyes paralelas

Entre anticoncepción y aborto hay también un vínculo jurídico. Como ha señalado recientemente, entre otros, Michael Pakaluk:

Por lo que atañe a la jurisprudencia, el fruto de la anticoncepción es el aborto. Hasta la década de los sesenta, en muchos estados [de EE.UU.] estaban vigentes las leyes Comstock y, por tanto, la venta de anticonceptivos era ilegal, también en el caso de parejas casadas. Esas leyes se anularon en 1965 con la polémica sentencia sobre el caso Griswold dictada por el Tribunal Supremo. Pero en 1973, solo ocho años después, el Tribunal Supremo, en Roe v. Wade, del derecho a la anticoncepción dedujo que existía un derecho al aborto.

Dicho de otro modo: se ha empleado el mismo razonamiento legal para justificar la libertad anticonceptiva que para justificar la libertad de abortar, y esa conexión hace tambalearse la tesis de que entre anticoncepción y aborto se puede fijar una separación estricta. O bien, podríamos decir, la anticoncepción no era suficiente. Hacía falta además la libertad para eliminar el fruto de una anticoncepción fallida.

También la historia muestra la misma relación causal. El impulso a favor de la despenalización del aborto a través del mundo no comenzó hasta el primer tercio del siglo XX, cuando los métodos de control de la natalidad empezaron a difundirse ampliamente. En EE.UU., los estados no despenalizaron el aborto hasta después de la aprobación federal de la píldora anticonceptiva, en 1960. Roe v. Wade llegó después de la píldora, no antes. Y es un hecho histórico que el uso masivo de anticonceptivos provocó una mayor demanda de abortos.

La anticoncepción no era suficiente; hacía falta además la libertad para eliminar el fruto de una anticoncepción fallida

En un artículo publicado en National Catholic Bioethics Quarterly, en 2015, el investigador Scott Lloyd concluía también que la anticoncepción lleva al aborto; claro está que no de manera inexorable en cada caso particular, pero sí regular y repetidamente en cuanto fenómenos sociales relacionados. “Con los anticonceptivos, la sensación de riesgo es menor, y eso favorece encuentros sexuales y relaciones que no ocurrirían en otro caso, lo que ocasiona embarazos en situaciones en las que la mujer no se siente preparada”.

Generación equivocada

Al repasar la historia, resulta patente que se imponen la misericordia y el perdón, esto es, hacia la generación de posguerra que abogó por la anticoncepción. ¿Quién, en aquel momento, podía haber sabido que la anticoncepción llevaría al aborto a una escala nunca antes vista? ¿Se habría atenuado la polémica sobre la Humanae vitae si todos los que la criticaron hubieran entonces conocido lo que los datos nos muestran hoy? ¿No habrían tal vez actuado de otro modo algunos católicos disidentes –y otros– que criticaron públicamente a la Iglesia, si se hubieran dado cuenta de que admitir la anticoncepción iba a abrir el camino a más abortos? En retrospectiva, es evidente que la “degradación general de la moralidad” prevista por la Humanae vitae [n. 17] incluía el desprecio no solo de la mujer, sino también del feto humano.

Ala vista de lo que ha ocurrido en realidad desde 1968, es imposible creer que la anticoncepción no ha desempeñado un papel decisivo en la catástrofe del aborto. El propio Papa Francisco ha dicho del aborto que es “un pecado muy grave” y “un crimen horrendo”. Los hechos han refutado la vieja defensa del control de la natalidad como alternativa al aborto. El tiempo ha demostrado que en realidad lo fomenta.

Reconsideraciones protestantes

Gracias en gran parte a que la realidad número uno de la que hablamos ha sido confirmada por cincuenta años de experiencia, también se ha hecho palpable una segunda realidad. Personas ajenas a la Iglesia católica –sobre todo, aunque no solo, algunos líderes protestantes– contemplan la Humanae vitae bajo una luz nueva y más favorable.

Esta fuerte tendencia, una de las noticias menos difundidas de nuestro tiempo, puede transformar el cristianismo y cambiar la división en torno al control de la natalidad por una nueva unidad. Al reflexionar sobre lo que la revolución sexual ha deparado, cada vez más voces se han alzado en el seno del protestantismo para cuestionar la indiferencia con la que antes se trataba la anticoncepción. Sin embargo, este nuevo enfoque está lejos de ser mayoritario. Ahora bien, tiene lo que cualquier punto de vista minoritario necesita para convencer a la mayoría: pruebas y fuerza moral. Veamos algunos ejemplos de los últimos diez años.

Los protestantes se han hecho un flaco favor al ignorar la importante enseñanza que contiene la Humanae vitae sobre antropología y sexualidad humana… Los protestantes sacarían provecho si estudiaran la encíclica de Pablo VI y prestaran atención a sus advertencias (Evan Lenow, profesor del Southwestern Baptist Theological Seminary).

Muchos evangélicos se están implicando en el debate sobre el control de la natalidad y su sentido. Los evangélicos llegamos tarde al tema del aborto y hemos llegado también tarde a la cuestión del control de la natalidad, pero ahora ya estamos aquí (R. Albert Mohler Jr., presidente del Southwestern Baptist Theological Seminary).

Entre los evangélicos, ya no se considera que una postura contraria a la anticoncepción sea exclusiva de los católicos romanos, como ocurría en el pasado (Jenell Paris, antropólogo, Messiah College).

Siempre que hay un hecho de actualidad relacionado con el tema de la vida, los evangélicos como yo nos sentimos cada vez más incómodos con la cultura anticonceptiva. Nos damos cuenta de que tenemos mucho más en común con los católicos, que reverencian la vida, que con el feminismo radical, que venera por encima de cualquier otra cosa los derechos de la mujer (Julie Roys, autora y bloguera evangélica).

Más protestantes se oponen al control de la natalidad (titular del New York Times, 2012).

Vuelta a los orígenes

Estas reconsideraciones de protestantes y otros no católicos no suponen una ruptura radical con la tradición cristiana, sino una vuelta a ella. Las enseñanzas de la Iglesia sobre la anticoncepción, también las de las Iglesias protestantes, siguieron una misma línea durante siglos. No fue hasta que la Comunión anglicana admitió la primera excepción, en la Conferencia de Lambeth de 1930, cuando católicos y protestantes se separaron en este punto de la doctrina moral. La famosa Resolución 15 estaba pensada únicamente para parejas casadas y bajo circunstancias precisas, pero marcó el comienzo de la anticoncepción por conveniencia. Su lenguaje coincide con la terminología que emplean quien aspiran a convertirse hoy en “reformadores” católicos:

En aquellos casos en que se sienta claramente una obligación moral de limitar o evitar la paternidad, y siempre que exista una razón sólida desde un punto de vista moral para evitar la abstinencia, la Conferencia acepta que se puedan emplear otros métodos, siempre y cuando se haga a la luz de los mismos principios cristianos.

Personas ajenas a la Iglesia católica –sobre todo, algunos líderes protestantes–contemplan la “Humanae vitae” bajo una luz nueva y más favorable

Entonces, como ahora, los protestantes que no estaban de acuerdo con la decisión de abandonar la enseñanza tradicional volvieron a la autoridad de Roma. Charles Gore, obispo de Oxford, fue uno de los que se opuso a la Resolución 15. Tenía “muchas razones para creer que, en el tema de la prevención de los nacimientos, la arraigada tradición de la Iglesia católica estaba en lo cierto y contaba con la sanción divina”. El movimiento favorable a la Humanae vitae de algunos protestantes en la actualidad es, en parte, un reconocimiento tácito de que, volviendo la vista atrás, la postura del obispo de Oxford podría haber sido la acertada.

Neocolonialismo anticonceptivo

En África, tanto protestantes como católicos tienden a mantener la tradición moral cristiana. En este caso, como en otros de la historia, es válida la máxima del sociólogo Laurence R. Iannaccone: “La Iglesias estrictas son sólidas” y, por lo mismos, las laxas son débiles. Es en esa África que mantiene una mentalidad más tradicional donde el cristianismo ha crecido exponencialmente desde la publicación de la Humanae vitae, a diferencia de lo que ha ocurrido en aquellos lugares del mundo donde los líderes religiosos se han esforzado, y se esfuerzan todavía, por cambiar la tradición.

Así lo reflejaba un estudio realizado por el Pew Research Center hace unos años: “Los africanos se encuentran entre los más contrarios a la anticoncepción por razones morales”. Un número importante de personas en Kenia, Uganda y otros países subsaharianos –católicos o no– considera que el uso de anticonceptivos “es moralmente inaceptable”. En Ghana y Nigeria, más de la mitad de la población mantiene esta opinión. A pesar de décadas de proselitismo anticonceptivo, muchos en África se han resistido al empeño de aquellos reformadores que pretendían incorporarlos al programa sexual del Occidente secularizado, programa que incluye, por supuesto, disminuir el número de africanos.

Obianuju Ekeocha, de origen nigeriano, autora del reciente libro Target Africa: Ideological Neo-Colonialism of the Twenty-First Century, escribió una carta abierta a Melinda Gates, cuya fundación dedica gran cantidad de recursos a difundir el control de la natalidad entre los africanos: “Veo que estos 4.600 millones van a traernos desgracias. Van a traernos maridos infieles, calles sin el alboroto inocente de los niños y una vejez sin el tierno y cariñoso cuidado de nuestros hijos”.

Los africanos no son los únicos destinatarios de esa campaña empeñada en difundir una Weltanschauung anticonceptiva. Pero tampoco son los únicos en rechazar la idea de que el mundo sería mejor si fueran menos. Un destacado hindú afirmó algo similar hace años: “Es ingenuo creer que el uso de anticonceptivos se limitará meramente a regular la descendencia. Solo hay esperanza de una vida decente mientras el acto sexual esté claramente relacionado con la transmisión de la vida”. El autor de tales afirmaciones no es Elizabeth Anscombe, quien en su famoso ensayo de 1972, Contraception and Chastity, defendió la Humanae vitae con esa misma lógica. Quien así hablaba era Mahatma Gandhi, otro no católico que coincidía con las razones que subyacen en las enseñanzas morales del cristianismo. “Insto a quienes defienden el uso de métodos artificiales a que piensen en las consecuencias”, señaló en otro lugar. “Es probable que el amplio uso de esos métodos lleve a la disolución del vínculo matrimonial y al amor libre”.

También está bien fundado el miedo a que las “autoridades públicas” puedan “imponer” esas técnicas al pueblo, como advertía la propia encíclica. Esto es lo que ha ocurrido, evidentemente, en China, con su larga e inhumana política del hijo único, repleta de abortos forzados y esterilizaciones involuntarias. En Estados Unidos y otros países occidentales, donde se ha querido lograr ciertos objetivos mediante el control obligatorio de la natalidad, se ha usado un tipo de coerción más suave. Por ejemplo, en los noventa y años posteriores, algunos jueces norteamericanos respaldaron la implantación de anticonceptivos de larga duración en mujeres que habían sido condenadas por la comisión de delitos. La coacción implícita que conlleva esta medida provocó la crítica, entre otras organizaciones, de la American Civil Liberties Union: “Los recientes intentos de obligar a las mujeres a usar Norplant nos retrotraen a un período de racismo abierto y eugenesia”, dijo.

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Texto traducido con autorización de los propietarios del original publicado en First Things (abril 2018). Versión española de Josemaría Carabante.


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