Hacia el Año Santo

El Papa Francisco confía en la fuerza de la misericordia

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La imagen de la Iglesia como “un hospital de campaña”. El ideal de los pastores “con olor a oveja”. El llamamiento a salir a “las periferias humanas”... Algunas de las metáforas más expresivas del Papa Francisco ayudan a entender su idea de la misericordia divina, protagonista del Jubileo extraordinario (del 8-12-2015 al 20-11-2016) que convocó oficialmente con una bula, publicada el pasado 11 de abril.


Una versión de este artículo se publicó en el servicio impreso 34/15

(Actualizado el 13-04-2014)

La misericordia ocupa un lugar decisivo en la vida de Francisco, según explica la web oficial de la Santa Sede: “En la fiesta de san Mateo del año 1953, el joven Jorge Bergoglio experimentó, a la edad de 17 años, de un modo del todo particular, la presencia amorosa de Dios en su vida. Después de una confesión, sintió su corazón tocado y advirtió la llegada de la misericordia de Dios, que, con mirada de tierno amor, le llamaba a la vida religiosa a ejemplo de san Ignacio de Loyola”.

Una vez elegido obispo, y en recuerdo de ese acontecimiento, Bergoglio escogió como lema episcopal la frase latina “miserando atque eligendo”, extraída de una homilía de san Beda el Venerable, en la que comenta la vocación de san Mateo: “Le miró con sentimiento de amor y le eligió”. Esta expresión de san Beda ha pasado también a su escudo pontificio.

“Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles”

Una necesidad de nuestro tiempo

El periodista británico Austen Ivereigh, fundador de Catholic Voices y autor de una biografía sobre el Papa Francisco (The Great Reformer, 2014) se remonta todavía más atrás en el tiempo para entender la centralidad de la misericordia divina en su vida y su espiritualidad. De su abuela paterna, Margarita Rosa Vassallo, adquirió la imagen de un Dios amoroso que no excluye a nadie.

“[Francisco] siempre ha experimentado a Dios como misericordia. Y en momentos claves de su vida ha tenido experiencia directa de ella”. Esa vivencia personal, unida a su labor como sacerdote y obispo, le ha llevado al convencimiento de que “la misericordia es lo que más necesita el mundo en esta época. Dejarse salvar es rendirse a la verdad del amor incondicional de Dios”, explica Ivereigh.

A la pregunta “¿de qué tiene la Iglesia mayor necesidad en este momento histórico?”, formulada en una entrevista, al comienzo del pontificado, por el jesuita italiano Antonio Spadaro, director de la revista La Civiltà Cattolica, el Papa Francisco contestó: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla”.

Pastores que acompañen y limpien heridas

“Los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia”, prosigue el Papa en esa entrevista. “Por ejemplo, el confesor corre siempre peligro de ser o demasiado rigorista o demasiado laxo. Ninguno de los dos es misericordioso, porque ninguno de los dos se hace de verdad cargo de la persona. El rigorista se lava las manos y lo remite a lo que está mandado. El laxo se lava las manos diciendo simplemente ‘esto no es pecado’ o algo semejante. A las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación”.

Acompañar, consolar, lavar heridas… son tareas propias de un pastor “con olor a oveja”, como le gusta decir al Papa. “A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas, sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible”, escribe en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG), n. 44.

“A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas, sino el lugar de la misericordia del Señor”

La mirada amable del buen pastor destaca lo positivo y aporta oxígeno antes que reproches: “Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (EG, n. 44).

Esta actitud comprensiva es la que quiere impulsar el Papa durante el Año Santo: “Queridos hermanos y hermanas, he pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. (…) Esto especialmente para los confesores: ¡mucha misericordia!”, dijo durante la celebración penitencial en la que anunció el Año santo.

Llevar la compasión a las periferias

La misericordia ha de informar el “dinamismo misionero” de todo el pueblo de Dios, no solo de los pastores: “Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EG, n. 49).

La “Iglesia en salida” tiene como modelo a Jesucristo, que no teme involucrarse y asumir el dolor ajeno: “La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado”, predicaba el Papa en la misa con los nuevos cardenales el pasado febrero.

Glosando el pasaje de la curación de Jesús a un leproso, al que la ley obligaba a vivir excluido de la sociedad, el Papa muestra el contraste entre la lógica “de los doctores de la ley”, que alejan el peligro “apartándose de la persona contagiada”, y “la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio”.

“A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona”

Y deja claro por dónde hay que ir: “El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las ‘periferias’ esenciales de la existencia”.

La misericordia no solo mira a las heridas morales, sino que también lleva a remediar y aliviar las carencias materiales, que hoy disimula la “globalización de la indiferencia”. “Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (EG, n. 54).

Algunos rasgos de la misericordia divina

La actitud acogedora de la Iglesia vive y se alimenta de la misericordia divina, que el Papa pinta con unos rasgos concretos. En la misa celebrada en su toma de posesión de la cátedra del Obispo de Roma, en la fiesta de la Divina Misericordia, Francisco alude a la paciencia más de diez veces y otras cuatro a la ternura de Dios: “Dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo (…). Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo”.

La espera de Dios debe encontrar en el hombre “la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida”, dice en la misma homilía. “Dios te espera precisamente a ti; te pido solo el valor de regresar a Él”.

La misericordia divina “abre un camino de esperanza y de consuelo”, del que “nadie puede ser excluido”, subraya el Papa en la homilía en la que anunció la convocatoria del Año Santo. “¡Es grande el perdón de Dios! Para ella [una mujer pecadora perdonada por Jesús] ahora comienza un nuevo período; renace en el amor a una vida nueva”.

Una imagen que sintetiza bien “qué rostro debería tener cada vez más la Iglesia” en el próximo Jubileo extraordinario es la de la “mamá misericordiosa”, cuyo retrato hizo el Papa en una audiencia general de 2013: “La Iglesia no tiene miedo de entrar en nuestra noche cuando estamos en la oscuridad del alma y de la conciencia, para darnos esperanza. ¡Porque la Iglesia es madre!”.


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