El derecho de los hijos a una madre y un padre

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Ante el posible referéndum sobre el matrimonio gay en Australia, Margaret Sommerville, profesora de bioética en la Universidad de Notre Dame, sugiere en MercatorNet no olvidar los derechos de los niños. Seleccionamos algunos párrafos.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos define el matrimonio como un derecho compuesto: los hombres y las mujeres “tienen derecho a casarse y a fundar una familia”. El “derecho a fundar una familia” hace del matrimonio la institución social que reconoce y establece los derechos de los niños respecto de sus padres y de la estructura familiar en la que son criados.

Si creemos que los niños, incluidos los que serán homosexuales de adultos, tienen derecho a una madre y a un padre –preferiblemente sus propios padres biológicos– y, a ser posible, a ser criados por ellos, entonces no podemos apoyar el matrimonio homosexual porque elimina ese derecho. Es cierto que no siempre se respeta ese derecho, pero en esos casos la sociedad no busca ese resultado de forma deliberada, lo que sí haría el matrimonio gay si se convirtiera en norma.

El matrimonio entre personas del mismo sexo también suscita cuestiones éticas resbaladizas.

En virtud de la doctrina ética del “consentimiento anticipado”, debemos preguntarnos: ¿consentiría un niño ser privado de una madre o de un padre?

Las parejas casadas de homosexuales (varones) representan un porcentaje importante de los usuarios de la maternidad subrogada. Se oponen a la prohibición legal de la subrogación comercial, como la vigente en Canadá, alegando que tal impedimento vulnera el derecho a fundar una familia que les reconoció la legalización del matrimonio gay, y que es muy difícil encontrar a mujeres dispuestas a gestar de forma altruista. Pero al margen de cuál sea nuestra postura ética sobre la subrogación, prohibimos el pago a las gestantes porque nos parece que roza la venta de bebés; lo prohibimos porque, al igual que la esclavitud, convierte a los niños en mercancías y desprecia tanto a los niños implicados como al resto.

Igualdad para los niños

(…) En los debates sobre cuestiones éticas, como las planteadas anteriormente, el lenguaje es muy importante, pues afecta a nuestras emociones e intuiciones, sobre todo a las morales, que ayudan a informar nuestras decisiones sobre lo que es ético o no.

Los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo han dejado de llamarlo así para empezar a hablar de “matrimonio igualitario”, lo que nos lleva a pensar en la justicia y en el admirado valor australiano de la equidad. Esa es una consideración importante y válida. Pero ¿qué hay de la igualdad y de la equidad de los hijos de matrimonios homosexuales respecto de los de sexo opuesto, que sí tienen un padre y una madre (…) y trato con sus hermanos y el resto de parientes biológicos?

(…) La doctrina ética del “consentimiento anticipado” sostiene que al tomar una decisión con un impacto grave en las personas que no pueden dar su consentimiento, deberíamos ser capaces de prever razonablemente lo que consentirían si estuvieran presentes. ¿Consentiría un niño ser privado de una madre o de un padre?

Muchas personas a las que se ha privado de su padre biológico por haber nacido de un donante anónimo de semen dicen que no habrían consentido. Se describen a sí mismos como “huérfanos genéticos”; explican que “les falta una mitad”; y preguntan cómo pudo la sociedad permitirlo. De igual forma, ¿consentirían haber nacido de una madre subrogada o de dos hombres o dos mujeres?

Decidir la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo exige vérselas con el choque entre las reclamaciones de los adultos y las necesidades y los derechos de los niños. En tales casos, una ética verdaderamente humana requiere elegir a favor de los más débiles, los más necesitados, los más vulnerables. Los niños son quienes, claramente, están en esta situación y necesitan que el matrimonio siga siendo la unión entre un hombre y una mujer.


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