El Observatorio

De cómo una judía abandonó sus prejuicios anticatólicos

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La editora asistente de Crux, Shannon Levitt, es judía. Puede ser interesante saber cómo alguien criada originalmente en la fe de Abraham llega, sin ser cristiana, a revisar los contenidos de un portal católico. Y la respuesta puede estar en una suerte de “contagio” a partir del responsable de la página, el vaticanista John Allen, una autoridad en temas eclesiales, que es, además, su esposo.

En un artículo sobre cómo ha llegado a apreciar la fe cristiana, Levvit advierte que ella no era practicante del judaísmo –lo más que había hecho era a trabajar con la comunidad judía ortodoxa en Los Angeles–, pero sí tenía cierto “compromiso” con su religión en cuanto a criticar a la Iglesia católica por su historia respecto a los judíos. Del cristianismo conocía apenas los rudimentos que le habían enseñado en su pequeño pueblo de Colorado, donde “había muy pocos católicos”.

Según Levitt, todo empezó a cambiar cuando conoció a Allen en la escuela secundaria, y cuando, bastante más adelante, ya con este como profesor de un colegio religioso, tuvo oportunidad de conocer a otros maestros, igualmente católicos. “Entonces [Allen] comenzó a trabajar para el National Catholic Reporter [NCR], donde tuve muy cerca a muchos de sus colegas, todos católicos, y fui profesora de una escuela secundaria católica, donde todos mis buenos amigos eran católicos”. Ante tantas evidencias positivas, sus preconceptos tuvieron que retroceder.

La presencia de Allen en Roma por motivos de trabajo fue, sin embargo, lo que “completó” su educación católica: “Mis prejuicios enfrentaron un desafío, incluso mi meditada aversión al Opus Dei, un grupo tenido por abiertamente conservador y por no estar exactamente a la vanguardia del empoderamiento femenino. Recuerdo el día en que almorcé con un sacerdote del Opus Dei, quien se convirtió [a partir de entonces] en un amigo muy querido”.

Levitt cuenta que la ciudad le dio la oportunidad de conocer a muchísimos católicos, entre ellos a un cardenal que se disculpó personalmente con ella por cualquier atisbo de antisemitisimo que hubiera percibido en La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, pero también a muchos misioneros, que hacían cosas increíbles e inspiradoras, no “a pesar” de su fe, sino “gracias” a esta, ejemplos de vida y de sacrificio que la ayudaron a deshacerse de unas cuantas ideas negativas. “Las personas que conocí estaban haciendo realmente el trabajo de Dios, y negarlo debería ser difícil para cualquiera que conozca sus vidas cotidianas”.

Relata además una anécdota: la de la sensación que experimentó cuando una amiga suya –“agnóstica”, pero criada como católica– le comentó que había visitado la basílica de San Pedro y que se había quedado contemplando la Piedad de Miguel Ángel. “Le pregunté si la experiencia la había hecho sentirse orgullosa de ser católica. Dudó, y dijo que no exactamente eso, pero que la belleza y la historia del lugar habían revivido algo espiritual en ella. Me dijo además cuán afortunada era yo al haber vivido allí por tantos años. Y eso me provocó una fuerte punzada de anhelo por Roma”.


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