“Cultivo inteligente”: alternativas a los pesticidas

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En el mundo ecologista está ganando peso el concepto de Gestión Integrada de las Plagas (IPM, por sus siglas en inglés). Se trata de proteger los cultivos de sus amenazas (malas hierbas, depredadores, bacterias) combinando varios métodos “naturales”, y recurriendo solo a bajas dosis de productos químicos. Recientemente, un estudio publicado en un portal científico de libre acceso ha revisado 85 proyectos IPM en África y Asia: de media, la producción creció un 41% con un 31% menos de pesticidas.

Uno de los procedimientos alternativos empleados por los agricultores africanos y asiáticos consiste en no rociar las plantas con un insecticida que mata a cierto tipo de escarabajos. De esta forma, estos escarabajos actúan como depredadores de otros insectos más dañinos para los cultivos. Otra forma de aumentar la cosecha es plantar juntos distintos productos para aprovechar las sinergias de los agentes químicos que cada uno segrega de forma natural.

Los agricultores participantes en los distintos proyectos han aprendido estas técnicas en las Farmer Field Schools (FFS). Estas escuelas ya promocionan el IPM en más de 90 países. Solo en Bangladesh, Vietnam e Indonesia, dos millones de personas han pasado ya por sus “aulas” al aire libre.

Cada año se aplican en el mundo 3,5 millones de toneladas de pesticidas. Mientras que su empleo se ha estancado en Estados Unidos y otros países del primer mundo, no deja de crecer en regiones menos desarrolladas. Según datos de la FAO, entre los diez países que más los usan hay uno africano (Mauritania, que ocupa el primer lugar), cinco latinoamericanos (entre los que destacan Costa Rica y Colombia), tres asiáticos (China, Japón y Corea del Sur) y uno de Oceanía (Nueva Zelanda). Todos sobrepasan las diez toneladas por hectárea cultivada. Holanda, en el puesto once, es el primer europeo en la lista.

Debate tóxico

Distintas voces han alertado contra el uso masivo de los pesticidas químicos. Se dice que provoca miles de muertes al año por envenenamiento (fundamentalmente relacionados con la presencia de herbicidas y la falta de protocolos sanitarios en países de pocos recursos), y otro tipo de efectos nocivos para la salud humana y el medio ambiente. Además, genera un ciclo de dependencia por el que cada vez se necesita un producto más fuerte, pues los insectos o malas hierbas que atacan los cultivos van adquiriendo más resistencia.

Sin embargo, no toda la ingeniería agrícola tiene por qué ser enemiga del medio ambiente. Uno de los productos estrellas de Monsanto es el BtCorn, un tipo de maíz modificado para producir una proteína capaz de matar a ciertas mariposas muy dañinas para los cultivos. Así, no hace falta utilizar sprays insecticidas, y la producción crece. Como muestra una infografía publicada en Science, según han ido aumentando las hectáreas plantadas con BtCorn en Estados Unidos, ha ido reduciéndose la cantidad de insecticida utilizado, lo que supone un beneficio para el medio ambiente. No obstante, los críticos de Monsanto lo ven de otra manera: la extensión de estas plantaciones provocará que las mariposas desarrollen una resistencia a la proteína, y entonces la compañía creará otro producto que todos volverán a comprar.

Los países emergentes son un mercado especialmente apetitoso para el sector de las semillas modificadas y el de los pesticidas, frecuentemente unidos. Mientras se dirime la cuestión científica sobre los efectos negativos de unas y otras, si es que los tienen, estos países pueden beneficiarse de las alternativas que ofrece el llamado “cultivo inteligente”. El estudio sobre los proyectos desarrollados en África y Asia, aunque no es ni mucho menos definitivo, indica un camino prometedor.


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