Consejos para los actores del drama comunicativo

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El libro de Mark Thompson Sin palabras es un profundo repaso de las patologías comunicativas del siglo XXI, pero su diagnóstico termina de manera brillante con una serie de consejos a los actores envueltos en el discurso público. Los consejos trascienden lo estrictamente comunicativo, y resumidamente son estos:

A los políticos profesionales: Sé fiable. Si quieres parecer un profesional serio, no viertas un cubo de estiércol sobre tus oponentes. Trata a la opinión pública como adultos, admite que no tienes la certeza de que algo funcionará; tus errores tienen efectos en las vidas reales de las personas y esas personas no van a dejar de ver que sus vidas han empeorado por tu culpa.

Contrata escritores que sepan divulgar temas complejos, no que sepan mentir ni enfrentar. Te tacharán de pardillo, pero puede que el votante agradezca otro estilo de comunicar. No escuches sin más a tus partidarios: tienen el mismo sesgo que tú y te interesa llegar a los que piensan distinto, no dar carnaza a los militantes.

La exageración es una droga. Subir el tono constantemente te lleva a un callejón sin salida

La exageración es una droga. Subir el tono constantemente te lleva a un callejón sin salida: ¿cómo llamarás mañana a la ultra-ultra derecha (izquierda)? ¿Envidias al populista? Desde luego goza de una gran libertad para ser incoherente o directamente mentiroso, pero quizá debas imitar su frescura, olvidar al personaje que te han/has creado.

Por último, el pathos. El pathos de la retórica se refiere a las emociones de la audiencia, al estado de ánimo en que el orador los encuentra. El pathos viene a ser la habilidad del orador para cantar en la misma clave que sus oyentes. Por tanto, es una corriente mutua de contagio emocional entre orador y audiencia. Unos profesionales del marketing te han convencido de que sus sondeos te dan una foto exacta de la sociedad. No es verdad. Votar no es comprar pasta de dientes: hay valores, malentendidos, chascos, identidad, religión envueltos en esa decisión. El político tiene que tener una relación humana con su público. No hay que echar a esos profesionales, sino ponerlos en su sitio. La franqueza no se finge, escuchar no es una debilidad. Y si no escuchas a tu electorado, jamás podrás ponerte en sintonía. Sin ese pathos, el ethos y el logos chocarán, y caerán en saco roto.

A los periodistas: Rechaza el perspectivismo, no todo depende del punto de vista. Existen los hechos y la verdad, y hemos de reconocer los sesgos que incluso los mejores reporteros tienen. Se puede ser un realista crítico; la realidad existe y puedes mejorar en los tres procesos: percibir, expresar e interpretar. Nunca ha sido gratis defender principios. Eso no significa no empatizar, pero no utilices la empatía como una máscara para ocultar la cobardía. Mejorar no significa ser dulzón, sino ser duro con el político para sacarle la verdad, pero sin acosar: él es el protagonista, no tú. Si te identificas con un partido político, mejor no te dediques a la información política, no vas a hacerlo bien. Si encima eres amigo de algunos políticos, es imposible investigarlos: los favores de los políticos siempre salen caros y esa relación estrecha crea una burbuja que deja fuera al votante ordinario.

El equilibrio entre periodismo y anunciantes se ha roto en favor de los últimos. Permitir que tu trabajo se rebaje a la autocensura y al marketing es una traición al periodismo tan grave como la que más y especialmente perniciosa, porque es difícilmente detectable por la audiencia.

La política se ha convertido en marketing. No dejes que el periodismo también lo sea. El cumplimiento de boquilla de unos estándares es ridículo. Abandónalo. Las reglas se tienen que adecuar a la realidad antropológica central de que todo el sistema se basa en la confianza y que esa confianza es algo subjetivo.

Si algo puede mantener en pie nuestro quebradizo ámbito público, es un curso de retórica

Al público: Thompson prefiere el nombre de público a otros, como audiencia o electorado. Ahí, los sujetos salen de su ámbito privado y se reúnen con otros a deliberar. La gran mayoría se está desentendiendo de participar, incluso de informarse. Y quienes participan, muy mayoritariamente, son los más sectarios.

Todo el sistema está basado en que hagamos el esfuerzo de informarnos para decidir a quién votar, no hacerlo es una negligencia. Hay que enseñar a nuestros hijos a entender el lenguaje público, desde el marketing a los discursos políticos, el periodismo, las redes sociales, la publicidad. Si algo puede mantener en pie nuestro quebradizo ámbito público es un curso de retórica, más que un ingenioso programa informático.

La pregunta esencial es: ¿cómo podemos vivir todos juntos?


Montse Doval Avendaño es periodista y profesora en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la Universidad de Vigo.


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