Bergoglio durante la dictadura militar

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La actuación de la Iglesia argentina durante la dictadura militar (1976-1983) ha sido un asunto debatido al revisar ese doloroso pasado. En un país de gran mayoría católica, había católicos tanto entre los guerrilleros que quisieron cambiar el sistema con la violencia como entre los que apoyaron la posterior represión de la dictadura militar. A la jerarquía eclesiástica de entonces se le ha reprochado que no se opusiera frontalmente al régimen, aunque se reconoce que obispos y otros eclesiásticos hicieron múltiples gestiones para salvar vidas de los detenidos durante la dictadura.

Jorge Bergoglio no era entonces obispo, sino provincial de los jesuitas argentinos (cabeza de la orden en ese país) de 1973 a 1979. En mayo de 1976 la policía del régimen militar secuestró a dos jesuitas –Orlando Yorio y Francisco Jalics– que vivían y hacían su labor en barrios de chabolas de Buenos Aires, acusándoles de ser guerrilleros. Estuvieron encerrados en la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los principales centros clandestinos de detención y tortura del régimen. Los obispos –y Bergoglio, según sus propias declaraciones– hicieron gestiones para que fueran liberados, lo que se produjo cinco meses después.

Cuando Bergoglio se enemistó con el gobierno de Néstor Kirchner, el periodista político Horacio Verbitsky, de tendencia afín al gobierno, acusó a Bergoglio de haber delatado a los dos jesuitas, haciendo posible que los secuestraran. Francisco Jalic, que vive en Alemania, había hecho ya esta acusación en 1995. Las acusaciones periodísticas no generaron ninguna imputación.

Gestiones ante la Junta
Bergoglio contestó a las acusaciones en el libro El jesuita, una biografía del actual Papa publicada en 2010, obra de los periodistas Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti. “Nunca creí –dice– que estuvieran involucrados en actividades subversivas como sostenían sus perseguidores, y realmente no lo estaban. Pero, por su relación con algunos curas de las villas de emergencia, quedaban demasiado expuestos a la paranoia de la caza de brujas. Como permanecieron en el barrio, Yorio y Jalic fueron secuestrados durante un rastrillaje. La misma noche en que me enteré de su secuestro, comencé a moverme. Cuando dije que estuve dos veces con [el dictador Jorge] Videla y dos con [el jefe de la Armada] Massera fue por el secuestro de ellos”.

Hace dos años Bergoglio declaró como testigo en el segundo juicio sobre los crímenes en la ESMA. Allí relató su actuación durante el secuestro de los dos jesuitas, detallando sus gestiones ante Videla y Massera para que fueran liberados.

Una de las fundadoras de las Abuelas de la Plaza de Mayo, Alicia Licha de la Cuadra, le acusó también de haber intervenido en algún caso de robo de bebés nacidos de detenidas durante la dictadura, y pidió que fuera citado a declarar. Las Abuelas de la Plaza de Mayo han hecho numerosas acusaciones contra la actuación de la jerarquía católica. Bergoglio replicó que se trataba de una acusación calumniosa, y el asunto no tuvo ninguna repercusión legal.

Ayuda a perseguidos
Bergoglio no era un hombre dado a hacer declaraciones, y en muchos casos pensaba que el silencio es la mejor respuesta. Sin embargo, en su entorno se recuerdan historias sobre su papel para ayudar y sacar del país a jóvenes perseguidos por la dictadura.

Según informa el diario argentino La Nación (14-03-2013), “la mayor defensora de la actuación de Bergoglio es Alicia Oliveira, que fue jueza durante la dictadura y abogada del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Ella afirma que Bergoglio advirtió a los sacerdotes Jalics y Yorio del peligro que corrían y que ellos no le hicieron caso”. Oliveira asegura que Bergoglio la salvó de la dictadura militar.

Otra que desmiente las acusaciones es Clelia Luro, que fue secretaria y después mujer de Mons. Jerónimo Podesta, el “obispo rojo” de Avellaneda, que dejó su puesto episcopal para unirse a ella. Sobre el caso de los dos jesuitas, dice: “Es una calumnia, Bergoglio trató de protegerlos advirtiéndoles del peligro” (Le Monde, 26-10-2007). Clelia Luro recuerda con emoción que “Bergoglio fue el único obispo que vino a ver a mi marido al hospital, poco antes de morir en 2000”. En el mismo reportaje del diario francés, se recordaba que fue el único representante del episcopado que asistió el 9 de octubre de 1999 al traslado de los restos mortales del padre Carlos Mújica a Villa 31, un barrio de chabolas de la capital en el que trabajaba hasta que fue asesinado por paramilitares en 1974. “Gracias a Bergoglio mi hermano reposa entre los que amaba”, dice Marta, hermana de Mújica.


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