No hay educación sin esfuerzo y sin valores

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El presidente alemán, Roman Herzog, señaló algunos principios que deben regir el sistema educativo en un discurso ante un congreso sobre enseñanza celebrado en Berlín, del que ofrecemos unos fragmentos (pronunciado el 5-XI-97, publicado en Kulturchronik, 1-1998; traducción tomada de Veintiuno, Madrid, verano 1998).

(...) No hay formación cultural sin esfuerzo. Quien elimina de las escuelas las calificaciones crea rincones confortables, pero no instituciones educativas (...). ¡Es una creencia falsa que un sistema educativo no necesita la mediación de valores!

También es falsa la idea de que la escuela es un taller de reparaciones para todos los desajustes de la sociedad. La escuela puede apoyar a los padres en la enseñanza, pero no puede sustituirlos.

Es erróneo creer que todos los contenidos o materias de la enseñanza tienen que estar determinados por disposiciones burocráticas y reglamentados de manera lo más unitaria posible.

También es erróneo suponer que la mejor oferta educativa sólo puede proceder del Estado. Justamente en un buen sistema educativo público es necesario estimular las iniciativas privadas. (...)

Deseo un sistema educativo que esté orientado hacia los valores. Sé muy bien que todo catálogo de valores cae desde hace años bajo la sospecha de ser ideológico, al menos si no se limita a difundir simples lugares comunes. ¡Pero la formación cultural, la educación, no debe limitarse a la transmisión de conocimientos y de capacidades funcionales! También la transmisión de valores y aptitudes sociales pertenece a la formación de la personalidad, junto con la capacidad crítica, la sensibilidad y la creatividad. A este respecto, pienso también en la inculcación de virtudes, que no están ni mucho menos tan pasadas de moda como puede parecer: fiabilidad, puntualidad y disciplina; pero sobre todo el respeto al prójimo y la capacidad para la comprensión y el afecto humanos.

Al mismo tiempo, nuestras instituciones educativas tienen que recordar que no es posible fomentar el rendimiento sin exigirlo. Esto, naturalmente, presupone la conciencia general de que en la vida todo cuesta esfuerzo. Si pudiéramos ponernos de acuerdo sobre el objetivo final de la educación, en que ésta debe preparar a los jóvenes para una vida en libertad y autodeterminación, no bastaría para ello un simple laisser faire. (...)

Nuevos campos de desarrollo (...) surgen entre las fronteras divisorias del esquema clásico de las profesiones. Ello exige una nueva forma de aprendizaje, orientado hacia un proyecto concreto y abierto a diversas disciplinas, en el que, por ejemplo, los conocimientos especializados de la biología estén vinculados a los de la química y la ética, el estudio de las matemáticas vaya unido con el de la electrónica, y el de la sociología con el de la economía. Por ello, también advierto del peligro que encierra concentrar nuestras reflexiones sobre la reforma educativa única y exclusivamente en las ciencias naturales, la técnica y la economía. ¡Tendremos que someter también estas disciplinas a intercambios procedentes de las ciencias filosóficas y del arte, sobre todo de la ética, y también a la inversa! (...)

Deseo un sistema educativo que permita la libre competencia. Si queremos alcanzar rendimientos máximos, tendremos que hacer más evidentes las diferencias en los rendimientos y los resultados. (...) No he podido entender nunca por qué razón los maestros de primaria y secundaria y los profesores universitarios tienen que ser forzosamente funcionarios del Estado, por qué la gestión de un centro tiene que estar aherrojada en el corsé de una política presupuestaria puramente administrativa, por qué un director de colegio ha de tener menos libertad de acción y decisión, en cuestiones relativas a los medios materiales y económicos o al personal docente, que el jefe administrativo de una fábrica de tornillos.

Tenemos que poner en evidencia, y de una vez por todas, las diferencias de calidad, y cuidar asimismo de que el alto rendimiento sea premiado y el bajo sea sancionado con la supresión de medios económicos. Sé muy bien que la sola idea de un ranking provoca miedo y malestar en muchas personas. Pero, en primer lugar, es un deber para con los estudiantes, que ya desde antes de comenzar sus estudios tienen que saber dónde invertir su tiempo y sus esfuerzos. Y además, las universidades y escuelas superiores lo deben también a la hacienda pública.

Si decimos que los centros de enseñanza superior tienen que ganar prestigio y elevar su nivel de eficiencia, tendremos que librarlos de la tutela burocrática externa. Tienen que obtener la libertad necesaria para organizarse tal y como lo hacen ya los modelos de mayor éxito en el mundo. (...)


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