Una ex-Femen, contra el feminismo radical

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Las confesiones de la brasileña Sara Fernanda Giromin sobre el grupo radical Femen dejan al descubierto las tremendas inconsecuencias de una organización que, pese a tener el credo ultrafeminista en los labios, acuña prácticas que perjudican a las mujeres.

Carolyn Moynihan narra en MercatorNet la experiencia de Sara, una joven brasileña de 23 años que, tras un pasado marcado por la prostitución y la conflictividad social, y procedente de un hogar en el que el abuso era la norma, decidió enrolarse en la organización, para lo cual pasó un breve curso de entrenamiento en Ucrania, en 2012, y se unió poco después a la rama del grupo en Río de Janeiro. Su “nombre de combate” en adelante fue Sara Winter.

Conocer las entrañas de Femen, sin embargo, sirvió para desengañarla. En 2013 abandonó el grupo y denunció que se trataba sencillamente de un ‘negocio’, uno en el que jamás le reembolsaron los gastos en los que incurría cuando participaba en las protestas. Se marchó, pero solo para integrarse en otra organización feminista: Bastardxs, que involucra a mujeres y hombres.

“Recientemente, sin embargo, Giromin ha dado un giro de 180 grados. Repudia todas las formas de feminismo y habla sobre la alegría de la maternidad, mientras acuna a un bebé de tres meses en su regazo. También habla sobre la fe cristiana, trabaja con el movimiento provida, lamenta profundamente haber abortado a su primer hijo y pide perdón por ello”.

También lo pide a los cristianos por haber participado en una protesta en la que se besó con otra mujer semidesnuda frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, en Río, en enero de 2014: “Fuimos demasiado lejos –reconoce- y acabamos ofendiendo a mucha gente religiosa y no religiosa”.

¿De dónde, pues, la metamorfosis de la ultra Sara Winter? De haber caído paulatinamente en la cuenta de que a nadie en Femen ni en Bastardxs le importaron en absoluto los dolorosos antecedentes de su historia personal ni sus graves problemas. Poca comprensión e interés por ella como persona, y sí mucha coerción, según explica en el libro ¡Ramera, no! Las siete veces que fui traicionada por el feminismo.

“Las lesbianas y bisexuales –explica­­- tienen mucho predicamento y respeto en el movimiento, así que en la búsqueda de reconocimiento de mi esfuerzo, cada día que pasaba, iba reconstruyendo mi heterosexualidad y sustituyéndola por una bisexualidad artificial”.

“Para la secta feminista, las mujeres no son una inspiración: son la materia prima en el peor sentido del término. Son objetos de conveniencia, útiles para el propósito de exacerbar el odio contra la religión cristiana, contra los hombres, contra la belleza femenina, contra el equilibrio de las familias”.

“Eso es el feminismo, y puedo garantizarlo porque estuve adentro”, afirma Sara, que constató cómo el movimiento ultra encubre a pedófilos y persigue a otras mujeres: “Soy testigo de que las mujeres del movimiento no tienen otra importancia que la de servir como combustible del odio, que no quieren dejar morir”.

Moynihan toma nota además de que la joven Sara ha cortado igualmente con cierto feminismo más “tradicional”, aquel que anima a la promiscuidad, al control de la natalidad y al aborto, del que está convencida que prepara el camino hacia anarquía sexual que ahora mismo ataca al matrimonio y a la familia.

“Abandoné el movimiento en el que por cuatro años fui uno de los principales símbolos en Brasil, y nadie puede decir lo contrario. ¿Resultado? Hoy soy mucho más feliz y estoy más dispuesta a ayudar a las mujeres”.

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