La cultura del miedo

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En el mundo desarrollado hay cada vez más miedo frente a potenciales amenazas y más desconfianza en la capacidad para superarlas. Si en otros momentos se hacía énfasis en la potencia humana, ahora se da por supuesta la fragilidad del individuo. De ahí que la aversión al riesgo y la búsqueda de la seguridad se hayan convertido en tendencias imperantes del mundo de hoy por encima de las ideologías, incluso antes de que apareciera el covid-19.

El coronavirus solo ha contribuido a acentuar y revelar una cultura del miedo que ya estaba en acción desde hace décadas.

No es que el miedo sea una pasión inútil. En ciertas ocasiones puede ser un acto de sabiduría y de responsabilidad para evitar amenazas ciertas; pero en otras, puede favorecer la cobardía o la conducta irracional. Lo peculiar de la situación actual es que la búsqueda de seguridad no se debe a que la humanidad afronte más peligros que en otras épocas, sino a una narrativa del miedo que infla los posibles daños.

Frank Furedi, profesor emérito de Sociología de la Universidad de Kent, la estudió ya en 1997 en su obra Culture of Fear y más tarde ha profundizado su análisis en otra, titulada How Fear Works (1). Es un libro escrito antes de la pandemia, por lo que no pretende analizar las reacciones en la lucha contra el coronavirus. Pero leído ahora, el libro resulta más iluminador. El sociólogo húngaro-canadiense señala que “desde finales de los años 70, se ha convertido en norma una actitud cultural pesimista acerca de la capacidad de la gente para afrontar la adversidad”.

También es significativo, afirma Furedi, que “en las sociedades occidentales, generalmente son los más ricos, los más seguros económica y socialmente, los que tienden a estar más preocupados por su seguridad”.

La retórica del miedo

Aunque en el caso del coronavirus cualquiera ha visto de cerca el peligro, Furedi señala que los temores más destacados de la sociedad actual no suelen estar basados en la experiencia directa, sino en lo que cuentan los medios de comunicación. La información sobre el riesgo, no la experiencia de la gente, es lo que causa la mayoría de los miedos. No tenemos experiencia directa de la extinción de especies, de la elevación del nivel del mar o del posible daño de cereales transgénicos, pero damos por bueno lo que nos cuentan los “expertos”.

Tampoco quiere decir Furedi que el aumento del temor sea solo culpa de los medios, sino más bien que la retórica del miedo adoptada por la prensa refuerza la preexistente cultura pesimista.

Experiencias que siempre se consideraron normales ahora son objeto de advertencias sobre posibles riesgos y a veces también como fuente de posibles pleitos para reclamar indemnizaciones. Beber agua del grifo o refrescos azucarados, comer una hamburguesa, tomar el sol… son vistos como amenazas para la salud. Los cambios meteorológicos –desde tormentas a vientos– dan lugar a continuas alertas. Bajar al niño al parque para que juegue parece un riesgo, ya que puede estar expuesto a accidentes, polución, acoso de otros niños, acechanzas de pedófilos. En el Metro de Madrid pueden verse carteles de “¡Evita el peligro!”, para advertir de todos los descuidos que hay que evitar si vas a utilizar una escalera mecánica, lo que por lo visto es hoy una aventura azarosa. Y no digamos nada sobre la epidemia de advertencias, avisos, precauciones, consejos y amenazas de multas a que está dando lugar la lucha contra el coronavirus.

La búsqueda de seguridad no se debe a que la humanidad afronte más peligros que antes, sino a una narrativa del miedo que infla los posibles daños

El lenguaje de los medios ha popularizado términos de la retórica del miedo, antes utilizados con más moderación: población vulnerable, grupos de riesgo, superviviente mejor que víctima, extinción, tóxico, pandemia, cancerígeno, espacio seguro… son términos que se espolvorean en informaciones sobre infinidad de asuntos.

Bombas de relojería

Cada vez más amenazas resultan inquietantes y, en virtud del principio de precaución, las autoridades deben tomar medidas, porque la ausencia de pruebas de daño no exime de acciones preventivas. Y es que el mundo se ha vuelto tan peligroso y complejo, que en vez de un análisis de la probabilidad del riesgo hay que basarse en la mera posibilidad de que exista.

La metáfora de la “bomba de relojería” se utiliza para dramatizar cada vez más amenazas, ya se trate del cambio climático, de la pérdida de biodiversidad o de la transmisión de virus. Continuamente estamos en una carrera contra el tiempo para evitar daños irreversibles, que supondrán un cataclismo para la especie humana. Decir que uno tiene miedo puede ser incluso una forma afectada de demostrar mayor sensibilidad ante los problemas y de mover así a la acción, como cuando Greta Thunberg nos grita: “¡Quiero que sintáis pánico!”.

Por lo menos, en sociedades más religiosas la creencia en el Juicio Final dejaba un balance de esperanza y desesperación, en el que buenos y malos recibirían lo merecido por sus acciones. En cambio, la narrativa apocalíptica de la bomba de relojería solo proyecta caos y destrucción para todos.

Si en épocas pasadas se confiaba sin reservas en el progreso, ahora el futuro tiende a verse como un territorio peligroso e incierto. En una era post-Ilustración se intenta proteger a la sociedad de un mundo rápidamente cambiante, más complejo e incierto, que escapa al control humano.

A falta de consenso moral

Tradicionalmente, el miedo a lo desconocido quedaba enmarcado dentro de un sistema de creencias que guiaba y daba seguridad a la gente. La religión transmitía unas enseñanzas y unas prácticas sobre qué temer y qué no temer. Pero en tiempos de confusión moral como el actual, las comunidades encuentran más difícil afrontar la incertidumbre.

Según Furedi, esto tiene profundas consecuencias sobre el modo en que las comunidades interpretan las amenazas y en el modo de responder a ellas. “En el frágil clima social de hoy carecemos de una virtud que pueda servir como antídoto al miedo. Por eso confiamos en recursos no morales –psicología, terapia, expertos– para guiar nuestras respuestas frente a las amenazas. La confusión moral sostiene y reproduce la cultura del miedo”.

Si en épocas pasadas se confiaba sin reservas en el progreso, ahora el futuro tiende a verse como un territorio peligroso e incierto

Paradójicamente, el debilitamiento del consenso moral intensifica la tendencia a moralizar, incluso en materias que antes no se consideraban bajo una perspectiva ética (obesidad, dar el pecho al bebé, alimentación, reciclaje…). Pero como la modernidad se siente incómoda ante los calificativos morales, “en vez de denunciar transgresiones morales, el miedo apela a castigar ‘conductas de riesgo’, ‘elecciones insanas’ o ‘atentados contra el medio ambiente’”.

El sexo, que durante siglos fue objeto de valoraciones morales, no está menos sometido que antes a reglas y consejos. Pero ahora se enmarcan dentro de una motivación de salud sexual y se expresan con un lenguaje medicalizado con advertencias para que el sexo sea seguro, responsable, negociado, en vez de arriesgado y no protegido.

En las controversias públicas se apela a “la ciencia dice…” como antes se aducía “Dios ha dicho…”, pero las discusiones sobre amenazas a menudo se basan en convicciones previas antes que en descubrimientos científicos. Y fácilmente llevan a respuestas categóricas. “Cuando el miedo asume una forma no moralmente controlada, las comunidades reaccionan ante las amenazas refugiándose a menudo en respuestas en blanco y negro”, apunta Furedi. “La incomodidad ante la incertidumbre puede suscitar la actitud de ‘certeza a cualquier precio’, y la intolerancia hacia los que cuestionan el dogma es a menudo uno de los lamentables resultados de esta causa”.

Por eso, los que no siguen el consejo de los expertos en materia de salud pública son presentados como “moralmente irresponsables” y su conducta calificada como una amenaza para la comunidad. En este clima, el escepticismo pierde su connotación positiva como rasgo propio de una mente abierta y como actitud inherente a la experimentación científica, para ser asimilado al “negacionismo” si cuestiona la ortodoxia dominante.

Motivar con el miedo

A falta de ideales positivos y objetivos, emerge por defecto una motivación basada en el miedo. Para motivar a la gente se apela a su sentido de la vulnerabilidad, a su inseguridad existencial y a la ansiedad ante el futuro.

Si antes asumir un riesgo se consideraba algo propio de una conducta valiente, ahora se presenta a menudo como un defecto de una persona irresponsable. La actitud del riesgo calculado que puede producir una ganancia o una pérdida, tiende a verse cada vez más como una conducta imprudente.

De este modo se expande de continuo el abanico de actividades que pueden representar un riesgo y de innovaciones tecnológicas que deben ser evaluadas por sus posibles consecuencias dañinas (nanotecnología, inteligencia artificial, organismos transgénicos…).

La creencia de que a la gente le motiva más el miedo que la esperanza lleva a utilizar pánicos morales para defender buenas causas y construir así la solidaridad social. Como ha señalado el pensador alemán Ulrich Beck, “en una época en que la confianza en Dios, en la clase, en la nación y en el progreso en gran parte han desaparecido, el miedo compartido ha demostrado ser el último –y ambivalente– recurso para crear vínculos”.

La obsesión por la seguridad surge de una magnificación del posible daño, mezclada con un bajo nivel de tolerancia al dolor

Sin embargo, Furedi piensa que la perspectiva del miedo no ha servido para crear nuevos lazos de solidaridad. Lo que ha conseguido es provocar esporádicos estallidos de miedo y movilizaciones pasajeras contra amenazas concretas, como la que ahora observamos frente a la pandemia de coronavirus.

La creación de un sujeto temeroso

La perspectiva del miedo no solo influye en el modo de reaccionar ante las amenazas, sino también en nuestra idea de lo que significa ser persona.

Históricamente, las actitudes y valores pertenecientes a la personalidad se asentaban en principios morales. “La expectativa de que la gente respondería al peligro y al daño con coraje formaba parte esencial de lo que constituía la conducta moral”, señala Alasdair MacIntyre en su obra Tras la virtud. Independientemente de que el ideal se alcanzara o no, la clásica virtud de la valentía subrayaba la responsabilidad, el altruismo y la sabiduría. Hoy, en teoría seguimos ensalzando el valor y el heroísmo, pero en la práctica diaria hacemos poco por cultivarlo. La vulnerabilidad aparece como la esencia de lo que significa ser humano. En la cultura del miedo, el superviviente ha desplazado al héroe.

“La tendencia a inflar los riesgos y el peligro ha ido de la mano con la idealización de la seguridad y la supervivencia como valores en sí mismos”, señala Furedi. Esto ha influido en el modo de socializar a las nuevas generaciones, y en el modo de pensar de los adultos que los educan. En vez de fomentar la valentía mediante la formación del carácter, se ha buscado la intervención de expertos psicólogos para superar los miedos con terapias.

“La socialización de los jóvenes se ha basado cada vez más en técnicas terapéuticas que han tenido el efecto perverso de animar a niños y jóvenes a interpretar problemas existenciales como problemas psicológicos”, diagnostica Furedi. De este modo, problemas normales de crecimiento y de abrirse paso en la vida se interpretan a través del lenguaje de la salud mental. Y los jóvenes recurren cada vez más a la ayuda psicológica para afrontar los miedos de una personalidad insegura, de no alcanzar los estándares, de una baja autoestima, el miedo a los exámenes y a los deportes competitivos, o el miedo a ser criticado en las redes sociales (cfr. Crisis de resiliencia en los campus).

La obsesión por la seguridad

En el mundo occidental la búsqueda de la seguridad se ha convertido hoy en un rasgo predominante por encima de las ideologías o, más bien, como algo común a todas ellas. Esta obsesión surge de una magnificación del posible daño, mezclada con un bajo nivel de tolerancia al dolor. Y no solo como respuesta a amenazas externas, sino también por la agitación interior asociada a la inseguridad existencial. De ahí el auge de las políticas de identidad, cuya retórica celebra continuamente la supervivencia del grupo minoritario frente a la experiencia de la victimización y que considera una ofensa exponer ideas que ponen en cuestión sus tesis.

Los promotores de una filosofía de la seguridad parten de la base de que todo daño es prevenible y que el objetivo es el daño cero. Todos los demás objetivos tienen que subordinarse a esto. Así que una amenaza inesperada y grave como la pandemia de coronavirus trastoca esta pretensión de inmunidad, aunque a la vez eleva el adjetivo “seguro” a valor por excelencia de la nueva normalidad.

La cultura del miedo promueve la idea de que nuestra seguridad depende de abandonar algunas de nuestras libertades

En esta perspectiva del miedo, el discurso libre y el debate abierto se consideran cada vez más como prácticas inseguras, por lo que se admiten restricciones que en otros tiempos parecerían intolerables. “La cultura del miedo promueve continuamente la idea de que nuestra seguridad depende de abandonar algunas de nuestras libertades”, advierte Furedi, con una clarividencia que la pandemia de coronavirus ha confirmado hasta extremos insospechados.

Pero defender la libertad de expresión con sus riesgos es también un modo de valorar la democracia. Porque “no es sorprendente que una cultura de la precaución se sienta más cómoda con la opinión de un experto que con el impredecible veredicto del electorado. El debate genuinamente democrático es inherentemente arriesgado porque no hay garantías del resultado”.

Frank Furedi ha escrito un libro revelador, que debería estimular nuestra capacidad de resistencia dentro de la cultura del miedo en que nos movemos.


(1) Frank Furedi, How Fear Works. Culture of Fear in the Twenty-First Century, Bloomsbury Continuum, Londres (2018).

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