Homosexualidad e ideal cristiano

Te puede pasar a ti es una serie de reportajes producidos por Juan Manuel Cotelo, director del documental La última cima sobre el sacerdote español Pablo Domínguez Prieto. Cada capítulo cuenta la historia de una persona que encontró a Dios después de una vida muy alejada de la fe. En el segundo, el mexicano Rubén García narra su alejamiento y reencuentro con el catolicismo después de una vida ligada a la homosexualidad y la prostitución (se puede ver entero en la web del proyecto Infinito más uno; los 10 primeros minutos están abiertos en Youtube).

Rubén era hijo único. Desde pequeño, después de volver del colegio, ayudaba a su padre en las tareas del campo. El carácter de ambos era opuesto, y su padre siempre le recriminaba su poca fortaleza física: “Haga las cosas como los hombres”. Rubén empezó a distanciarse de ese ideal de masculinidad y en cambio se fue identificando con su madre, que sí le daba cariño. En el colegio sucedía algo parecido: mientras los chicos le rechazaban por “niña”, las chicas le acogieron como una de ellas.

La incapacidad para integrarse con los de su sexo provocó que, a la vez que se separara de ellos, empezara a idealizarlos. Con el despertar de la adolescencia, esa idealización se convirtió en una atracción sexual. En Guadalajara encontró otras personas con sus mismas tendencias, lo que satisfizo su necesidad de pertenecer a un grupo. Sin embargo, el erotismo reinante en estos ambientes lo condujo hacia la promiscuidad y la prostitución.

Al mismo tiempo que reafirmaba su homosexualidad, Rubén fue alejándose de Dios. Pese a haber sido un niño religioso y con una devoción muy viva, se rebeló contra el dios que condenaba la única identidad que hasta entonces había logrado darse. Años más tarde, el descubrimiento del sentido de la providencia divina, y de la verdadera doctrina católica sobre la homosexualidad, le devolvió a la fe. Su historia es un ejemplo de cómo la falta de un referente paterno –atractivo y a la vez cercano– puede conducir a un varón a malinterpretar su masculinidad; además, subraya la importancia para el catolicismo de acoger amorosamente a las personas con atracciones homosexuales.

Alguien a quien importo

El otro documental, Desire of the Everlasting Hills, narra, en forma de entrevistas intercaladas, la historia de tres personas que, gracias al redescubrimiento de la fe, han abrazado la castidad como forma de vivir sus tendencias homosexuales.

Rilene, una mujer de unos 50 años, cuenta que empezó a considerar sus tendencias homosexuales después de haber fracasado durante mucho tiempo en su intento de salir con algún chico. El interés que otra chica mostró por ella la hizo sentirse querida por primera vez. Tiempo después conoció a la mujer con la que pasó 25 años. A pesar de todo este tiempo, siempre sintió que algo fallaba, como si “viviera en una nebulosa a la que no sabía cómo había llegado”.

Después de romper con su pareja, un día su psicoterapeuta le preguntó si creía en Dios, porque si lo hacía esa relación debería ser la primera en importancia. Rilene decidió confesarse y empezar una nueva vida. Ahora, explica, tras muchos años de búsqueda, por fin ha encontrado en la Iglesia un lugar al que poder llamar “hogar”. No pretende que su historia sirva para todas las personas homosexuales, pero sí que sea considerada “como una experiencia sincera y auténtica que puede ayudar a otros”.

Al igual que Rilene, Paul reconoce que si hace unos años alguien le hubiera dicho que volvería a la práctica religiosa, se hubiera reído. Pero precisamente así empezó su proceso de cambio: un día en que estaba viendo la televisión con su pareja –la primera estable después de “cientos” de experiencias previas–, por casualidad sintonizó el canal de la Madre Angélica. A pesar de que ambos se mofaron de ella, una de sus frases se le quedó grabada: “Dios cuida de ti”.

Algo parecido había sentido cuando años atrás dio negativo en una prueba de VIH, a la que iba convencido de estar infectado. Entonces era un exitoso modelo. La revolución sexual había encontrado una recepción entusiasta en el colectivo gay de Nueva York, donde cundía un ambiente de promiscuidad desenfrenada. “El 90% de la gente con la que yo me movía se contagió y murió”. Mucho tiempo más tarde, la madre Angélica le trajo de nuevo a la mente la idea de que Dios le cuidaba, y decidió dejarse cuidar.

El camino menos cómodo

Otra historia es la de Dan que comenzó a experimentar tendencias homosexuales desde joven, pero no encontró con quien hablar de ello ni en su familia, ni entre sus amigos, ni tampoco en la Iglesia. La frustración le llevó a rechazar a Dios con rabia: “Pensaba en mi relación con Dios como un contrato: si me porto como un buen cristiano, tú me quitas estas tendencias. Como vi que no desaparecían, me convencí de que al fin y al cabo él no era un buen padre, que no se preocupaba por mí”.

Mientras estaba en una relación más o menos estable con otro hombre, descubrió que le gustaba una compañera de trabajo, y que él le gustaba a ella. Sin embargo, después de año y medio la relación fracasó por la negativa de ella a formar una familia. Dan reconoce que nunca dejó de sentir atracción por otros hombres, pero que el amor por ella le hacía superar esa tendencia. Al cortar, supo que estaba ante un cruce de caminos: el cómodo le devolvía a su vida anterior, vacía y egoísta; el otro, que pasaba por volver a confiar en Dios, le exigiría vivir castamente, pero sabía que aquí encontraría la verdadera felicidad.

No trates de ser más compasivo que Dios

Algunas de las experiencias vividas por los protagonistas del documental encuentran una formulación teórica en un artículo de Jean Lloyd para Public Discourse, titulado “Siete cosas que mi pastor debería saber sobre mi homosexualidad”. La autora explica que, a pesar de que esta atracción nunca ha desaparecido del todo, ahora está felizmente casada con un hombre. Pide que desde la Iglesia se acoja amorosamente a los homosexuales, pero sin ocultarles la verdad ni tratar de ser más compasivos que el mismo Dios.

Estas son algunas de sus peticiones a un hipotético pastor:

  • No creas que porque no elegí mi orientación eso significa que “he nacido así”; o que “Dios me creó de este modo”. Mirando atrás, puedo reconocer lo que me llevó hasta ese punto.
  • No caigas en el dualismo de separar mi vida espiritual de mi vida corporal. Enséñame a honrar a Dios con mi cuerpo viviendo la castidad.
  • Jesús no me ha prometido que lograré eliminar mi atracción; no lo hagas tú Ahora bien, tampoco me niegues (especialmente si soy un adolescente) la posibilidad de cambiar: la experiencia humana dice que se puede. Además, en ese proceso hay grados: un hombre que antes no concebía la posibilidad de una relación heterosexual pero que ahora está casado con una mujer, ha cambiado, a pesar de que todavía tenga ciertas atracciones homosexuales.
  • No rebajes el ideal cristiano para mí. Yo también estoy llamada a la santidad. Si quieres ser compasivo, sufre conmigo: eso es lo que significa la palabra compasión.
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