Mano dura en China

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Las duras condenas a disidentes, la postura inflexible de China en la cumbre del cambio climático en Copenhague el pasado diciembre, los ataques contra Google, las protestas contra la venta de armas de EE.UU. a Taiwán, muestran que los vientos que soplan en Pekín no impulsan hacia una mayor liberalización política.

Lui Xiaobo, redactor de la célebre Carta 08, en la que se pedía la democratización del sistema político, ha sido condenado a 11 años de prisión por “subvertir el poder del Estado”. Es la más dura condena impuesta por “incitar a la subversión” desde que este delito se introdujo en 1997. De nada han servido las presiones de la Unión Europea y de EE.UU. contra esta sentencia.

Otro que ha sentido la mano dura de la justicia china contra los que se atreven a poner en cuestión el control del partido comunista ha sido el activista y escritor Tan Zuoren, condenado a cinco años de prisión. Había sido detenido en 2009, cuando investigaba sobre la muerte de varios miles de alumnos sepultados bajo los escombros de sus escuelas en el terremoto de Sichuan en 2008. Su investigación sobre la deficiente construcción de las escuelas, atribuida a la corrupción de los mandos locales del partido, ha irritado al poder.

Otro militante de los derechos humanos, Huang Qi, fue condenado en noviembre de 2009 a tres años de prisión, también por haber apoyado las protestas de los padres que perdieron a sus hijos de edad escolar en el terremoto.

Mientras tanto, la economía china ha crecido un vigoroso 8,7% en el último año, sin hacer caso de la crisis mundial. Entonces, ¿de qué tienen miedo los líderes chinos?, se pregunta The Economist (18-02-2010). La interpretación más creíble de la línea dura del gobierno, dice la revista británica, es que “las fuerzas que empujan a sus líderes hacia una mayor liberalización interna y a una actitud más comprensiva con Occidente son más débiles de lo que se creía”.

En el interior, hay un mayor margen de libertad para la crítica, aunque se castiga duramente a los que van demasiado lejos y cuestionan la primacía del partido. En política exterior, los líderes chinos quieren aprovechar lo que consideran como un cambio acelerado a favor de China en la balanza del poder mundial. Por eso se enfurecen cuando Estados Unidos anuncia una venta de armas a Taiwán por 6.400 millones de dólares o cuando Obama recibe al Dalai Lama.

En cualquier caso, Pekín cree que las protestas occidentales no supondrán una ruptura. “Los líderes chinos confían en que las quejas de los disientes y el descontento de los hombres de negocios occidentales sobre las barreras que encuentran en China no supondrán un aislamiento”, escribe The Economist.

“Una arrogancia llena de inseguridad” es lo que detecta en los líderes chinos James McGregor, ex presidente de la Cámara de Comercio Americana en China, que escribe un artículo en Time (1-02-2010). A su juicio, el gobierno chino teme las altas expectativas de la nueva generación. “La gente de menos de 40 años, la generación de la política del hijo único, no vivió bajo la pobreza y la agitación de la época de Mao. Han sido mimados y son impacientes y exigentes. Consideran el crecimiento exponencial como una garantía de nivel de vida, y el acceso a la información como un derecho civil. Los chinos ricos se oponen con vigor a una mayor reforma y apertura. Acostumbrados a hacer dinero al estilo local, están decididos a impedir la competencia extranjera para continuar así”.

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