La cuadratura del círculo chino

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Duración lectura: 1m. 54s.

Contrapunto

A nadie asombra la alegría de la derecha occidental ante la catástrofe electoral del Partido Socialista francés. Más llamativo resulta que también Pekín apostase por Chirac y Giscard unos días antes de los comicios, según las declaraciones del ministro de Exteriores Qian Qichen, difundidas por la agencia France Presse. La razón no era ideológica, sino estratégica: el disgusto contra el gabinete socialista presidido por Bérégovoy por haber vendido a Taiwán fragatas y aviones de combate Mirage.

Unos días después, en otra muestra de pragmatismo, el parlamento chino reformaba la Constitución, para sustituir la economía planificada por “la economía de mercado socialista”. No es que la nomenklatura china haya renunciado del todo a la ideología. Pues no ha borrado del preámbulo de la Carta Magna la profesión de fe en “el marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Zedong”. Con estas extrañas combinaciones de comunismo y mercado, el régimen parece intentar la cuadratura del círculo. Pero esta pretensión no es nueva: ya desde su primera redacción, la Constitución china consagraba el principio -que aún permanece- de la “dictadura democrática del pueblo”, contradicción in terminis sin parangón en la historia de las teorías políticas.

En Occidente no es raro mirar con indulgencia el régimen chino, por su progresiva liberalización de la economía. Se llama la atención sobre el auge del espíritu empresarial en las “zonas económicas especiales” y se asegura que las fuerzas del mercado acabarán por llevar la democracia a China. Pero la eficiencia capitalista no sirvió a otras dictaduras de derechas para que Occidente las perdonara, ni ha sido el mercado lo que ha dado la libertad a los países de Europa del Este. Más acertado puede ser pensar que China está entrando en la fase post-totalitaria -según la expresión acuñada por Václav Havel-, en que los dirigentes pierden la ideología y los ideales, y las proclamas marxistas -disfraz de la mentira- son sólo un instrumento más del único objetivo real: perpetuar el poder de la nomenklatura.

Juan Domínguez

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