Aflora la violencia en China

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Francis Deron describe en Le Monde (23-II-95) la agresividad reinante en la sociedad china.

La violencia se manifiesta a diferentes niveles. En primer lugar, la violencia del Estado, reconocida, que se ejerce mediante la represión política, y también por una concepción muy particular del “orden” y de la “justicia”. (…)

El Estado condena a pena de muerte y ejecuta, para que sirva de ejemplo, a un número tan elevado de ciudadanos (¿miles?, ¿decenas de miles al año?) que las organizaciones internacionales no consiguen contarlos. Los ajusticiados son condenados por fechorías que van desde el crimen crapuloso hasta la delincuencia de “cuello Mao” (actualmente, de “cuello blanco”), pasando por pecadillos puestos de relieve por alguna instancia deseosa de hacer méritos ante las autoridades superiores. En China, se ejecuta hasta por falsificar facturas.

El poder chino se ha comportado siempre así. (…) A fines de los años 70, la televisión no dudaba en transmitir hasta el final las imágenes de una ejecución. (…) Tales escenas no se han repetido, pero, “a título educativo”, la televisión muestra todavía con detalle los minutos que preceden a la ejecución de un condenado.

(…) En cuanto a la criminalidad, hubo un tiempo -bajo Mao- en que fue borrada por la ideología, y la “lucha de clases” canalizó la violencia. Las bandas de muchachos con brazaletes de la Guardia Roja que aterrorizaban al “enemigo de clase” -la autoridad moral o intelectual abatida-, no actuaban de modo muy distinto al de las triadas (asociaciones de malhechores), que se han reconstituido. Hoy, la criminalidad provoca un vivo resentimiento de la población en contra del régimen, pero también permite a éste mantener su presión social, hacerse respetar por el efecto que causa ver carretas de condenados que se envían al paredón. (…)

La sociedad china es presa de la violencia cotidiana, individual, que explota fácilmente, a menudo por bagatelas. Se ejerce casi “naturalmente” en las relaciones humanas.

Una prueba son los empujones, seguidos de peleas a puñetazo limpio, que tienen lugar en las taquillas de las estaciones, en la puerta del autobús o ante la caja de un gran almacén. También lo atestigua el descaro reinante en los lugares públicos, sin contar las trifulcas que estallan por una simple colisión entre ciclistas. No son conflictos entre gamberros; la necesidad de quedar por encima de otro puede conducir a numerosos arrebatos. Las mujeres no son excepción, sobre todo en los mercados, donde las riñas a voz en grito son moneda corriente.

Tampoco los niños escapan a esta atmósfera agresiva, alimentada por la estética militarista del régimen y fomentada por los adultos, que incitan a su progenie a tratar sin contemplaciones a los compañeros de su edad.

La brutalidad es, por otra parte, la regla en el comportamiento cotidiano de los policías: broncas de los agentes de circulación, a través de los altavoces, virulentas llamadas al orden de los automovilistas; los pobres y los humildes pueden ser golpeados impunemente por los representantes del orden. (…)

El aumento de la criminalidad se debe en gran parte a la mayor circulación de armas. Por más que las autoridades emitan periódicamente directivas para contener esta epidemia, las armas de fuego salidas de los arsenales gubernamentales continúan circulando en grandes cantidades entre las manos del hampa, como lo reconoce implícitamente la prensa oficial.

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