Eros es más

Visor. Madrid (2007). 78 págs. 8 €.

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Eros es más, de Juan Antonio González-Iglesias (Salamanca, 1964), XIX Premio Internacional Fundación Loewe, aborda sobre todo el tema recurrente del amor, con la pretensión de arrancarle algunos jirones de verdad humana, de estatus para todos. Para ello emplea un lenguaje discursivo, en diálogo con el mundo, lleno de alusiones a sus protagonistas, a menudo extraídos del ámbito clásico, sin obviar otros procedentes de contextos diversos. El autor se erige así en testigo de una época y sus referencias; para mostrarnos su concepción del hombre y las relaciones de éste con su trama histórica y social.

González Iglesias utiliza una técnica en la que el verso blanco se despliega con sentido del ritmo y se encabalga con acierto. Esto permite al destinatario percibir una armonía sutil entre eficacia en la exposición y magia poética, que es una de las claves de esta escritura.

Los poco más de seiscientos versos del poemario parten de un juego léxico y semántico con la máxima del minimalismo. En ellos, se incide en la fuerza de eros como elemento unificador de la realidad, pues, según se anticipa en el prólogo: “Nada se puede comparar a ese principio que cohesiona todo lo que existe, más rico que el amor, que el sexo y que el deseo”. Pero es aquí donde este texto, estimable en los aspectos mencionados, resulta escasamente verosímil y acaba deparando aburrimiento.

El ideal que se subraya atiende en su mayoría al expuesto por Platón en El Banquete, en el que eros coincide con la búsqueda de la felicidad, lo bueno perdurable, y la procreación en la belleza corporal y espiritual como testimonio del amor, con la única mediación de voluntad humana para lograr estos objetivos. De esta forma, la participación del Misterio en la experiencia amorosa queda apenas esbozada en el poemario, lo que no impide que se destaque la posibilidad de “la mañana en la que no habrá límites” y que haya “algo en el amor que no es de este mundo. / Algo que no es abstracto”. También se habla en el prólogo de la contribución del cristianismo a la causa del amor que, según el poeta, “en los mejores momentos de su historia ha confluido felizmente con la literatura grecolatina”, y sin embargo se sucumbe ante una de las concepciones que más han funcionado como malentendido en la historia de la cultura occidental.

Enterrada en la mentalidad contemporánea la pregunta sobre la esencia de lo divino y su expresión en la experiencia humana, siempre acaban cobrando fuerza las manifestaciones culturales que certifiquen esta defunción. El éxito de Eros es más, mucho más que el propio libro, nos parece un ejemplo como otro cualquiera; y, probablemente sin pretenderlo, un reconocimiento por los servicios prestados al pensamiento dominante.

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