La razón, amiga de la fe y de la ciencia

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Duración lectura: 7m. 24s.

Entrevista
Giuseppe Tanzella-Nitti señala los equívocos en el debate sobre el “diseño inteligente”

En los últimos tiempos algunos científicos materialistas se han lanzado a publicar obras de divulgación para descalificar la religión. Al mismo tiempo volvía la polémica en EE.UU. sobre la evolución y el “diseño inteligente”. Preguntamos sobre las relaciones entre pensamiento científico y religión a Giuseppe Tanzella-Nitti, que antes de ser profesor de Teología Fundamental, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma), obtuvo un doctorado en astronomía (1). Tanzella-Nitti es uno de los editores del “Diccionario Interdisciplinar de Ciencia y Fe” (cfr. Aceprensa 65/03), y fundador de un grupo de trabajo que se ocupa de difundir información cualificada y rigurosa sobre estas cuestiones (www.disf.org).

— En los últimos meses ha renacido el debate entre teología y pensamiento científico, como lo muestran las discusiones sobre la evolución biológica del hombre, el “diseño inteligente” y, en general, el papel de la razón en la fe. ¿A qué se debe este nuevo interés?

— Es cierto que la relación entre ciencia y fe está volviendo a la actualidad. Pero hay que advertir que muchos temas que la opinión pública considera que pertenecen a la teología o a la fe, son ante todo filosóficos. Preguntarse si este mundo tiene un Creador, qué es el ser humano ante Dios, cuál es su puesto en la creación y qué sentido tiene el mundo en que vivimos, son antes que nada problemas filosóficos. Pertenecen a la cultura del género humano y han inspirado sus manifestaciones culturales y espirituales. El hombre se aventura en estas cuestiones ejercitando su razón, incluso antes que apelando a posturas confesionales, es decir, ligadas a la revelación bíblica o a otras tradiciones religiosas.

Es claro que de las respuestas a estos interrogantes dependerán también las respuestas que demos a nuestros problemas morales, y por lo tanto a las elecciones que pueden guiar una sociedad y sus leyes. Y justo en este paso tan delicado es donde se inserta la apelación que el cristianismo hace a la razón, reconociéndola no solo como parte de su historia, sino también como condición de su progreso.

— ¿A qué se refiere en concreto?

— En los últimos años, en que la religión es vista por la mayoría de la gente como una dimensión privada, casi exclusivamente subjetiva, ligada a la emotividad y al sentimiento, el magisterio de la Iglesia (y también no pocos pensadores) ha vuelto a insistir en las relaciones entre cristianismo y razón, entre religión y razón. Este ha sido el tema de fondo de la encíclica “Fides et ratio” de Juan Pablo II. También Benedicto XVI ha hablado de esto en diversas circunstancias, como en el discurso en la Universidad de Ratisbona.

La razón, en la fe y en la ciencia

— Esta común apelación a la razón ¿cómo podría iluminar las relaciones entre pensamiento científico y teología cristiana?

— Consideremos el tema de la evolución. Si quiere respetar la razón, la teología cristiana tiene que tomar en consideración los conocimientos ciertos que la ciencia puede proporcionarle sobre la historia del género humano, incluida su historia biológica, y emplearlos en su tarea de comprender la Palabra de Dios y hacerla comprensible a los hombres de su tiempo.

Por su parte, la ciencia debería estar vigilante para no transformarse en ideología. Así ocurre cuando la ciencia cede a la tentación del cientismo y del positivismo, dando respuestas, basadas solo en el método empírico, a cuestiones de orden filosófico, como por ejemplo cuál es la razón última de mi presencia en el mundo, o qué es una persona. Así sucede también cuando considera intocables algunas de sus afirmaciones, aun tratándose de teorías sometidas a debate por una parte no despreciable de otros científicos. La búsqueda de la verdad y la apelación al logos se oponen a la ideología, tanto en la fe como en la ciencia.

— El tema de la relación entre evolución y creación y el del “diseño inteligente” han atraído la atención de la opinión pública en el último año. En los EE.UU. el asunto ha acabado incluso en los tribunales. ¿Qué es lo que está en juego para el cristianismo y para la fe?

— Desde la perspectiva cristiana, la evolución biológica y la creación son plenamente compatibles: podríamos afirmar que la evolución -tomando este término no en un significado ideológico, sino en su simple dimensión biológica, como continuo progreso de la complejidad, funcionalidad y morfología de los vivientes-, es en el fondo la manera en que Dios crea.

Pero entre teología y biología existe una diferencia importante: la teología cristiana no trata de comprender al hombre a partir de las especies inferiores, como hace en cambio la ciencia, sino que sigue el camino inverso: es decir, se esfuerza por comprender el sentido de toda la evolución biológica, y quizá de la evolución cósmica, a partir del hombre.

El evolucionismo, como todos los “ismos”, es por el contrario una posición filosófica: si se lee con atención la Humani generis de Pío XII, se verá que habla del evolucionismo en el contexto del historicismo y del materialismo, criticando la visión apriorística de que el mundo y el hombre sean un producto del azar, del absurdo, que en este universo no haya ningún sentido que comprender, porque no venimos de ninguna parte ni vamos hacia nada ni hacia nadie. Afirmar que nuestra vida carece de sentido no puede ser nunca una conclusión de la ciencia, sino solo una ideología.

Algo importante en juego

— La propuesta del “diseño inteligente”, hoy vista como alternativa al darwinismo, ¿pertenece al campo científico o al religioso?

— En el origen de esta corriente de pensamiento hay científicos, no teólogos o predicadores televisivos. Ellos han llamado la atención de los estudiosos sobre el hecho de que la presencia de algunas formas en la naturaleza no podía explicarse con los mecanismos del darwinismo clásico, sino que parecía requerir que existieran procesos innatos en algunos órganos y funciones, que, independientemente de las situaciones ambientales o de la selección natural, están destinados a realizarse antes o después.

Si llamar a esto “diseño inteligente” puede hacer pensar en un Creador que actúa oculto, todo depende del énfasis que hagan los autores: de hecho entre los que sostienen tal corriente hay también científicos no creyentes. La cuestión se ha complicado por el hecho de que los creacionistas -grupos protestantes que mantienen un literalismo bíblico nada teológico- han hecho guiños a los representantes del “diseño inteligente”, y estos se han prestado algunas veces al juego, favoreciendo así que los mass media los asociaran un tanto apresuradamente. En el mismo saco ha terminado después cualquiera que crea que existe un Creador y que el mundo responde a su proyecto inteligente.

Una vez más, modos distintos de entender los mismos términos crean equívocos. Hay un “diseño inteligente” defendido por aquellos biólogos que consideran insuficientes los mecanismos darwinianos, para los cuales el término “inteligente” es en cierto modo una metáfora (la ciencia empírica no puede de hecho demostrar, con sus solos métodos, la existencia de una finalidad inteligente), y hay un “diseño inteligente” que pertenece al pensamiento teológico, que reconoce el mundo como obra del Creador, fuente de inteligencia, pero también sin duda de amor y de voluntad de salvación.

— ¿Se trata solo de equívocos, sin que haya nada más en juego?

— En absoluto. En el centro de este debate está en juego la misma visión del hombre, lo que no es poco. ¿Se trata solo de un animal, resultado de una ciega evolución biológica, o al menos de un animal racional, como sostenía Aristóteles, lo que deja espacio a una fuente trascendente de su racionalidad? A mi juicio, es esto lo que se debate, y de esto dependen decisiones de gran importancia: de la bioética a la tecnología, de las leyes que hacen los parlamentos al juicio sobre nuestros comportamientos individuales y sociales.

Matteo Dellanoce____________________(1) La versión original y más amplia de esta entrevista ha sido publicada en “Studi Cattolici”, n.º 553 (marzo 2007).

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