El Papa promulga la Bula del Gran Jubileo del año 2000

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Duración lectura: 15m. 14s.

Una ocasión para la conversión y la esperanza
Roma. La peregrinación, la puerta santa, la indulgencia, el perdón son palabras clave que configuran lo que será el Gran Jubileo, según se lee en la Bula de convocatoria promulgada por Juan Pablo II el pasado 29 de noviembre. Junto a estos signos, el Papa ha querido incluir además nuevos aspectos, como la memoria de los mártires, la purificación por los pecados de los cristianos y un renovado esfuerzo en favor de la unidad de cuantos se consideran discípulos de Cristo.

La Bula Incarnationis mysterium llega cuatro años después de la publicación de la carta apostólica Tertio millennio adveniente, con la que el Papa invitaba a los cristianos a prepararse para el Jubileo. Pero la cita del año 2000, como se sabe, ha estado siempre presente en la acción del Santo Padre: “Desde mi primera encíclica, Redemptor hominis, he mirado hacia esta fecha con la única intención de preparar los corazones de todos a hacerse dóciles a la acción del Espíritu”.

Vale la pena recordar ese propósito del Papa en una época en la que comienzan a florecer iniciativas más o menos culturales o comerciales en relación con el año 2000. A la pregunta sobre el sentido global de esta celebración, Juan Pablo II ofrece una respuesta sintética: “El Jubileo es una nueva llamada a la conversión del corazón mediante un cambio de vida”.

La Bula incluye indicaciones concretas sobre cómo se vivirá el Jubileo: fechas, lugares e incluso -en una nota- los modos que tendrán los fieles para lucrar las indulgencias. Lo que diferenciará este Año Santo de los veintiséis que le han precedido será, sobre todo, el acento que pone el Papa en la necesidad de que los cristianos purifiquen la memoria histórica.

De Navidad de 1999 a Epifanía de 2001

El Jubileo comenzará “la noche de Navidad de 1999, con la apertura de la puerta santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano” y se clausurará “el día de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, el 6 de enero del año 2001”. La apertura de la puerta santa de San Pedro precederá pocas horas a las celebraciones previstas en Jerusalén y en Belén, y a la apertura de la puerta santa en las Basílicas de San Juan de Letrán y Santa María la Mayor. La inauguración del Jubileo en las Iglesias particulares se celebrará el día de Navidad.

En la otra Basílica patriarcal, la de San Pablo Extramuros, la apertura de la puerta santa se trasladará al 18 de enero, inicio de la semana de oración por la unidad de los cristianos, “para subrayar también de este modo el peculiar carácter ecuménico del Jubileo”. Aunque a primera vista no lo parezca, el carácter ecuménico que el Papa quiere dar a la celebración del Jubileo no es algo que se pueda dar por descontado, si se piensa que la idea jubilar es exclusivamente católica: la desconoce la tradición ortodoxa y la han criticado los protestantes (todo lo relacionado con las indulgencias fue uno de los puntos por los que Lutero justificó su ruptura con el Papa).

Dos centros: Roma y Tierra Santa

El Jubileo se vivirá, por consiguiente, tanto en Roma como en todas las Iglesias particulares, pero tendrá dos centros “de igual dignidad e importancia”: “Por una parte, la Ciudad donde la Providencia quiso poner la sede del Sucesor de Pedro, y por otra, Tierra Santa, en la que el Hijo de Dios nació como hombre”.

El protagonismo de Tierra Santa va unido al propósito de intensificar las relaciones entre los hijos de Abraham. “Que el Jubileo pueda favorecer un nuevo paso en el diálogo recíproco hasta que un día judíos, cristianos y musulmanes todos juntos nos demos en Jerusalén el saludo de la paz”.

El sentido de la peregrinación

A lo largo de la historia, la institución del Jubileo se ha enriquecido con signos que testimonian la fe y favorecen la devoción del pueblo cristiano. Entre ellos figura, sobre todo, la peregrinación, que recuerda la condición del homo viator. “La Sagrada Escritura manifiesta en numerosas ocasiones el valor del ponerse en camino hacia los lugares sagrados. También Jesús, con María y José, fue peregrinando a la ciudad santa de Jerusalén. La historia de la Iglesia es el diario viviente de una peregrinación que nunca acaba. En camino hacia la ciudad de los santos Pedro y Pablo, hacia Tierra Santa o hacia los antiguos y los nuevos santuarios dedicados a la Virgen María y a los Santos, numerosos fieles alimentan así su piedad”.

La peregrinación, que ha asumido en las diferentes épocas históricas expresiones culturales diversas, “evoca el camino personal del creyente siguiendo las huellas del Redentor”. “Mediante la vela, el ayuno y la oración, el peregrino avanza por el camino de la perfección cristiana”.

Cruzar la puerta santa

La peregrinación va acompañada del signo de atravesar la “puerta santa”, que se abrió por primera vez en la Basílica de Letrán durante el Jubileo de 1423. Trae a la memoria el paso, que todo cristiano está llamado a dar, del pecado a la gracia. Jesucristo es el acceso que abre de par en par la entrada en la vida de comunión con Dios.

“La puerta recuerda la responsabilidad de cada creyente de cruzar su umbral. Es una decisión que presupone la libertad de elegir y, al mismo tiempo, el valor de dejar algo, sabiendo que se alcanza la vida. Con este espíritu el Papa será el primero en atravesar la puerta santa en la noche del 24 al 25 de diciembre de 1999. Al cruzar su umbral mostrará a la Iglesia y al mundo el Santo Evangelio, fuente de vida y de esperanza para el próximo tercer milenio”.

El perdón de los pecados

Otro signo característico, y uno de los elementos constitutivos del Jubileo, es la indulgencia. Para entenderla cabalmente es preciso recordar la doctrina del sacramento de la Penitencia: Dios concede al pecador arrepentido, por medio del sacramento, la remisión de la “pena eterna” debida por los pecados graves confesados. Sin embargo, todo pecado, incluso venial, “entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la ‘pena temporal’ del pecado, con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos”. “Con la indulgencia se condona al pecador arrepentido la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa”.

Además, la Revelación enseña que la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás fieles. De este modo, se establece entre los fieles un intercambio de bienes espirituales: cada uno puede ayudar a los demás, vivos o difuntos, para estar cada vez más unidos a Dios.

Apoyándose “en estas razones doctrinales e interpretando el maternal sentir de la Iglesia”, concluye el Papa, “dispongo que todos los fieles, convenientemente preparados, puedan beneficiarse con abundancia, durante todo el Jubileo, del don de la indulgencia”. La Bula contiene un anexo en el que se precisan más esas condiciones (ver recuadro).

Purificación de la memoria

La peregrinación, la puerta santa, la indulgencia, el perdón, son signos que forman parte de la tradición de la celebración jubilar. El Papa dice que “el Pueblo de Dios ha de abrir también su mente para reconocer otros posibles signos de la misericordia de Dios que actúa en el Jubileo”. Y enumera algunos de esos nuevos signos, que ya había mencionado en la Tertio millennio adveniente.

En primer lugar, la “purificación de la memoria”. Se trata, posiblemente, del aspecto humanamente más audaz de las iniciativas tomadas por el Papa en torno al Jubileo. Dejando de lado incomprensiones y “meaculpismos”, Juan Pablo II pide un acto de valentía y humildad para reconocer “las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos”.

“La historia de la Iglesia es una historia de santidad. Esta santidad se manifiesta tanto en la vida de los muchos Santos y Beatos reconocidos por la Iglesia, como en la de una inmensa multitud de hombres y mujeres no conocidos, cuyo número es imposible calcular. Sin embargo, se ha de reconocer que en la historia hay también no pocos acontecimientos que son un antitestimonio en relación con el cristianismo. Por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aun sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido”.

Pero el Papa no se limita al pasado: “También nosotros, hijos de la Iglesia, hemos pecado, impidiendo así que el rostro de la Esposa de Cristo resplandezca en toda su belleza. Nuestro pecado ha obstaculizado la acción del Espíritu Santo en el corazón de tantas personas. Nuestra poca fe ha hecho caer en la indiferencia y alejado a muchos de un encuentro auténtico con Cristo”.

Sin pedir nada a cambio

Las palabras del Papa adquieren en este punto tonos solemnes: “Como Sucesor de Pedro, pido que en este año de misericordia, la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Señor, se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. Todos han pecado y nadie puede considerarse justo ante Dios”.

Juan Pablo II insiste en que “los cristianos están llamados a hacerse cargo, ante Dios y ante los hombres que han ofendido con su comportamiento, de las faltas cometidas por ellos”. Es más: solicita “que lo hagan sin pedir nada a cambio. No dejará de haber personas ecuánimes capaces de reconocer que en la historia del pasado y del presente se han producido y se producen frecuentemente casos de marginación, injusticia y persecución en relación con los hijos de la Iglesia”. ¿Cuál será la recompensa por este humilde reconocimiento? : “el abrazo del Padre”.

Reducir el peso de la deuda externa

El Papa otorga también un amplio significado a la caridad, que parte de la persona y adquiere también una dimensión social e incluso internacional. “Muchas naciones, especialmente las más pobres, se encuentran oprimidas por una deuda que ha adquirido tales proporciones que hace prácticamente imposible su pago. Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia”.

“El Jubileo es una nueva llamada a la conversión del corazón mediante un cambio de vida. Recuerda a todos que no se debe dar un valor absoluto ni a los bienes de la tierra, porque no son Dios, ni al dominio o la pretensión de dominio por parte del hombre, porque la tierra pertenece a Dios y sólo a El. ¡Que este año de gracia toque el corazón de cuantos tienen en sus manos los destinos de los pueblos!”.

Memoria de los mártires

Otro de los signos sorprendentes con los que el Papa ha querido marcar este Jubileo es el recuerdo de los mártires. “Este siglo que llega a su ocaso ha tenido un gran número de mártires, sobre todo a causa del nazismo, del comunismo y de las luchas raciales o tribales. Personas de todas las clases sociales han sufrido por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia, o soportando con valentía largos años de prisión y de privaciones de todo tipo por no ceder a una ideología transformada en un régimen dictatorial despiadado. Desde el punto de vista psicológico, el martirio es la demostración más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y que manifiesta su belleza incluso en medio de las persecuciones más atroces”.

Todo el texto transpira un optimismo sobrenatural, que se adivina fruto de la fe. Tiene además el aire juvenil de quien observa que “el paso de los creyentes hacia el tercer milenio no se resiente absolutamente del cansancio que el peso de dos mil años de historia podría llevar consigo; los cristianos se sienten más bien alentados al ser conscientes de llevar al mundo la luz verdadera, Cristo Señor”. El Papa está convencido de que el Jubileo, como invita a vivirlo, será un gran bien para la humanidad. Incluso atisba que “la proximidad del acontecimiento jubilar suscita un creciente interés por parte de quienes están a la búsqueda de un signo propicio que los ayude a descubrir los rasgos de la presencia de Dios en nuestro tiempo”.

En este punto adquiere un valor especial la confidencia que hace poco más de un año el Papa hacía a un grupo de connacionales, durante su último viaje a Polonia: “El 16 de octubre de 1978, en el cónclave, el Primado del milenio [del cristianismo en Polonia], el cardenal Wyszynsky, me dijo: ¡tú deberás introducir la Iglesia en el tercer milenio! Como pasan los años y estoy haciéndome cada vez más viejo, ayudadme con vuestra oración para que pueda cumplir con esa misión”.

Para ganar la indulgencia jubilarEl decreto de la Penitenciaría Apostólica, que acompaña la Bula del Papa, recuerda las normas generales que rigen la concesión de indulgencias, las cuales pueden obtenerse solamente una vez al día y aplicarse como sufragio por las almas de los difuntos. Respecto a los requisitos específicos para obtener la indulgencia jubilar, especifica:

– En Roma, haciendo una peregrinación a una de las Basílicas patriarcales, y participando allí en la Santa Misa, en otra celebración litúrgica o en un ejercicio de piedad; también visitando, en grupo o individualmente, una de las cuatro Basílicas patriarcales y permaneciendo allí un cierto tiempo en adoración eucarística o en meditación espiritual, concluyendo con el “Padre nuestro”, con la profesión de fe en cualquiera de sus formas legítimas y con la invocación a la Santísima Virgen María. En esta ocasión especial del Gran Jubileo, se añaden a las cuatro Basílicas patriarcales los siguientes lugares y con las mismas condiciones: la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, la Basílica de San Lorenzo junto al cementerio Verano, el Santuario de la Virgen del Divino Amor y las Catacumbas cristianas.

– En Tierra Santa, observando las mismas condiciones y visitando la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén, la Basílica de la Natividad en Belén o la Basílica de la Anunciación en Nazaret.

– En las demás circunscripciones eclesiásticas, haciendo una peregrinación o visitando la iglesia catedral u otras iglesias o lugares designados por el Ordinario, siguiendo las mismas condiciones señaladas para Roma.

– En cada lugar, yendo a visitar por un tiempo conveniente a los hermanos necesitados o con dificultades (enfermos, encarcelados, ancianos solos, minusválidos, etc.), como haciendo una peregrinación hacia Cristo presente en ellos y cumpliendo los requisitos espirituales acostumbrados, sacramentales y de oración. Los fieles querrán ciertamente repetir estas visitas durante el Año Santo, pudiendo obtener en cada una ellas la indulgencia plenaria, una vez al día como máximo.

– “La indulgencia plenaria jubilar podrá obtenerse también mediante iniciativas que favorezcan de modo concreto y generoso el espíritu penitencial, que es como el alma del Jubileo. A saber: absteniéndose al menos durante un día de cosas superfluas (por ejemplo, el tabaco, las bebida alcohólicas, ayunando o practicando la abstinencia según las normas generales de la Iglesia y las de los Episcopados) y dando una suma proporcionada de dinero a los pobres; sosteniendo con una significativa aportación obras de carácter religioso o social (especialmente en favor de la infancia abandonada, de la juventud con dificultades, de los ancianos necesitados, de los extranjeros en los diversos países donde buscan mejores condiciones de vida); dedicando una parte conveniente del propio tiempo libre a actividades de interés para la comunidad u otras formas parecidas de sacrificio personal”.

Las citas del JubileoAdemás de las tres fechas señaladas por el Papa en la Bula (apertura, cierre y acto ecuménico en San Pablo Extramuros), el calendario oficial del Jubileo incluye otros momentos de significado especial:

– 31 de diciembre de 1999: vigilia de oración en San Pedro para el paso al año 2000.

– 8 de marzo de 2000 (miércoles de ceniza): procesión penitencial de la Basílica de Santa Sabina al circo Máximo y acto de petición de perdón.

– 25 de marzo (Anunciación del Señor): celebración litúrgica en Nazaret en conexión con todos los santuarios marianos del mundo.

– 7 de mayo: conmemoración ecuménica por los “nuevos mártires” en el Coliseo.

– 11 de junio: jornada de oración en San Pedro por la colaboración entre las diversas religiones.

– 18-25 de junio: congreso eucarístico internacional en Roma.

– 15-20 de agosto: XV Jornada de la Juventud, en Roma.

– 8 de octubre: asamblea del Sínodo de los obispos. Acto para pedir a la Virgen su protección para el nuevo milenio.

– 14-15 de octubre: III Encuentro mundial de las familias en Roma.

– 31 de diciembre: vigilia de oración en San Pedro para el paso al nuevo milenio.

Diego Contreras

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