¿Somos más tolerantes ahora? Depende

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Duración lectura: 5m. 25s.
gente

¿Cómo es posible que en sociedades donde grupos sociales históricamente discriminados han logrado avances espectaculares, crezca al mismo tiempo la sensación de que el racismo, el sexismo y la homofobia están por todas partes? ¿Y por qué las generaciones jóvenes, más educadas en el respeto a la diversidad, tienden a ser más intolerantes con quienes piensan de forma diferente? Dos investigaciones arrojan luces sobre estas paradojas.

A la primera pregunta, el psicológo británico Peter Hughes contesta en Quillette con esta hipótesis: a medida que las sociedades progresan en la lucha contra la discriminación, también “amplían su concepto de intolerancia hasta estigmatizar nuevas actitudes y comportamientos. Esto crea la sensación de que o no estamos haciendo progreso alguno, o –peor– nos estamos volviendo más intolerantes”.

Para justificar esta explicación, recurre a una investigación liderada por el psicólogo de Harvard Daniel Gilbert, quien atribuye la incapacidad de reconocer los progresos sociales a un fenómeno que denomina “cambio conceptual inducido por la prevalencia”. Gilbert y su equipo mostraron en 2018 que “las personas suelen responder a la disminución de la prevalencia de un estímulo, ampliando el concepto que se tiene de él”.

En uno de los experimentos, por ejemplo, los participantes –divididos en dos grupos– vieron imágenes de 800 rostros humanos que iban, en progresiva gradación, de muy a nada amenazantes. Tras sucesivas rondas, los investigadores fueron retirando en uno de los grupos las caras intimidatorias. Y sus miembros terminaron por considerar amenazantes rostros que antes no les habían despertado recelos.

Rigorismo identitario

Para los investigadores, ese cambio conductual permite entender la insatisfacción de las sociedades modernas: aunque “han hecho progresos extraordinarios en la solución de una amplia gama de problemas sociales, desde la pobreza y el analfabetismo hasta la violencia y la mortalidad infantil, la mayoría de la gente cree que el mundo va a peor”.

Hughes lo aplica a la tolerancia. Está claro que las discriminaciones por razón de raza, sexo u orientación sexual persisten, y que hay que seguir combatiéndolas. Pero a la vez denuncia el pesimismo identitario que raramente reconoce los avances logrados, y anda obsesionada con descubrir privilegios ocultos, sesgos inconscientes, microagresiones… Con semejante lente de aumento, es inevitable terminar viendo racistas, sexistas y homófobos por todas partes.

Además, el idealismo extremo puede acabar metiéndonos en una “espiral de pureza”, que no soporta la imperfección de un mundo donde las personas hacemos lo que podemos para encajar las diferencias. El rigorismo identitario no solo lleva a la frustración –al comprobar que pocos están a la altura del nivel de tolerancia exigido–, sino también a la propia intolerancia. Es lo que ocurre con las cruzadas de los social justice warriors que se toman la justicia por su mano con boicots, “cancelaciones”, linchamientos mediáticos…

El 44% de los adultos menores de 30 años despediría a un directivo que dona de su bolsillo a la campaña de Trump; el 27% haría lo mismo con uno que respalde a Biden

Miedo sistémico

Este ideal de tolerancia tan exigente –en el que apenas hay margen para los clichés inconscientes, los desaciertos o los errores de juventud– contrasta con la imperfecta práctica de la tolerancia en las democracias liberales. Una encuesta realizada en julio por el Cato Institute y YouGov muestra que el 62% de los estadounidenses no se atreven a expresar sus ideas políticas por temor a que otros puedan sentirse ofendidos, lo cual sugiere que muy tolerados no se sienten.

El miedo a hablar es sistémico y alcanza a todas las tendencias políticas: de una muestra representativa de 2.000 adultos, una mayoría de demócratas (52%), independientes (59%) y republicanos (77%) prefiere autocensurarse a arriesgarse.

Llama la atención que, en la era Trump, los que se sienten más libres para expresarse son los que el sondeo llama “progresistas duros”: el 58% no tiene problemas para decir lo que piensa, frente al 23% de “conservadores duros” y el mismo porcentaje de “conservadores” a secas que afirma lo mismo. En medio quedan los “progresistas” (el 48% dice sentirse libre de hablar) y los “moderados” (el 36%).

Del “yo te tolero” al “yo te despido”

En su exposición de los resultados del sondeo, Emily Ekins, directora de encuestas del Cato Institute, se abstiene de hacer valoraciones políticas. Pero no es disparatado concluir que la narrativa que echa toda la culpa de la intolerancia a los populistas es insuficiente para explicar que la mayoría viva amedrentada. Es verdad que Trump tiene una responsabilidad mayor como presidente de una potencia mundial. Pero la resistencia anti-Trump –que no pocas veces ha repetido sus errores– tendrá que preguntarse por la suya.

Entre otras cosas, porque todo indica que la llegada de un nuevo inquilino a la Casa Blanca no va a resolver los problemas de intolerancia que revela la encuesta. Uno de los datos más llamativos es que un 31% apoyaría despedir a un directivo de empresa que dona de su bolsillo a la campaña de Trump, y un 22% haría lo propio con quien done a Joe Biden. Los porcentajes aumentan todavía más entre los adultos menores de 30 años: el 44% apoyaría el despido de los donantes de Trump; el 27%, el de los de Biden.

Para Glenn T. Staton, estos datos tienen menos que ver con los candidatos a las elecciones presidenciales de noviembre que con el desconocimiento de lo que significa vivir en una sociedad plural. Y alerta frente al deterioro del ideal clásico de tolerancia que persiguen las democracias liberales: del “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, un porcentaje significativo quiere moverse al “estoy en desacuerdo con lo que crees, y me aseguraré de que pierdas tu medio de vida, porque fui a investigar y descubrí que hiciste una contribución privada a la campaña de alguien a quien considero malvado”.

Con este contexto en mente, están surgiendo iniciativas que enseñan a encajar mejor la pluralidad de formas de pensar y de vivir típica de las democracias liberales. No venden una visión idílica de la tolerancia, sino un realismo basado en la buena fe que resulta mucho más eficaz. Es el tema de la próxima entrega de la serie: Cómo desatascar las disputas sobre valores.

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