Oriente Medio: Estados que desaparecen

Publica el diario Avvenire una extensa entrevista con Hamit Bozarslan –director de estudios en la École des hautes études en sciences sociales de París–, centrada en el proceso de creación y desintegración de Estados en Oriente Medio a lo largo del último siglo.

De hecho, se ha roto por completo el diseño de las potencias occidentales tras la Primera Guerra Mundial. Por su parte, el Islamismo actual entra en una fase que combina una racionalidad extrema con un milenarismo exaltado: produce una mezcla autodestructiva, que ignora límites hasta ahora considerados sagrados, como lugares de culto, cementerios o el cuerpo femenino.

Dentro de la complejidad del problema, Bolzarslan considera que la gran división del mundo árabe comienza en los años veinte, con la revuelta en Irak y en Siria, y luego con el levantamiento palestino. Se abre paso en el plano intelectual –especialmente desde la creación del Estado de Israel en 1948–, pero sin desmantelar las aristocracias heredadas del Imperio Otomano. Prevalecen los planteamientos nacionalistas, con tendencias políticas autoritarias. Dan lugar a dictaduras de carácter militar o fundadas en dominaciones confesionales o étnicas.

El Estado Islámico sería como la consumación de esa dinámica. “Por un lado, el Islam impone una obligación de obediencia absoluta al tirano, sea príncipe, sultán o califa, aunque sea malvado. Se intenta conjurar la terrible experiencia de las primeras guerras civiles. A la vez, existe el anhelo de una sociedad justa. Las dos tendencias son contradictorias y explican por qué el Islam produce al mismo tiempo obediencia y rebeldía. La obediencia permite al tirano llegar a ser extremadamente violento. La protesta y la demanda de justicia hacen que la oposición llegue a ser también radicalmente violenta. Ambas alternativas excluyen la democratización. En la medida en que el Islam no se atreve a hacer frente a esta contradicción, la reproduce en el tiempo, también hoy”.

La impresión de Bozarslan es que el Estado Islámico refleja exactamente esta ambigüedad: “Por un lado muestra una racionalidad extraordinaria, manifestada en la creación de un sistema semejante a un estado: un territorio de doscientos mil kilómetros cuadrados, una población de seis millones de habitantes, con fronteras y transacciones económicas. Y al mismo tiempo todo se sacrifica en el altar de un milenarismo difícilmente definible, que se expresa en atentados suicidas o en la multiplicación deliberada de enemigos”. Debería optar entre la profundización institucional o el nihilismo radical. “La situación de Oriente Medio se recibe en Occidente al modo de una crónica de sucesos. Pero no es así Las sociedades desaparecen y nada nos asegura que podamos hablar todavía mañana de una sociedad libia, o que subsista en Yemen o Irak alguna forma de sociedad”.

Desde luego, la violencia en el Oriente Medio ha cambiado profundamente a lo largo del siglo XX. A partir de los años 1979-1980 entra poco a poco en una lógica de la autodestrucción. En los ochenta apenas se producen diez atentados suicidas, mientras que entre 2003 y 2011, sólo en Irak, superan el millar. El atentado suicida “significa que el pasado no es ya fuente de orgullo, y el futuro no te promete nada: destruye el presente para destruir el pasado y el futuro”.

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