O Evo, o el Apocalipsis

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Duración lectura: 7m. 9s.

La reciente derrota de Evo Morales en su intento de modificar la Constitución boliviana para que le permitiera competir en 2019 por un mandato más (el cuarto, de hecho), es un “aviso a navegantes”. Lo es para los líderes políticos que, calificándose de “servidores del pueblo”, pretenden, una vez en el poder, cambiar las reglas del juego para erigirse en la única tabla de salvación con que cuentan las masas a la deriva.

En los días en que hacía campaña por el en el referéndum sobre el cambio constitucional, el vicepresidente del país, Álvaro García Linera, dio tintes casi apocalípticos al momento en que Morales, por fuerza de ley, ya no pueda seguir al frente del ejecutivo: “Habrá llanto y el sol se va a esconder, la luna se va a escapar y todo va a ser tristeza para nosotros; no lo olviden”. Solo le faltó, para completar la imagen, un ángel tocando una trompeta.

Pero el electorado boliviano no digirió la metáfora y le negó a Evo, por 51,3% vs. 48,7% de los votos, la posibilidad de un nuevo período, algo sin precedentes para el mandatario indígena, líder del Movimiento al Socialismo (MAS), quien había vencido en las urnas en todas las consultas anteriores.

¿Por qué la negativa? Tal vez por el desgaste que sufre todo el que se sienta unos años en la silla presidencial. Es, desde luego, más llevadero organizar piquetes huelguísticos y arrojar piedras en las carreteras, que ordenar, desde la sede del Ejecutivo, la represión policial contra los grupos indígenas que protestan contra el trazado de una autopista a través de su región, y más fácil hacer alegres promesas económicas en campaña, que después cumplirlas. Nadie, por muy combativas que sean sus credenciales, tiene asegurado para siempre el afecto de sus seguidores, que de pronto, si dudan, son automáticamente tildados de “traidores”.

Los “imprescindibles”

Tradicionalmente, América Latina ha sido terreno fértil para el surgimiento de figuras que creen designio vital perpetuarse en el poder por el bien de sus pueblos.

Desde Europa se corre el riesgo de ver este fenómeno casi como una tendencia “natural”. Sin embargo, los Estados nacionales latinoamericanos son bastante jóvenes en comparación con los europeos, y han visto la luz, además, bajo el paraguas “protector” de EE.UU., que si en la Europa de posguerra avaló la democracia y la reconstrucción económica, en América Latina auspició a las peores dictaduras y obvió la pobreza generalizada. Por ello, en el proceso de maduración política y económica de estos países, pueden evidenciarse retrocesos, que algunos tratan de corregir presentándose como líderes imprescindibles.

Hay antecedentes remotos, como el paraguayo José Gaspar Rodríguez de Francia, quien lamentaba hallarse “en un país de pura gente idiota, donde el gobierno no tiene a quien volver los ojos, siendo preciso que yo lo haga, lo industrie, y lo amaestre, todo por sacar al Paraguay de la infelicidad y el abatimiento”.

A finales de los años 90, en la Venezuela sometida a las recetas neoliberales y a una desigual distribución de la renta petrolera, el “líder necesario” fue un teniente coronel retirado que prometió transformaciones a favor de las mayorías sociales, así como no estar más de cinco años en el poder… pero terminó modificando la Carta Magna para poder mantenerse por lo menos hasta 2021.

La resaca neoliberal también terminó aupando a figuras no identificadas con la política tradicional en Ecuador, Argentina, Brasil, Honduras y, desde luego, Bolivia. Evo Morales asumió el poder en 2006 con el propósito de cambiar los destinos económicos del país –considerado aún hoy el más empobrecido de Sudamérica– y beneficiar a las grandes mayorías. Algo logró: al incrementar los ingresos nacionales por el suministro de gas a los países de su entorno y poner en marcha mecanismos redistributivos, hizo que entre 2005 y 2012 la extrema pobreza cayera del 24,3% al 12,2% entre la población urbana, y del 62,9% al 40,9% en las áreas rurales, según el PNUD.

Sin embargo, donde se decoloran las intenciones benefactoras de Evo es en esa tentación, tan cara y tan dañina a la nueva izquierda latinoamericana, de creer que sin él, que –como cantaba Mercedes Sosa– “vino a ofrecer su corazón”, todo está irremisiblemente perdido.

Promesas incumplidas

No hay sorpresas: a Evo le ha perseguido, hasta las puertas del referéndum, la corrupción de las élites políticas: desde la malversación de fondos públicos en los gobiernos regionales presididos por el MAS, hasta el tráfico de influencias por parte de una expareja del presidente, para beneficiar con contratos millonarios a una compañía china de infraestructuras. Los mismos males de los “oligarcas plegados al imperialismo”, pero en versión “progre 2.0”.

También han pesado las promesas incumplidas. Una de ellas, la de promover la diversificación económica del país y dejar atrás el modelo de simple exportador de materias primas, le ha granjeado las críticas desde la propia izquierda.

El uruguayo Raúl Zibechi, un asiduo en la web rebelion.org, reflexiona: “El Movimiento al Socialismo había prometido un ‘salto industrial’, que no solo no se produjo, sino que se asiste a la profundización del extractivismo. Ahora el vicepresidente habla de un ‘extractivismo temporal’, que permitiría la acumulación de recursos para invertir en la industrialización. Sin embargo, fuera de una reactivación de la industria textil en manos de pequeños y medianos productores, los cambios no llegan”.

Lo curioso del caso es que a un presidente “comprometido” con el bienestar de los pueblos originarios y el respeto a la Pachamama (la “Madre Tierra”), la tardanza para invertir las ganancias del gas y la minería en un relanzamiento industrial le ha obligado, al desplomarse los precios de las materias primas, a intensificar la actividad extractiva, con el consecuente deterioro del medio ambiente, y a llevarla incluso a las denominadas “zonas protegidas”. El proyecto, por el que en 2003 los movimientos indígenas se levantaron contra el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, lleva a alguno a concluir que las diferencias entre la agenda de aquel gobierno neoliberal y la del MAS “desaparecen cuando las transnacionales golpean la mesa”.

“Porque el pueblo me lo pide…”

No parece, a juzgar por su reacción en los días posteriores al referéndum, que Evo haya tomado nota de las carencias de su gestión. Puesto a buscar culpables, ha nombrado a dos: “el imperialismo y las redes sociales”, por lo que, casi automáticamente, la representación parlamentaria del MAS ha anunciado que llevará al debate el tema de cómo regularlas (¿una receta “a la china”?).

El presidente no entiende la derrota porque –y he aquí un síntoma precoz de lo mismo que padecía el Dr. Francia– no habría sido él, sino las organizaciones sociales, las que le habrían “pedido” el referéndum para modificar el artículo 168 de la Constitución (el referido a los límites del mandato).

Pero también en esto le salta otra liebre desde la izquierda: “De haber sido cierta la versión oficial de que la propuesta de repostulación provenía del propio pueblo, entonces ni el presidente ni el vice tenían que haber hecho campaña por ellos mismos –advierte Rafael Bautista, del Taller de Descolonización, en La Paz–. Si se suponía que era el pueblo organizado el que se empeñaba en una nueva reelección, entonces los menos indicados para solicitar el voto ciudadano eran Evo y Álvaro (…). Pero aquella insistencia develaba lo inexacto de la versión oficial y nos mostraba un envanecimiento que se arrogaba ser depositario de una providencia infalible. En tales términos ya no puede hablarse de un proyecto popular”.

Esto dicho, no hay que descartar que en algún momento antes de 2019 Evo vuelva a escuchar “la voz del pueblo”, pidiéndole que se quede. Hugo Chávez, en su momento, afinó el tímpano y la “escuchó”, con lo que, en segunda consulta sobre el tema, logró que la gente aprobara lo que inicialmente había rechazado. Valga, pues, como ejemplo de en qué vienen a parar los anhelos de “refundación democrática” de quienes dicen encarnar, en exclusiva, la voluntad popular.

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