Honduras: la crisis política, más allá del debate sobre el golpe

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Duración lectura: 3m. 19s.

The New York Times (06-07-2009) ha publicado un artículo de Roger Marín Neda, columnista del diario El Heraldo de Honduras, que refleja el escepticismo de los hondureños ante sus políticos.

Para ilustrar la postura de los hondureños respecto de los últimos acontecimientos del país, cita las palabras de una pequeña comerciante de la Colonia Las Lomas de Tegucigalpa: “Micheletti, Zelaya, ¿qué más da? Las cosas seguirán como siempre. No va a cambiar nada. Lo único que yo quiero es que me dejen vivir en paz para seguir con mi negocio”.

En efecto, los habitantes del país centroamericano no parecen muy distintos de otros de la región en su forma de valorar la política, pues el desencanto con los líderes cubre de escepticismo cualquier expectativa de mejorar, provenga de donde provenga. Sin embargo, Marín Neda no deja de aludir a algo que mucho se ha mencionado al tratar de la democracia en América Latina, y que descubre un correlato del populismo en la irresponsabilidad de los electores: “Nuestra débil memoria política es un mecanismo de defensa. Muchas veces hemos saludado con optimismo el comienzo de una nueva presidencia para terminar luego frustrados por la incompetencia política y la corrupción que le siguen”.

Manuel Zelaya, que al momento de su caída contaba con uno de los índices de popularidad más bajos de Latinoamérica, no parecía ser la excepción en esta historia de ilusiones y decepciones sucesivas: “En muchos aspectos el señor Zelaya era un típico político hondureño ―explica Marín Neda―. Comenzó su periodo de cuatro años en 2006, y a mediados de 2008 ya daba vueltas a la idea de la reelección, a pesar de que la Constitución lo prohíbe. Desde su independencia de España en 1821 Honduras ha tenido 16 constituciones, pues esos textos resultaban muy vulnerables ante el deseo de los gobernantes de extender sus mandatos. La Constitución actual, que comenzó a regir en 1982 tras muchos años de regímenes militares, se escribió para proteger por siempre al país contra presidentes aferrados al poder”.

El autor del artículo aclara que, aun así, varios presidentes de la Honduras democrática han buscado la forma de prolongar su período, pero sólo Zelaya se decidió a activar el plan para ponerla por obra. Un plan que, además de la intención reeleccionista, entraba en la órbita del modelo de Hugo Chávez, con lo cual “los miembros de la clase media miraron el ejemplo de Venezuela y se preguntaron por qué debíamos tomar nosotros el camino de de un país que no parece haber progresado mucho en la última década, y donde la libertad de prensa y otros derechos han sido restringidos”.

La pregunta por el futuro

Marín Neda es otro de los autores asombrados de que los sucesos de estos días hayan puesto en el punto de mira a Honduras, un país que normalmente parece bastante olvidado por la comunidad internacional, y cuyos problemas apenas se conocen. “Mucha gente en el exterior está obsesionada con el asunto de si la expulsión de Zelaya fue legal o un golpe de Estado clásico. Pero este debate opaca el hecho de que por muchos años Honduras ha constituido una enorme crisis preparada para estallar”.

El futuro, entonces, parece más preocupante que la coyuntura actual: “El señor Zelaya volverá o no para completar lo que le queda de mandato. Pero eso ¿tendrá alguna importancia para el futuro de Honduras?”, se pregunta Marín Neda. Así, y según todo lo anterior, el articulista cree que “mientras una generación de políticos jóvenes, incontaminados y democráticos no llegue al poder —y se corrijan las profundas desigualdades económicas de nuestro sistema— no seremos capaces de creer en nuestros líderes”.

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