De los tentáculos de la guerra al abrazo de Don Bosco

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Duración lectura: 7m. 54s.

La página web de las Misiones Salesianas en Colombia tiene historias que son como puñetazos. Relatos de niños y adolescentes a los que la guerra –en cualquiera de sus variantes, que en ese país han sobrado–, les han llevado, como Manuel, a ver caer fusilado a su hermano por “indisciplinado”; o como Catalina, quien intentó escapar y, al ser capturada, fue sometida a todo un consejo de guerra y obligada a trabajar duramente por varios meses.

“Hay prejuicios, sí, por parte de muchos colombianos, pero no toda la sociedad tiene que saber necesariamente la historia de cada persona”

Es la realidad de los niños soldados, un oscuro drama del que al menos en Colombia, afortunadamente, parece estar cerrándose el telón. Precisamente para que no cierre en falso, los salesianos están arrimando el hombro con un programa dedicado a enderezar vidas que algunos creían perdidas ya para siempre, pese a que apenas empiezan. El P. Rafael Bejarano es el director de Ciudad Don Bosco, la obra que hace posible este “encontrar lo que se había perdido”, y durante una reciente visita a España ha accedido a hablar con Aceprensa sobre la iniciativa Casa de Protección Especial, que atiende a estos chicos desmovilizados.

— ¿En qué consiste el programa?

— En la reintegración de menores que han estado vinculados al conflicto. Ya tiene 15 años, y recibe a los chicos que abandonan los diferentes grupos armados en Colombia, sea de las FARC, del ELN, de los paramilitares o de bandas criminales. Todo se hace de la mano del gobierno nacional, a través del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, pues ellos son quienes derivan a los muchachos hacia las diferentes instituciones.

Nuestro modelo es el denominado “pastoral-psicosocial”, y mediante él acogemos a chicos y chicas y los atendemos desde diferentes aristas: desde el punto de vista médico, para detectar los problemas de cada cual; les brindamos acompañamiento psicológico y también espiritual, y hacemos trabajo social para la restitución de sus derechos. Se les apoya igualmente desde lo educativo, pues muchos llegan sin escolarización o tras haberla interrumpido durante muchos años; entonces se les ofrece una formación técnico-profesional que buscará, luego de todo el proceso, la integración a la sociedad a través del mundo del trabajo.

— ¿Cuántos están ahora insertados en el programa?

— En estos momentos hay unos 70 muchachos.

— ¿La cifra es mayor ahora, tras la desmovilización de las FARC?

— Siempre ha sido constante, a lo largo de estos años. El programa, por otra parte, se realiza tanto en Cali como en Medellín, en diferentes modalidades, y durante todo este tiempo se ha logrado trabajar con unos 2.300 jóvenes.

Heridas físicas y psicológicas

— ¿Cómo evolucionan los chicos? ¿Cómo se proyectan, entre el momento en que entran y el que salen?

— Hay un cambio total, porque cuando se desmovilizan vienen con estrés postraumático. Es lógico: muchos de ellos han tenido que vivir situaciones muy duras, de combates. Unos llegan con enfermedades tropicales; otros, con heridas; otros, con esquirlas de granadas o con balas todavía metidas en el cuerpo. El objetivo mayor es lograr que puedan abrir toda su personalidad para poder dar inicio a un proyecto de acompañamiento.

— ¿Todos habían sido forzados a irse con la guerrilla, o con los paramilitares…?

— No todos. Hay algunos que se han incorporado a esos grupos por su propia voluntad.

— ¿Qué porcentaje de estos jóvenes estuvo en los grupos armados contra su voluntad?

— No tendría ese dato tan concreto en este momento, pero sí podría decir que una buena parte de ellos ha ido por voluntad propia a esos grupos.

— Ya dentro del programa, ¿hay algún tipo de mecanismos para evitar que se formen facciones, según su antigua pertenencia?

— Sí, eso es algo a lo que estamos siempre muy atentos. La situación es que los chicos son víctimas; ingresan a los grupos sin ninguna mentalidad de defender ideal alguno. Cuando llegan al programa, nosotros tenemos una sola condición: que quieran participar libremente, que deseen hacer el proceso, de manera que eso ya asegura muchísimo la metodología que empleamos. Otra cosa será que ellos tengan la conciencia de ir avanzando paso a paso, y ahí incide el trabajo técnico que hagamos con ellos.

Buena parte de los niños y adolescentes colombianos reclutados por los grupos armados se han insertado en estos por voluntad propia

— ¿Y cómo se les reinserta? ¿Cómo se les lleva después a un centro educativo o laboral?

— Cuando los muchachos llegan a nuestra casa de acogida —que es grande, y donde tienen sus habitaciones y hacen su vida diaria—, hay una primera fase que se denomina “Restitución de derechos”, en la que el equipo técnico se encarga de contactar a sus familias y de recuperar su identidad, a nivel documental por ejemplo: si han estado en el colegio, se averigua qué habilidades competenciales tienen; si nunca han estado, se elabora un plan de acción para que puedan tener una educación enfocada en superar el atraso escolar.

Así, cada uno va teniendo su propio plan y llegan a integrarse en los diferentes grupos, pues hay que decir que Ciudad Don Bosco no trabaja solamente con jóvenes vulnerados por la guerra, sino que tenemos otros muchos chicos con los que aquellos se van mezclando en diferentes fases formativas. Esa es una primera forma de reintegración.

La segunda es la de las familias, que, una vez se les contacta, serán el eje de motivación principal. Y hay una tercera fase: a medida que avanzan en sus estudios, entran a la capacitación profesional de acuerdo con el perfil que presentan, y ahí se encuentran con otros jóvenes que hacen un proceso similar al de ellos. Posteriormente, la Agencia de Iniciación Laboral y Colocación los va ubicando en diferentes empresas, y así, hasta que alcanzan una autonomía para vivir de modo independiente.

Vencer los prejuicios sociales

— ¿Hablan ustedes directamente con empresarios para ver si están dispuestos a aceptar a un número de jóvenes?

— Exacto. Tenemos una red de empresas dispuestas a darles empleo a los muchachos en las ramas en las que les ofrecemos capacitación técnica. También el gobierno ha desarrollado en los últimos años una legislación especial para las empresas que acojan a personas con este perfil.

Hay jóvenes que, al padecer malos tratos en su casa, se han unido a la guerrilla. En casos así, de muchachos cuyas familias les han mostrado muy poco afecto, ¿a dónde se les reintegra?

— Eso es parte del trabajo. El lugar natural de todo ser humano, por muy disfuncional que sea, es su familia. Hemos descubierto que las raíces más importantes del problema no están en la guerrilla ni en el grupo armado, sino en situaciones que no deberían ocurrir y de las que los jóvenes son víctimas. Muchos buscan esos espacios porque tienen problemas con sus familias, y se unen no solo a grupos armados, sino a veces a redes de narcotráfico o de explotación sexual infantil. Por eso, el trabajo de reintegración no es solo con el joven que ha vivido el flagelo de la violencia, sino de recuperación del tejido familiar.

En 15 años, el programa de los salesianos ha trabajado por la reinserción de unos 2.300 jóvenes desmovilizados

— A nivel social, ¿puede haber prejuicios respecto a los chicos reintegrados, por su antigua pertenencia a bandas armadas? ¿Cómo se maneja esto?

— Cuando hablamos de la reintegración del joven a la sociedad que lo ha excluido, nos referimos al desarrollo de sus capacidades personales y a la elaboración de su proyecto de vida. Pero hay prejuicios, sí, por parte de muchos colombianos. No obstante, no toda la sociedad tiene que saber necesariamente la historia de cada persona. Ellos no salen a la calle a gritar: “¡Yo soy un exguerrillero!”, aunque muchas personas saben de algunos que han estado en grupos armados. Simplemente este será un proceso que los colombianos haremos a nivel social, ahora que estamos en la etapa del posconflicto. Tenemos que empezar a construir.

Una intención del Papa

Durante el rezo del Angelus el pasado 19 de febrero en el Vaticano, el Papa Francisco tuvo unas palabras sobre el fenómeno de los niños que son reclutados para participar en los conflictos armados –unos 350.000 en todo el mundo–. En referencia a recientes episodios de violencia en la República Democrática del Congo, el Pontífice manifestó su “profundo dolor por las víctimas, en especial por tantos niños arrebatados de sus familias y de la escuela para ser usados como soldados. ¡Esta es una tragedia: niños soldados!”.

Precisamente sobre este tema, en diciembre de 2016 la Red Mundial de Oración por el Papa elaboró un vídeo con una intervención de Francisco. “Debemos hacer todo lo posible –decía entonces– para que se respete la dignidad de los niños y para terminar con esta forma de esclavitud. Seas quien seas, si estás tan conmovido como yo, te pido que te unas en esta intención: para que en ninguna parte del mundo existan niños soldados”.

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