Brasil, el coloso más débil

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Duración lectura: 12m. 16s.

Sudamérica le contempla con ansiedad
Con el índice de crecimiento económico más sostenido del mundo, América Latina podría estar contenta… si no fuera porque el coloso del Continente, Brasil, no da signos de mejoría. Mientras los demás crecen, Brasil, la novena economía mundial, está en recesión. En Brasil los precios crecen cada mes tanto como suben en todo el año en el resto de la región. Todo esto hace tambalear incluso el más importante proyecto de la región rumbo a un mercado común: el MERCOSUR.

La caída de la latrociniocracia de Fernando Collor de Mello, no sólo significó un duro golpe para la confianza de los brasileños en su sistema político. También arrastró consigo la credibilidad del único programa de ajuste económico medianamente serio al que Brasil había sido sometido en su historia reciente.

Programa para un despegue

Tras la aparatosa caída de Collor, se temía que el nuevo inquilino del Palacio del Planalto reemprendiera las mismas políticas populistas que han puesto a Brasil a la cabeza de los países latinoamericanos con economías inflacionarias. Los temores de los expertos se vieron confirmados cuando, a finales de abril, Itamar Franco presentó su programa económico. En él no se detectaba ningún interés por combatir el principal problema de la economía: la tasa de inflación que bordea el 30% mensual.

El programa de Franco está dirigido fundamentalmente a lograr una tasa de crecimiento del 3% al año. El programa se sustenta en un trípode que incluye: 1) Una “estabilización económica” que rehuye la aplicación de medidas drásticas -congelación de sueldos, retención de ahorros, etc.-. 2) Los “incentivos sectoriales”, que implicarán que el gobierno invierta 4.700 millones de dólares para la agricultura orientada a productos de consumo popular, y dedique unos 590 millones más a la creación de empleos a través de la reparación de carreteras. 3) “La lucha contra el hambre y la miseria”, concretada en la inversión, siempre por parte del Estado, de 2.600 millones de dólares destinados a la generación de empleos temporales y a la construcción de 233.000 viviendas populares.

¿De dónde saldrá el dinero para esta mega-inversión del gobierno? Franco espera conseguirlo mediante los fondos obtenidos por las privatizaciones y con la lucha contra la evasión de impuestos, con el fin de aumentar en un 20% la recaudación.

¿Y el frente de la deuda externa? “Se apelará a la buena voluntad de los bancos para postergar pagos inminentes “, contesta impertérrito Franco.

¿De dónde saldrá el dinero?

Las grandes corporaciones privadas que medran gracias al proteccionismo estatal y los sectores económicos involucrados en el programa de despegue de Franco, dieron un suspiro de alivio. Pero los economistas pronostican el fracaso del programa y mayores complicaciones en la economía del coloso. En primer lugar, los expertos creen que el Estado, mediante la inyección de divisas, sólo logrará incrementar la inflación hasta hacerla pasar la barrera psicológica del 30% mensual. “El gobierno cree que la inflación es una esposa con la cual uno puede vivir en matrimonio y no entiende que en realidad es una amante caprichosa que termina echando todo a perder”, comenta un funcionario de la Federación Brasileña de Bancos (FEBRABAN).

Los temores de los especialistas se basan en que el gobierno pone sus esperanzas de obtener divisas en recursos inciertos. La venta de empresas públicas, según fuentes del propio Ministerio de Planificación, es “un proceso lento y poco seguro”, pues encuentra resistencias en el Congreso. Por otro lado, la idea de aumentar la presión tributaria es, según los expertos, “un sueño imposible” que exigiría primero la decisión poco probable del Congreso de iniciar un proceso de moralización a fondo.

Conclusión: el gobierno deberá recurrir a la emisión de moneda para cubrir sus metas, generando así más inflación. De este modo, dice el sociólogo Renato Busquet, “lo que el gobierno distribuye a los pobres se lo vuelve a quitar mediante la depreciación del dinero”.

El infierno de los ceros

Lo peor de todo es que la inflación ya comienza a tomar proporciones alarmantes en Brasil, y es el hombre de la calle el primero en sufrirlas. “Las cosas suben dos o tres veces en un mes; a este ritmo es imposible hacerse un presupuesto mensual”, comenta una ama de casa en un supermercado. “Nadie aguanta más los números astronómicos, que en realidad no expresan valores astronómicos”, dice Helio Domingues, director jurídico de FEBRABAN. “La inflación nos ha convertido en el país de los millonarios pobres”, agrega.

Muchos comerciantes han decidido colocar en los escaparates el precio de la ropa con tres ceros menos, ya que de lo contrario en algunos casos necesitarían poner etiquetas demasiado grandes. Como consecuencia de este infierno de los ceros, ha aumentado la demanda de calculadoras de 14 dígitos. Hamilton Yoshida, gerente de productos de cálculo de la Sharp, informa que su empresa, líder en el mercado de las calculadoras, vendió en febrero toda la producción prevista para el año y no logra atender la demanda. Por la misma razón, los programas de los ordenadores han debido ser adaptados para poder manejar cifras de trillones de cruzeiros.

Lo peor de todo es que no se advierte ninguna voluntad política para afrontar este problema. A la ausencia de un programa severo de control de la inflación por parte del ejecutivo, se suma la parsimonia con que el Congreso está abordando la reforma monetaria. En los dos últimos gobiernos, de José Sarney y Fernando Collor, se realizaron dos reformas monetarias en las que se suprimieron seis ceros. La actual reforma implicaría el recorte de tres ceros más. Eso significa que, una vez que el proyecto pase por el intrincado sistema legal brasileño, una nueva unidad monetaria equivaldrá a mil millones de cruzeiros de apenas cinco años atrás.

Los malos hábitos

Alejandro Tumayan, un analista económico local, afirma que la razón principal por la que la economía brasileña no llega a despegar es por los malos hábitos que afectan tanto a los dirigentes políticos y económicos como al hombre común.

Brasil es el único grande de América, por ejemplo, que aún conserva una industria altamente protegida. Aunque algún sector ha demostrado gran competitividad -como en el caso de la industria militar-, buena parte de ella es poco productiva, anticuada y de baja calidad. El consumidor no tiene más remedio que pagar precios caros por productos de baja o mediana calidad. El capítulo en que esta realidad es más patente es el de la informática y las telecomunicaciones. Paradójicamente, mientras Brasil se apresta a lanzar un satélite, es al mismo tiempo el más atrasado de los grandes en la incorporación de la informática al mundo industrial y financiero.

Otro vicio brasileño es la frondosa burocracia. Collor llegó al poder con el lema de acabar con los marajás -burócratas con sueldos de lujo-. Pero no sólo no acabó con esta casta, que absorbe cerca del 25% del PIB, sino que él mismo terminó convertido en un marajá. Franco, por su parte, pese a que afirma tener un proyecto para disminuir en catorce mil millones el gasto público, no ha planteado ninguna medida para podar la burocracia.

Con una industria desarrollada, una cantidad enorme de recursos naturales y el mercado interno más grande de Latinoamérica (146 millones de habitantes), Brasil ha podido sobrevivir a la crisis y a una inflación galopante gracias a la aplicación de medidas correctivas aisladas. Pero analistas económicos como Tumayan coinciden en que esta situación será insostenible a medio plazo, especialmente cuando aumenten la productividad y la competitividad de los vecinos. En el mejor de los casos, sin una reforma estructural, Brasil seguirá sufriendo la resaca constante de la inflación. Y, en el peor de los escenarios, la economía puede llegar a niveles de colapso similares a los alcanzados por el Chile de Allende o el Perú de Alan García.

Si gana Lula…

Brasil tendrá elecciones presidenciales el próximo año, y hasta ahora, según las principales encuestas, es Luiz Ignacio da Silva, Lula, quien lleva las de ganar. Forjador del conglomerado marxista Partido de los Trabajadores, que perdió en segunda ronda electoral frente a Collor, Lula es un obrero metalúrgico que cuenta, según sus propias declaraciones, “con el apoyo de los sindicatos, de las organizaciones de base y del ala progresista de la Iglesia”. Y aunque en los últimos dos años se ha distanciado algo del marxismo que antes defendía, sostiene que su programa económico está “a la izquierda de la socialdemocracia”.

Según un servicio de documentación que se distribuye entre los más altos empresarios del país, si Lula gana las elecciones, existen dos posibles escenarios.

El primero es que aplique su programa estatista y populista. En este caso, “la bolsa se desplomará, la confianza de la banca internacional desaparecerá, incrementando la presión del pago de la deuda, y los capitales nacionales emigrarán en busca de mejores condiciones en países como Argentina o Chile”. Según el cínico comentario de este servicio, “lo único positivo de la catástrofe sería que el pueblo brasileño entendería por fin que el populismo da un caramelo hoy a costa del pan de mañana”.

El otro escenario posible es que Lula, enfrentado a las responsabilidades del poder, decida hacer lo que han hecho otros colegas latinoamericanos como Menem, Pérez y Fujimori: prometer populismo y gobernar con ajuste económico. Las consecuencias políticas de estas medidas son imprevisibles. Fujimori y Menem tienen más del 50% de popularidad; Pérez no llegaba al 8% cuando tuvo que dejar el poder.

¿Tras las huellas de Fujimori?

Según Villasboa Correa, uno de los analistas políticos más influyentes de Brasil, las condiciones del país no son propicias para un golpe de Estado, pero hay signos preocupantes que no deben ser subestimados. Recientemente, un grupo de generales retirados del autodenominado Movimiento Guararapes -el nombre del lugar donde se libró la última batalla para expulsar a los holandeses en el siglo XVII- publicó un “manifiesto a la nación brasileña”. El texto reclamaba sobre todo, con tonos implícitamente amenazantes, un proceso de moralización nacional, especialmente en el Congreso. Recientemente la opinión pública reaccionó con indignación al conocerse que los congresistas piensan gastar 120 millones de dólares en la remodelación del edificio, además de un subsidio de 90.000 dólares mensuales a todos los congresistas que no tengan casa en Brasilia -en realidad, la mayoría-. Ningún parlamentario está obligado a rendir cuentas de qué hace con ese dinero.

Para muchos analistas políticos, las amenazas del Movimiento Guararapes deben ser tomadas en serio, pues pueden reflejar, más que la opinión de un grupo de generales retirados, el punto de vista de un sector no despreciable del ejército.

Alejandro BermúdezSi el coloso no despierta…

Brasil es demasiado grande e importante como para que su propia crisis no tenga consecuencias en la región. Según un reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), América Latina crecerá en los próximos dos años a discretas tasas en torno al 2,5%. Ya en 1992 el PIB aumentó en la región un 2,4% y la renta per cápita un 0,5%. Estas tasas podrían ser más altas si no fuera por la incertidumbre de la economía brasileña. Brasil, según el informe, frena lo que debería ser un boom regional: mientras en Brasil el PIB decrecía en un 1%, Argentina crecía un 7%, Chile un 10,4%, Venezuela un 7,3% y México un 2,7%.

El informe estima que el crecimiento de América Latina, descartando Brasil, debería ser de más del 4%. La preocupación del FMI coincide con un reciente informe del Banco Mundial en el que se aboga por la aplicación de medidas macroeconómicas “creíbles” en el país. Las misiones técnicas brasileñas enviadas para negociar con las dos organizaciones de Bretton Woods, han fracasado justamente por la incapacidad del gobierno de Itamar Franco de presentar reformas económicas que reduzcan la inflación y creen las bases para un desarrollo económico sostenido.

Las repercusiones de la situación de Brasil sobre la economía latinoamericana no se reducen a las cifras. Según el analista internacional uruguayo Alberto Methol Ferré, Brasil y Argentina son a América Latina lo que Francia y Alemania a Europa. Solamente la unificación de intereses entre ambas naciones puede garantizar el desarrollo de un movimiento de integración económica real.

Durante el gobierno de José Sarney y de Raúl Alfonsín, Brasil y Argentina lograron poner fin a un siglo de rivalidad por la hegemonía regional y decidieron sentar las bases para el desarrollo del mercado común de Sudamérica, el MERCOSUR.

Fernando Collor de Mello y Raúl Menem, dos convencidos de la internacionalización de la economía, firmaron acuerdos aún más concretos e incorporaron a Uruguay y a Paraguay al proyecto. Según los acuerdos, para 1999 deben haber desaparecido de la región todas las barreras arancelarias. Argentina y sus dos vecinos menores están comenzando a aplicar el acuerdo y es muy probable que el MERCOSUR, debido a la sintonía de políticas económicas, termine para esa fecha arrastrando a Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y eventualmente Venezuela. Pero el proyecto no prosperará si al llegar la fecha límite Brasil se encuentra aún con una economía protegida, un alto nivel de inflación y una industria poco competitiva. El presidente de entonces tendría dos opciones: o el improbable suicidio político de abrir las barreras “caiga quien caiga”, o el desconocimiento total o parcial del acuerdo.

Dado que el MERCOSUR es tan poco probable sin Brasil como la CE sin Alemania, los países de la región contemplan lo que acontece en el coloso sudamericano con más ansiedad que las telenovelas que ha comercializado mundialmente la red brasileña O Globo.

Alejandro Bermúdez

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