Antonio Millán-Puelles (1921-2005), filósofo clásico entre los modernos

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Semblanza

Antonio Millán-Puelles, fallecido el pasado 22 de marzo a los 84 años, estaba destinado por tradición familiar a ser médico. Ya había comenzado la carrera que habían seguido su padre y sus abuelos cuando leyó una obra cuyo título despertó su curiosidad al descubrirla en una librería: “Investigaciones lógicas”, de Edmund Husserl. En ella encontró, como diría después, una extraordinaria refutación del relativismo. La poderosa hondura y la minuciosa exactitud de Husserl le decidieron a dedicarse a la filosofía.

Estudió en Sevilla y Madrid, y luego en Alemania y Francia. Obtuvo el premio extraordinario tanto en la licenciatura como en el doctorado. Más tarde inició su docencia universitaria en la capital de España, donde fue catedrático de Fundamentos de Filosofía a los 30 años, y de Metafísica desde 1976 hasta su jubilación.

Si su primer contacto con la filosofía vino por medio de un pensador moderno, su segundo gran descubrimiento fue Tomás de Aquino. Siendo aún alumno en Madrid, la “Suma teológica” le deslumbró -explicaba- por su rigor, profundidad, orden y limpieza metodológica. Estas dos grandes inspiraciones configuraron el nervio de su pensamiento, como sucedió también a Juan Pablo II. Millán-Puelles gustaba recordar lo que el entonces cardenal Wojtyla le dijo en 1974, cuando coincidieron en un congreso celebrado en Roma: “Nosotros hemos tenido la misma experiencia, que es la conjugación del método fenomenológico con el pensamiento del tomismo” (entrevista en “El Mercurio”, 1-10-1995).

Sus obras reflejan esta herencia adquirida. Millán-Puelles cultivaba el esplendor de la argumentación, con insólita exigencia. Nunca pasaba a otra cuestión sin dejar dilucidada la anterior; medía las palabras para encontrar la expresión exacta. El resultado, sin embargo, no era una jerigonza filosófica. Con buenas dotes literarias, aprendidas de la lectura asidua de los clásicos, no se excusaba de la elegancia de estilo, y salpicaba sus escritos y su enseñanza oral con su gracejo de andaluz. Suavizaba así los pasajes más densos, pero no a costa del rigor: su obsequio al lector era no imponerle mayor dificultad que la entrañada por las cosas mismas.

Pero la claridad no era su única cortesía de filósofo. Solía corregir el tópico “respeto su opinión, aunque no la comparto” señalando que la genuina expresión de deferencia para el discrepante es “no comparto su opinión, pero le respeto a usted”. Consecuente con ello, se acercaba a los pensadores de toda época con sincera apertura; tomaba de cada uno lo que encontraba de verdadero, sin reparos para reconocer méritos ajenos ni perdonar la crítica de lo que consideraba falso. Su urbanidad intelectual comenzaba por entender a fondo a los autores que discutía, y su dominio de los principales idiomas de los filósofos antiguos y modernos hizo de él un profundo conocedor del pensamiento occidental. Cuando ser marxista era la moda, él era uno de los pocos que habían estudiado “El Capital” de cabo a rabo. La puntual refutación que hizo en “Economía y libertad” (1974) no oculta un auténtico respeto por Marx.

Entre sus libros -una veintena- destacan también, por su aportación a la filosofía, “La estructura de la subjetividad” (1967) y “La libre afirmación de nuestro ser” (1994; ver Aceprensa 66/94). En la primera se revela como un pensador moderno que, desde el análisis de la conciencia, concluye en un realismo que entronca con la vena clásica. La segunda es una fundamentación de la ética, hecha en diálogo con los grandes, Kant en especial. Sus últimos años fueron fecundos, con obras de investigación como “El valor de la libertad” (1995), “El interés por la verdad” (1997; ver Aceprensa 63/98) y “La lógica de los conceptos metafísicos” (dos volúmenes, de 2002 y 2003). Su obra más leída es “Fundamentos de Filosofía” (1955, y otras diez ediciones hasta 2001), una completa introducción que ha servido a millares de estudiantes. También es de intención pedagógica “Léxico filosófico” (1984), que explica los conceptos más básicos y más altos de la filosofía no con una exposición escolar, sino de modo argumentativo.

Pero, como él solía decir, su producción fue sobre todo la historia de sus “otros libros”, pues el que siempre quiso escribir tardó cuarenta años en llegar, continuamente aplazado por diversas cuestiones que suscitaba la misma investigación. Al fin, en 1990, pudo publicar “Teoría del objeto puro”, que completa la reflexión iniciada con “El problema del ente ideal en Husserl y Hartmann” (1947). El tema es los imposibles o entes de razón, y en especial la mente humana que los finge, con una fecundidad reveladora -en aparente paradoja- de su radical realismo. El objeto puro, demuestra Millán-Puelles, solo es concebible como “parasitario” de las cosas reales; lo que no puede existir solo se puede pensar a expensas de la evidencia de lo que existe.

Su precaria salud en los dos últimos años le impidió concluir una obra, que tenía bastante avanzada, sobre la inmortalidad del alma. Pero como él bien sabía -con toda la tradición-, la filosofía es una búsqueda interminable de la plena sabiduría que no se puede alcanzar en la vida presente. Ahora habrá visto la luz que le hacía esperar su fe y que quiso atisbar en el libro que dejó pendiente.

Rafael Serrano

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