La “grande école” que quiso dejar de ser elitista

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Una de las paradojas del sistema educativo francés, tan igualitario, es la pervivencia de los auténticos bastiones elitistas de las Grandes Escuelas Superiores. Entre éstas, destacó siempre la École Libre des Sciences Politiques, conocida como Sciences-Po, en la que se ha formado buena parte de la élite política, empresarial e intelectual francesa. Ese centro de París, fundado en 1871, tiene el nivel de las Grandes Écoles, como la Normal Superior o la Escuela Politécnica. Otra de ellas, la École Nationale d’Administration (ENA), da nombre a los “enarcas”, que ocupan los más altos puestos de la Administración pública francesa.

A estos centros altamente selectivos, se accede después del bachillerato y tras un tiempo de prépas: unos dos años intensivos, centrados en la preparación del “concurso”, el examen de ingreso. En cambio, las universidades públicas francesas están obligadas a admitir a todos los estudiantes de la zona que lo pidan, con tal que hayan obtenido el título de bachiller.

Diez años con más alumnos de menor nivel social

En 2001, Richard Descoings, director de Sciences-Po, planteó un programa experimental para la democratización de su Escuela, hasta entonces frecuentada casi exclusivamente por estudiantes de familias acomodadas (hijos de empresarios, profesionales liberales, directivos o intelectuales). Reformó el sistema de admisión, para hacer accesible el ingreso a un mayor número de candidatos internacionales, que podrían presentar un expediente con los grados obtenidos en su escuela y los resultados de exámenes nacionales, como el británico GCE, o el SAT norteamericano.

Sobre todo, estableció un principio de discriminación positiva a favor de escuelas secundarias desfavorecidas de Francia, pertenecientes a las zonas conocidas como ZEP (zonas de educación prioritaria, en las barriadas periféricas de las grandes ciudades: cfr. Aceprensa, 20-03-2002): el compromiso de admitir a los alumnos más capaces, independientemente de los resultados del examen. Los liceos seleccionarían a los alumnos que estuvieran en mejores condiciones de estudiar en Sciences-Po, los cuales no tendrían que superar el competitivo examen de ingreso, sino únicamente presentar un trabajo y pasar una entrevista, facilitándoles además la ayuda económica que necesitasen. A esta vía de acceso se dio el nombre de convenios de educación prioritaria (CEP).

El profesor Descoings acaba de presentar el estudio encargado oficialmente para determinar el impacto de la primera década de esta iniciativa. Lo ha coordinado Vicent Tiberj, un sociólogo investigador en Ciencias Políticas. Se confirma que el rendimiento de los alumnos procedentes de ZEP es semejante al de sus compañeros.

El número de becarios ha pasado del 6% de 2001 al 27%, casi el doble del porcentaje en las demás Écoles, aunque este aumento se debe al incremento general del número de estudiantes becados a “tasas cero” (exención de derechos de inscripción). Esa ayuda financiera ha coincido con un notorio incremento de las tasas generales que pagan los alumnos: han pasado de 1.050 a 9.550 euros para matrículas de pregrado en el año académico en curso. En 2004 las tasas se triplicaron, en parte para lograr una mayor independencia financiera de la Escuela, y también para conseguir una “redistribución dentro del cuerpo estudiantil”: los alumnos más pobres no pagarían nada, mientras que aquellos cuya renta familiar superara los 200.000 euros al año pagarían el total de la matrícula. Aunque no son necesarias clases de recuperación, a los estudiantes becados –un 40%, extranjeros– se les ofrece apoyo tutorial para ayudarlos a ir al día con un ritmo más rápido del que tuvieron en la escuela secundaria.

Una experiencia positiva, aunque no concluyente

El resultado más positivo –como escribe D.D. Guttenplann en International Herald Tribune es que la abrumadora mayoría de alumnos terminan puntualmente sus estudios, a diferencia del sistema general de la enseñanza universitaria francesa, donde casi la mitad de los alumnos no superar el primer año.

A pesar del gran éxito de imagen, el balance en términos de democratización sigue dejando mucho que desear. De las CEP se han beneficiado en diez años unos 860 estudiantes, en gran parte de familias de inmigrantes, de 85 liceos de todo el territorio francés (incluyendo ultramar). Hoy en día, son alrededor del 10% del primer año. Probablemente nunca habrían ingresado en Sciences-Po sin esa fórmula. Pero la proporción de estudiantes de familias modestas sigue siendo minoritaria. Los hijos de campesinos, obreros y empleados se han triplicado desde 1997, del 4,5% al 13% este año, pero es mínimo en comparación con su peso en la población francesa. Sciences-Po ha renovado sólo marginalmente el origen social de sus estudiantes, según escribe Philippe Jacqué en Le Monde.

Pero, como señala Vicent Tiberj, “para una Escuela de su nivel, Sciences-Po es relativamente abierta socialmente, aunque las CEP no permiten colmar la diferencia existente con los centros universitarios”. A la vez –explica Philippe Jacqué–, ha tenido un efecto beneficioso para el conjunto de la educación superior, en cuanto ha obligado a otras instituciones a plantearse el problema.

De todos modos, y a pesar de las tasas de éxito, no faltan críticas por el posible deterioro académico de la formación de los alumnos, al haberse adoptado métodos de enseñanza más prácticos, de acuerdo con la experiencia de importantes instituciones universitarias de Estados Unidos.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares