Severos con el pasado, acríticos con nuestro tiempo

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Duración lectura: 7m. 27s.
Palacio Nacional de Mafra (Portugal)

Hay en nuestros días una viva sensibilidad para enjuiciar conductas e ideas del pasado, lo que está llevando a excluir ciertos libros de centros de enseñanza o bibliotecas. Sin embargo, los aspectos reprobables de una persona o de una obra no solo no tienen por qué invalidarla, sino que tampoco deben impedirnos aprender las cosas valiosas que nos pueden transmitir. Además, un acercamiento limpio a los libros de otros tiempos puede ayudarnos a entender mejor los prejuicios y limitaciones de nuestra propia época.

Para pensar en estos asuntos son útiles muchas consideraciones que hace Alan Jacobs en Breaking Bread with the Dead: Reading the Past in Search of a Tranquil Mind, que podríamos traducir como Sentándonos a la mesa con los muertos: conocer el pasado en busca de una mente serena. Sin ánimo de hacerle un comentario completo, aprovecharé ideas y citas suyas para subrayar tanto la importancia de saber apreciar los méritos y la calidad de las obras antiguas, sean cuales sean nuestras discrepancias con ellas, como el interés de que detectar prejuicios y limitaciones mentales en autores del pasado nos puede hacer darnos cuenta que los de nuestra época también tienen los suyos.

Leer contra el propio tiempo

Se puede comenzar por una excelente comparación que hace Jacobs: la de que la lectura de los grandes libros del pasado amplía nuestro “ancho de banda”, nuestra capacidad de captar y comprender las señales que nos llegan. Jacobs explica bien que mientras que el futuro está vacío, no existe, y por tanto de él no nos llega ninguna señal, ni nos puede ofrecer resistencia porque somos nosotros los que lo imaginamos todo, el pasado existió realmente y está lleno de contenido, y por tanto nos enseña cosas y nos hace crecer gracias a que nos desafía y a que debemos esforzarnos por comprenderlo.

“Hay que educar a los niños para enfrentarse a su tiempo, pues es tan poderoso que se cuida de que todos vayan en su dirección”

Al respecto resulta útil recordar a Robert Spaemann cuando se preguntaba si a las generaciones jóvenes hay que educarlas contra el propio tiempo, y hacía un comentario que se nos puede aplicar a todos: “Jean Paul preguntaba en una ocasión: ‘¿Debería educarse a los niños para su época o más bien contra ella?’, para después responder: Siempre hay que prepararles para enfrentarse a su tiempo, pues el tiempo es tan poderoso que él mismo ya se cuida de que todos vayan en su dirección”. Es decir, que si se desea educar a un joven para que sea libre, “entonces hay que educarle contra su tiempo y sus prejuicios”.

Leer a quienes piensan distinto

Puede ocurrir, es verdad, que leamos un libro cuyo autor, a nuestro juicio y a juicio de personas más sabias que nosotros, sostiene ideas que nos parecen execrables; pero nuestra reacción ante eso no ha de ser la de ignorarlo e insultarlo sino, en primer lugar, la de intentar comprenderlo. Por supuesto, porque a veces las cosas no son como nos parecen. Pero también porque, incluso en el caso de que lo sean, nos viene bien darnos cuenta de que las mentes grandes cometen errores y tienen puntos ciegos; de que nadie piensa bien sobre todas las cosas ni piensa bien sobre todas las cosas que piensa; de que todos vivimos con ruidos de fondo que no siempre somos capaces de discriminar y sobre los que no reflexionamos; de que las mentes de todos, incluidas las nuestras, están moldeadas por los ambientes en donde crecimos y nos movemos.

Hace notar Jacobs el error de hacer juicios morales desde puntos de vista y modos de vivir que otros no conocieron, o no conocen, y lo ejemplifica indicando que alguien con la vida solucionada puede hoy plantearse ser vegano, pero la mayoría de nuestros antepasados, ni nuestros contemporáneos de muchos lugares, no se podían imaginar siquiera nada semejante. Hace notar también que los fallos o carencias de los buenos libros del pasado no deberían impedirnos tomar buena nota de los puntos en los que su autor sí acertó plenamente y que, desde luego, deberíamos fijarnos en quienes tuvieron el coraje de, por ejemplo, no seguir esas convenciones o formas de pensar de su tiempo que ahora vemos equivocadas. Al respecto, una pertinente observación que recuerdo, y que no cita Jacobs, es la que hace Wayne Booth cuando compara el humor de Rabelais con el de Chaucer, un siglo anterior: mientras el humor del primero es misógino, el del segundo no lo es.

Leer con espíritu generoso

Además, la forma de leer esos libros con los que no concordamos no ha de ser la de criticar a quien ya está muerto y no puede defenderse sino, dice Jacobs, la propia de quien tiene un “pensamiento generoso”, actitud que ilustra con un buenísimo ejemplo: la lectura que hizo Ursula Le Guin de la Eneida y que la condujo a escribir su novela Lavinia, centrada en la que llegó a ser mujer de Eneas, un personaje al que Virgilio cita pero que no dice una sola palabra en su obra. Afirma Le Guin en el epílogo de su libro que lo escribió como “un acto de gratitud hacia el poeta, una ofrenda amorosa”, por lo que respetó la personalidad de Eneas tal como la describió Virgilio, y simplemente se propuso iluminarla con la mirada que pudo tener Lavinia hacia él sin convertir su relato en un alegato feminista para lectores del siglo XXI.

La generosidad en la lectura de una obra del pasado, dice Jacobs, no es simplemente asumir lo mejor de algún escritor o texto del pasado sino, más bien, una especie de lucha que nace de tomarse al autor y al pasado tan en serio como para discutir con él pues, tal como dice Italo Calvino, “un clásico es un libro ante el que no te sientes indiferente, un libro que te ayuda a definirte a ti mismo en relación a él, incluso en disputa con él”.

C.S. Lewis advertía contra la tendencia a aceptar acríticamente el clima intelectual de la propia época y suponer que lo antiguo está desacreditado

Una de las citas en la que se detiene Jacobs es la famosa de Terencio –“nada humano me es ajeno”–, para explicar que el poeta romano no dice que todo nos tenga que resultar accesible, o que todo nos deba parecer bien, o de que haya que buscar siempre sentimientos de empatía, pues a veces hay sentimientos con tensiones en su interior que nos resultan no solo convenientes sino necesarias para madurar. Otra cita que Jacobs comenta es una de Simone Weil, en la que afirma que debemos intentar discernir lo eterno de todos los encuentros humanos y que, para ese objetivo, es útil la lectura de libros antiguos porque, como en el pasado no encontramos tanto alimento para nuestras pasiones como en las cosas que nos tocan de cerca, es más fácil que apreciemos en ellos tanto las semejanzas como las diferencias entre otras épocas y la nuestra, y así podamos mejor llegar a reconocer lo eterno, lo permanentemente verdadero.

Leer como herederos inteligentes

Al leer las reflexiones de Jacobs sobre una famosa frase de William Faulkner en una novela –“el pasado nunca está muerto, ni siquiera es pasado”–, me vino a la cabeza la importancia que da C. S. Lewis, al contar su evolución interior e intelectual en Cautivado por la alegría, al momento en el que logró superar lo que llama el “orgullo cronológico”: esa disposición mental por la que tantos aceptan acríticamente el clima intelectual de la propia época y suponen que lo antiguo está pasado de moda y desacreditado.

Recuerda Jacobs también, en esa misma línea de no mirar con condescendencia nuestro pasado y de intentar comprender los comportamientos de quienes nos precedieron, un antiguo artículo de Chesterton en el que hablaba de la hermandad de toda la humanidad. En él apuntaba que “tenemos a nuestra disposición toda la historia como nuestra legítima herencia”; pero, lamentablemente, “si es verdad que el hombre moderno es el heredero de todas las edades, a menudo es el tipo de heredero que le dice al abogado de la familia que venda toda la maldita propiedad… y que le dé dinero que pueda derrochar apostando a las carreras o visitando los clubes nocturnos”. Otro enfoque de la cuestión, del mismo Chesterton en otro artículo, es el de que lo inteligente es que “leamos los verdaderos textos” de cada época, que no leamos a “los hombres vivos que tratan temas muertos”, sino “a los muertos que hablan de temas vivos”.

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4 Comentarios

  1. Es una pena que por seguir esos criterios equívocos que se mencionan en el artículo se prive a niños y jóvenes de lecturas que tienen siempre una gran riqueza

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