Para los secuestrados, un libro es un tesoro

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Duración lectura: 3m. 28s.

Publica La Croix (19-01-2014) un reportaje sobre cómo personas secuestradas han conseguido mantener su equilibrio interior, en medio de muy adversas circunstancias externas, gracias a la lectura.

Frederick Mounier comienza explicando que existen dos tipos de rehenes: los que, de milagro, o por previsión o negociación, han tenido acceso a algún libro, y los que no. Estos últimos, al regresar a la vida normal, recuerdan esa carencia como una privación irremediable.

Así la sufrieron Hervé Ghesquière y Stéphane Taponier, enviados de France 3 a Afganistán, secuestrados el 30 de diciembre de 2009. El primero confió, poco después de su liberación: “Fueron meses terribles, 547 días sin ningún libro, en los que uno habla solo, en voz alta, reconsiderando cosas pasadas”.

Ayuda a mantener el equilibrio interior
El camarógrafo de Antenne 2 Jean-Louis Normandin, secuestrado en Beirut en marzo de 1986, con Philippe Rochot , George Hansen y Aurel Cornea, y puesto en libertad el 27 de noviembre de 1987, recuerda: “Estábamos frente a un muro, simbólico y físico. En una habitación sin ventanas, atados con dos metros de cadenas a un banco. En esa situación, la vida no puede recuperarse sino por el sueño. Se entiende la búsqueda del libro, una de nuestras principales prioridades. El libro es fundamental. Porque permite la reconstrucción de un mundo”.

Philippe Rochot, periodista de Antenne 2, estuvo encerrado en 1986 durante tres meses en Beirut. Se alimentó del Lagarde et Michard del siglo XIX. Pero “la mínima referencia a un niño me impedía continuar y me llevaba a pensar en los míos en París”. Hoy recuerda la relectura de ese texto escolar: “Reencontré con sorpresa mis recuerdos del Liceo Carnot de Dijon y mis escritores favoritos”.

Tanguy Moulin-Fournier estuvo secuestrado en el norte de Camerún por Boko Haram con su esposa Albane, sus cuatro hijos y su hermano Cyril, del 19 de febrero al 20 de abril de 2013. Tuvo la alegría de conservar las fábulas de La Fontaine y La Chèvre de Monsieur Seguin. Y El gran Gatsby: los habían metido en el equipaje para sus vacaciones: “Leí cuatro veces la novela de F. Scott Fitzgerald; mi esposa, tres, y empezamos a aprendérnosla de memoria con nuestro hijo mayor”.

“En cautiverio, no solo se lee –dice Jean-Louis Normandin–, sino que se penetra casi físicamente en la literatura. Después, nunca he encontrado esas sensaciones. Era como una inmersión. Lo que hemos vivido nos ha dado acceso a lo humano, a una forma de emociones y ansiedades extremas. Por ejemplo, a veces, yo podía tener la sensación de volar o caminar sobre las aguas”.

Disponer de una Biblia
El psicólogo Cyril Cosar, que ha atendido durante años a secuestrados en algún período, afirma: “El reto es llenar el vacío, en ausencia total de estimulación. La lectura canaliza la energía psicológica, llena una extensión inmensa sin límites. Se puede leer, releer y releer. Cada letra cuenta, incluso en un viejo periódico utilizado como embalaje”.

El súmmum de estas lecturas “infinitas, inagotables” para los secuestrados sigue siendo la Biblia. Jean-Paul Kauffmann lo reconoce sin ambages. Y el periodista Roger Auque, retenido por Hezbollah más de once meses, en 1987, tuvo la gran suerte de que sus captores le ofreciesen una Biblia. “No estaba bautizado y mi familia era más bien anticlerical. Pero me convertí en creyente, profundamente cristiano”, admitió en 2008. Del mismo modo, Ingrid Betancourt: poco después de su liberación tras seis años y medio en la selva colombiana a manos de las FARC, confesó haber conocido “momentos increíbles” gracias a la Biblia.

Al volver a la libertad, mucho queda por hacer en materia de lectura: “En la vida actual, ¿cuándo podemos realmente leer? Admiro a quienes consiguen leer en el metro”, lamenta Jean-Louis Normandin. Hasta el punto de que, de vacaciones en el Caribe, casi se atrincheró en su habitación del hotel, “lejos de la luz, de los gritos y del bullicio”, para encontrar este singular receptividad. Sin éxito.