La escritura como narcótico

Con la muerte de Francisco Umbral (1935-2007) desaparece uno de los escritores más representativos de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Autor de más de ochenta títulos (novelas, memorias, autobiografías, crónicas, libros de relatos…) y de miles de artículos en diarios y revistas, Umbral ha sido alabado especialmente como renovador del lenguaje literario y periodístico, autor de páginas que han alimentado su leyenda de personaje polémico y provocador.

Francisco Pérez -Umbral es un seudónimo- nació en Madrid en 1935 y ha muerto el 28 de agosto de 2007 también en Madrid, ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida, aunque su infancia y adolescencia transcurrieron en Valladolid. Comenzó su andadura periodística a finales de los cincuenta en Valladolid, en el diario El Norte de Castilla, que dirigía en aquellos años el también escritor Miguel Delibes.

Después, tras un fugaz paso por León y contraer matrimonio, se trasladó a Madrid en 1960, donde se convirtió poco a poco en el periodista de moda, colaborador habitual en distintas publicaciones, como la agencia Colpisa, el diario Ya o las revistas Mundo Hispánico, La Estafeta Literaria, Destino. Más adelante fue columnista de El País, Diario 16 y El Mundo, periódico donde escribía diariamente sus artículos desde su fundación. Como ha escrito Umbral, “el escritor necesita un periódico detrás, al principio para dar la batalla y al final para asistir a las batallas de los demás”.

Siempre periodista

Quizá para huir de sí mismo y de su dolorida y confusa intimidad, ha abusado de novelas con tramas intrascendentes, un tanto clónicas en su concepción y desarrollo, que desprenden un tufillo a veces demasiado comercial. Sus narraciones quieren ser una especie de episodios nacionales contemporáneos, ambientados en la guerra civil española, la posguerra, el tardofranquismo, la transición… Como novelas, hacen agua en la construcción de una trama que enganche, en la caracterización de los personajes y en los temas de fondo, casi siempre apoyados nebulosamente en su propia biografía y teñidos de un malditismo que a veces parece de cartón piedra.

Umbral repite la estructura, los temas, la ambientación, las obsesiones literarias, lo que provoca que uno tenga la sensación de estar leyendo la misma novela, con ligeras variaciones, siempre con el atractivo del chispazo estilístico. Además, se empeña en ofrecer una imagen heterodoxa, decadente, canalla y golfa de sus protagonistas, con una recurrente y pastosa presencia del sexo como motor existencial de la acción de muchos de sus personajes, excesivamente literarios y carentes de vida, a pesar del poso costumbrista y sociológico de la mayoría de sus novelas. Los libros sobre la alta sociedad madrileña y sobre la política actual han tenido resultados mediocres y efímeros.

Sin embargo, cuando Umbral abre su alma sin tapujos -en Mortal y rosa y en Un ser de lejanías-, apreciamos las luces y sombras, el dolor y la humanidad de un escritor dotado de una obsesiva e increíble capacidad para la literatura. Sin embargo, como escritor se ha empeñado más que en retratar la autenticidad de su vida en mostrar una imagen narcisista y esnob tanto de su persona como de la sociedad española, con el fin de construir página a página, artículo a artículo, un dandi y melancólico personaje literario llamado Francisco Umbral.

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