Fiebre de Roberto Bolaño

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Los factores que concurren para erigir a alguien en autor «de culto» son todavía un misterio que quizá corresponde resolver más bien a los psicólogos sociales que a los estudiosos de la literatura. Por lo pronto, le ha tocado el turno al chileno Roberto Bolaño, muerto a los cincuenta años en julio de 2003.

Cumple, por tanto, con la condición de «juvenil cadáver», como Lorca. También como Pessoa, con quien compartió además la dolencia mortal, una existencia de bajo perfil y la pasión de la heteronimia. Y no desentona demasiado en la comparación con dos poetas: la dedicación de Bolaño a la narrativa se produjo sólo hacia 1990, después de abanderar en México el «infrarrealismo» poético que buscaba un lugar entre el proselitismo de Neruda y la torre de marfil de Octavio Paz. El humor negro de Nicanor Parra, declaraba él mismo, había sido la influencia decisiva para aquel poeta inquieto y bohemio que debió pasarse a la novela ante el apremio económico que le supuso el nacimiento de su primer hijo. Antes del incipiente éxito que le valieron el premio Herralde y el Rómulo Gallegos, su vida en España es una historia de malabarismos a fuerza de los concursos de poca monta que su amigo, el escritor argentino Antonio Di Benedetto, le enseñó a ganar.

Máquina de ficciones

En este caso, como en el del autor de El Aleph, a géneros como la novela negra, el thriller o la caricatura. Un sofisticado trabajo de orfebre aplicado a la simple bisutería: del mismo modo que el complejo organismo de la narrativa garciamarquiana se ha construido sobre la célula de un culebrón, y tal como el Quijote se edificó sobre la estructura folletinesca de los libros de caballería. «Cervantes es Dios» decía Bolaño en 1998 a las estudiantes de periodismo Sònia Hernández y Marta Puig, reconociendo que había aprendido la lección del creador de Pierre Menard (personaje, por cierto, con cuyo «fantasma, cada día más vivo», reconoce discutir el narrador los párrafos de Estrella distante, cuarta novela del chileno).

Conquista póstuma de los Estados Unidos

Pero la fama que Bolaño pudo apenas presentir en sus últimos días ha llegado ahora con todo el aparato de publicidad y marketing que acompaña a los lanzamientos internacionales. La muy prestigiosa casa editorial neoyorquina Farrar, Straus & Giroux (FSG), que había publicado en 2007 Los detectives salvajes, ha editado en septiembre del pasado año la monumental 2666, y la expectativa generada entre lectores y críticos fue tal que uno de éstos comentaba: «Al sostener en público una copia en pruebas de 2666, me sentía como si tuviese la nueva de Harry Potter en un colegio. Hasta media docena de extraños se acercaron para preguntarme por lo último de un autor que admiraban profundamente».

El lanzamiento recibió el espaldarazo nada menos que de Oprah Winfrey, la más que popular presentadora de televisión desde cuya revista, O, se fomenta un club de lectura que ha elevado a otros escritores -como Cormac McCarthy, autor de The Road– a la categoría de superventas. Pero, como señala Scott Espósito en una reseña para El Mercurio, el caso de Bolaño no deja de ser excepcional si se tiene en cuenta que apenas un 3% de todos los libros que se publican anualmente en los Estados Unidos son traducciones (frente al entre 10 y 25 % de la mayoría de los países de Europa occidental); y que, por otra parte, para las obras de Bolaño no se cuenta con la presencia del autor en giras promocionales o en entrevistas de las que se aproveche algún rasgo extravagante o polémico para acicatear la atención del gran público.

Espósito dice no recordar tal interés por un escritor no anglófono desde Orham Pamuk, pero llama la atención sobre el hecho de que el autor turco había sido previamente reconocido con el Nobel y protagonizaba un mediático pleito judicial con el gobierno de su país por haber intentado censurarle.

La aparición de una obra inédita

La pasada Feria de Francfort sirvió para que el «Chacal de los libros» Andy Wylie -el más poderoso agente literario del mundo-, pusiera el ingrediente que faltaba para completar el mito alrededor del siempre enigmático Bolaño. Para perplejidad de sus editores, Wylie reveló la existencia de una novela inédita de título realmente bolañesco: El Tercer Reich (el fascismo y el nazismo tienen, en la obra del chileno, una enorme presencia).

El texto, mecanografiado y con correcciones a mano, cuya trascripción a ordenador (con nuevas correcciones) comenzó el propio autor, se fecha en 1989, aunque es bien sabido que Bolaño solía atacar varios textos de manera simultánea. Este hallazgo abre a la puerta a la pesquisa de «rarities» para la reunión de una aún dispersa obra completa que en 2007 sumó dos títulos, La universidad desconocida, recopilación de su trabajo poético, y El secreto del mal, hecho de fragmentos y bocetos de relatos rescatados del ordenador del autor. Pero lo que media entre sus pinitos literarios, a los 17 años, y la etapa de más publicaciones, a partir de los 40, promete una cantidad de material que editoriales, críticos y lectores están dispuestos a recibir con avidez.

Baño póstumo de masas para un escritor que afirmaba no preocuparse «en lo más mínimo» por la venta de sus libros. Ni tampoco por su público, que estaba lejos de pretender cautivo por la fidelidad al canon telúrico: «dudo mucho que los chilenos crean que yo soy chileno. Creo que ellos creen que soy un catalán loco que ha decidido hacerse pasar por chileno», decía este autor cuya obra y vida están impregnadas del mismo cosmopolitismo que, heredado de Cortázar y Borges, caracteriza a las últimas generaciones -la del Crack, por ejemplo, en México- del ámbito hispanoamericano.

«No me dirijo a nadie en concreto. Pero si fuera posible, me gustaría dirigirme a dos o tres jóvenes desesperados que leen un libro como quien se agarra a una tabla. Es el mejor de los lectores. Te quiere y después te mata», declaró Bolaño a las dos estudiantes de periodismo de la entrevista del 98, que lo califican de «entrañable huraño». La nostalgia de la fascinación adolescente por la lectura se percibe también en otra confesión suya: «Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe». Tomando buena nota de esto, la edición en inglés de 2666 ha dispuesto una presentación alternativa en tres volúmenes dirigida al público juvenil, el más adepto a Bolaño.

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