Fantasía, amargura y sentimiento de pérdida

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 5m. 55s.

Ana María Matute (Barcelona, 1926) suma a la larga lista de premios que ha recibido el Cervantes, galardón que supone el máximo reconocimiento de una trayectoria literaria original y, a la vez, muy vinculada a las vicisitudes que ha vivido la historia de la literatura española en la segunda mitad del siglo XX.

Por edad, Matute pertenece a la generación llamada “los niños de la guerra” (ella la califica de “niños asombrados”), de la que también forman parte Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite y, entre otros, los hermanos Goytisolo. Sorprende, sin embargo, la precocidad de la autora a la hora de escribir y publicar. A los 17 años escribió Pequeño Teatro, que publicaría en 1954, como Premio Planeta. Su primera obra editada fue Los Abel (1948), finalista del Premio Nadal el mismo año que Miguel Delibes lo obtuvo con La sombra del ciprés es alargada. En 1953 publica Fiesta del noroeste y en 1956 En esta tierra, novela que apareció censurada y que muchos años después, en 1994, volvió a publicar corregida con el título de Luciérnagas. De 1958 es otra de sus obras más conocidas, Los hijos muertos.

Realismo traumático
En estos años, la literatura de Ana María Matute va por libre en el panorama literario español. Sorprende su capacidad fabuladora, inusual en aquellos años, aunque la materia prima de sus narraciones es una realidad que intenta abordar con crudeza y, a la vez, con tonos idealistas. La dura experiencia de la Guerra Civil y de la posguerra, algunos dramas familiares, el contexto sociopolítico… agudizan su visión pesimista de la naturaleza humana, presente en toda su narrativa. Así lo ha reconocido incluso en la rueda de prensa celebrada tras conocerse el fallo del Premio Cervantes: “Desde mi primer cuento -ha dicho Ana María Matute-, siempre he tratado de comunicar la misma sensación de desánimo y de pérdida, porque vivir siempre es perder cosas. Soy una mujer pesimista”.

Pero el realismo que frecuenta en sus primeros libros, que Santos Sanz Villanueva ha calificado de “existencialismo tremendista”, poco tiene que ver con el que practican en la década de los años 50 y 60 un grupo de autores, contemporáneos de Matute, que se sirven de la literatura para mostrar una imagen crítica de la realidad española con fines políticos. Matute no añade a su realismo ni el toque objetivista (realismo aparentemente aséptico), ni el propósito testimonial (político) de buena parte de sus compañeros de promoción, que en algunos casos derivó en un realismo de inclinación socialista de escasos vuelos literarios. Sin embargo, en los libros que Matute escribe durante la década del 60 sí aparece de manera más acusada este realismo traumático, especialmente amargo en su caso cuando aborda la niñez y la adolescencia, uno de los temas con los que Matute ha conseguido sus mejores páginas.

En esa década de los 60 publica la trilogía Los mercaderes, que inaugura con Primera memoria (1961), uno de sus textos más conocidos y conseguidos y que resume muchas de las obsesiones literarias de la autora; de 1964 es Los soldados lloran de noche y en 1969 aparece La trampa. Las tres novelas tienen como telón de fondo las huellas de la Guerra Civil y las cicatrices que se manifestaron en una sociedad desquiciada. Hay una amortiguada crítica social y esa sensación de desamparo y pérdida tan presente en su literatura, también en sus escritos autobiográficos donde revive su infancia: A la mitad del camino (1961) y El río (1963).

Rienda suelta a la fábula
Como también sucedió a los otros miembros de su generación, la década de los setenta y la posterior evolución de la vida política, social y literaria española provocó en todos ellos una profunda crisis estética, que resolvieron de diferentes maneras. En el caso de Ana María Matute, a partir de 1971, año en que publica La torre vigía, aparca las inquietudes vagamente sociales y realistas y decide dar rienda suelta, de manera más abierta y decidida, a su capacidad fabuladora, presente desde sus primeros títulos pero adormecida por el ambiente literario reinante, que rechazaba como escapistas los relatos de corte fantástico. La torre vigía supone, pues, un momento de ruptura que tendrá su consagración en 1996 con la publicación de Olvidado Rey Gudú, tras más de veinte años de sequía que coinciden con una aguda depresión de la autora.

Olvidado Rey Gudú es, para la autora y para la crítica, su obra cumbre, la que mejor representa su manera de entender la literatura. En ella crea una saga legendaria, inspirada en la mitología nórdica, con todos los ingredientes de la literatura fantástica, aunque en el caso de Matute hay siempre como constante un fondo humano y realista en el tratamiento de los sentimientos y las pasiones de los personajes.

También aquí, en este tipo de literatura más idealista, aparece su visión nihilista de la existencia. Como escribe Santos Sanz Villanueva en La novela española durante el franquismo, “este heterogéneo soporte anecdótico sirve para presentar una parábola de nuestro mundo de donde sale una destructiva visión de la vida con un tono radicalmente negativo, al cual nunca hasta ahora había llegado tan en extremo la autora en su pesimista literatura”. El libro está muy trabajado y muy bien escrito, y Matute despliega los mejores rasgos de su prosa lírica, tierna, fantasiosa, mágica.

Los libros de relatos
Parecidos rasgos estilísticos y temáticos, también dentro de la corriente fantástica, aparecen en Aranmanoth (2000), otra novela de gran calidad literaria donde se repite la poderosa capacidad fabuladora de la autora. Su última novela publicada es Paraíso inhabitado (2008), novela que combina lo melodramático y fantástico con la narración realista en un regreso al tema de la niñez, en esta ocasión con una fórmula un tanto gastada.

Poco antes de recibir el premio Cervantes se ha publicado La puerta de la luna (Destino), volumen que recoge todos los libros de relatos escritos por la autora -entre otros, Los niños tontos (1956) y Algunos muchachos (1968)- y que han ido, en su estilo e inquietudes, paralelos a su producción novelística. Por su calidad y dominio de la técnica, ocupan un destacado lugar en su obra literaria. A diferencia de otros escritores, no hay en sus relatos una rebaja estética ni la consideración del relato como un género menor. En 2000 publicó Todos mis cuentos, donde están todos los relatos escritos para niños, género en el que la autora barcelonesa ha conseguido también un excelente nivel.

Según informaciones publicadas tras su muerte, deja una novela póstuma, titulada Demonios familiares, que se editará en septiembre.