El futuro empieza con las ficciones para niños

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Un vistazo a la historia de la Literatura infantil y juvenil (LIJ) -entendida como las instancias que orientan las lecturas de los niños y los jóvenes- revela cómo en ella se han ido reflejando los cambios sociales que se han producido en el siglo XX y cómo, con frecuencia, ella misma los ha propiciado. Los libros que cada generación da a los niños comienzan a configurar la época siguiente.

Observar cómo nació el fenómeno contemporáneo de la LIJ en torno a 1920, su consolidación durante los cambios sociales y culturales de los años sesenta y setenta, y la situación presente, donde todos los indicadores de final de ciclo están encendidos, muestra cómo se han dirigido las lecturas de los niños y los jóvenes en el último siglo.

El mundo de los premios

Uno de los hitos iniciales de la LIJ se puso en 1922, cuando la American Library Association decidió conceder el primer premio anual de literatura infantil: la Newbery Medal. A estas alturas sabemos bien que los premios no significan calidad, pero entonces las cosas parecían más claras: aquel premio lo recibía el mejor libro del año anterior y lo votaban los bibliotecarios, que se veían a sí mismos y eran considerados socialmente como los defensores de los libros infantiles frente al bajo nivel que se suponían a la literatura barata y al cómic.

Entre premios de otro tipo se puede citar el Coretta King, que se da en Estados Unidos a escritores e ilustradores afroamericanos desde 1970, con la intención obvia de subrayar determinados valores (con el no inesperado efecto perverso de contribuir parcialmente a perpetuar la situación que se pretende corregir). Y el último gran premio internacional es el Astrid Lindgren, establecido por el gobierno sueco el año 2003 con el propósito de ser un equivalente al Nobel (pues su dotación es muy superior al Premio Andersen). Esta historia, que podemos leer como una demostración de la vitalidad de la LIJ y de su creciente atractivo para quienes tienen en ella intereses políticos, comerciales o ideológicos, también revela que autores muy leídos por los niños, como fue Roald Dahl, nunca ganaron un premio concedido por adultos y, más todavía, que muchos autores premiados (con frecuencia por los propios colegas) fueron y son poco leídos entre los niños.

De un moralismo a otro

En resumen se puede afirmar, primero, que, con el avance del siglo, fue cambiando el centro de gravedad de la LIJ debido al nacimiento de instituciones específicamente dedicadas a ella, oficiales y privadas, nacionales e internacionales, y debido al aumento de personas que, sin estar vinculadas con instituciones directa o indirectamente educativas, se convirtieron en mediadores entre los niños y los libros.

Segundo, que aunque han abundado y abundan los esfuerzos reales y sinceros por elevar el nivel de los libros en todos los sentidos, los intereses económicos han ido en aumento y, por tanto, muchos premios están centrados en atraer el interés de los medios para conseguir la mayor publicidad posible.

Tercero, que del moralismo propio de una parte de los libros infantiles del pasado se ha evolucionado hacia un moralismo de signo contrario: los premios se guían sobre todo por procurar que los libros coincidan con “el espíritu del tiempo”, por ejemplo buscar la integración social en una sociedad multicultural, lo cual implica que hay determinados libros que, ahora, nunca se premiarán.

Niños y jóvenes como objetivo comercial

Después de una época muy centrada en el niño como fueron los años cincuenta, en las décadas posteriores aumentó el protagonismo social y el poder adquisitivo de los jóvenes y se extendió un estilo educativo cada vez más permisivo.

El éxito de novelas adultas sobre jóvenes de los cincuenta –El guardián entre el centeno, El señor de las moscas o Una paz separada– preparó el camino al nuevo género de libros sobre problemas juveniles. Este se disparó con el éxito de Rebeldes, una novela de pandilleros escrita por Susan Hinton, entonces una chica de 17 años (a todo esto, recordemos, era el tiempo de West Side Story). El llamado nuevo realismo en las novelas juveniles ganó terreno con el paso de los años, estimulado también por las sinergias cada vez más fuertes entre los libros y otros canales como la televisión y el cine. Así, las dos primeras novelas de Susan Hinton —Rebeldes y La ley de la calle— serían películas de moda entre adolescentes pocos años después.

La LIJ dio lugar así a buenos resultados económicos, especialmente si los libros se recomendaban en programas de televisión por motivos pedagógicos, y no digamos nada si se convertían en películas o en series de televisión. Quienes fabricaban libros descubrieron nuevos modos de conseguir buenos resultados apuntando directamente al público joven por encima de las cabezas de padres y educadores.

Se podría decir que, desde aquellos años, la industria intenta sacar el máximo partido a los circuitos educativos y literarios habituales pero, al mismo tiempo, intenta saltárselos para llegar de otros modos a quienes no van o no desean ir por ellos.

Publicidad manda

Pero estos y otros cambios tuvieron repercusiones no sólo en el negocio. Unos, en la extensión, el estilo, y las cuestiones que trataban los relatos infantiles y juveniles, que sufrieron modificaciones significativas con la intención de acomodarlos a los grados de formación de las distintas edades y ambientes y, naturalmente, con el propósito de conseguir entrar dentro de las lecturas recomendadas por las instancias educativas. Otros, porque fueron creciendo la serie de celebraciones tipo Días del Libro, Salones del Libro, Ferias del Libro, etc., donde los objetivos comerciales se disfrazan de trascendentes proyectos culturales o educativos.

En fin, irónicamente, se fue llegando a un doble resultado: mientras por un lado se pretendía dar un protagonismo mayor a los niños y los jóvenes frente a quienes antes dictaban sus lecturas, por el otro su dependencia de los mensajes publicitarios y comerciales se volvía mucho mayor (y las prescripciones escolares no son inmunes a esa presión, ni mucho menos); y mientras por un lado la LIJ se intentaba sacudir su vinculación con lo educativo, algunas editoriales vinculadas con redes de colegios iniciaron sus colecciones de LIJ y, por la vía de los hechos, aumentaba esa vinculación (y, por ejemplo, los educadores saben bien que la presencia de autores en los colegios, tan interesante por algunos motivos, muchas veces tiene que ver con la venta de sus libros…).

Círculos que se cierran

Finalmente, ya en las dos últimas décadas, se han acelerado los cambios que parecen indicar el final de una época.

Un círculo que se cierra está en el mismo ambiente que rodea la lectura. Ahora hay una multitud de historias que llegan a los niños a través de muchos medios y una interacción entre ficciones de todo tipo que, para una gran mayoría de lectores, cambia la experiencia de la lectura respecto a como era en el pasado. Esto va unido con que muchas noticias o informaciones sobre libros, que también son películas o juegos, no son más que publicidad encubierta, igual que lo es el barullo internético que montan algunos clubs de fans de autores y libros (estrategia de promoción de algunos éxitos en los últimos tiempos). Esta situación, que nos habla de la importancia permanente de las ficciones y de que todos los jóvenes buscan en ellas pautas y modelos, también indica que ya no es posible dirigir u orientar por completo la lectura y las lecturas de muchos recurriendo sólo a instancias educativas cercanas, como la clase o la familia.

Otro círculo que parece cerrarse está en las ficciones de más éxito de los últimos años. Los relatos de Harry Potter, no es que hayan traído la LIJ a primer plano, como piensan muchos, sino que han podido triunfar gracias a que la LIJ estaba antes allí: el terreno estaba bien abonado. Lo mismo se puede decir de películas de animación como Shrek o Los Increíbles, con multitud de referencias a relatos anteriores que tantísimos niños no conocen pero muchos adultos sí, y también de ahí su triunfo entre un público de todas las edades. Lo que interesa resaltar es que ninguno de esos éxitos, ni como relato particular ni como moda global, desde un punto de vista narrativo tiene la originalidad de una obra que abre un territorio nuevo sino todas las características de unos éxitos crepusculares. Y, por tanto, aunque otros intenten imitarlos y seguir la estela de su éxito, se puede decir que son el final: no hay forma de crear nuevas obras a base de guiños y bromas que los lectores naturales ya no saben, y cada vez sabrán menos, cuál es su origen y su sentido.

Un círculo más que también se cierra es el de los mediadores entre los niños y los libros. Globalmente se puede afirmar que hemos pasado del didactismo formalista de muchos adultos antiguos al elitismo esnob de quienes se tienen a sí mismos como los nuevos guías culturales; que la reglamentación social esclerotizada del pasado ha dejado paso al dirigismo de lo políticamente correcto y a la estandarización que impone la publicidad de los omnipresentes productos de masas. En este aspecto no sólo los libros como tales sino la LIJ como un mundo propio ha perdido la frescura que un tiempo tuvo.

Y, aunque en el ámbito educativo y académico, se ha ido produciendo una cierta convergencia de perspectivas -psicológicas, histórico-bibliográficas, pedagógicas, socio-culturales- que defiende una educación literaria del niño que sea completa y no parcial, lo cierto es que los marcos sociales y educativos no dan facilidades para poder impartirla.

Oportunidades que se abren

Una comparación puede aclarar la gran diferencia entre la situación actual y la de antes: frente a los pocos niños privilegiados del pasado que podían acceder a una gran biblioteca familiar y, gracias a eso, podían llegar a ser buenos lectores y hombres cultos, muchos niños de hoy -y sus educadores- tienen a su alcance todos los libros históricamente importantes: unos en la red, otros en las bibliotecas públicas y en las librerías, y pronto en aparatos como Kindle y similares.

Esta revolución es de consecuencias aún inimaginables también debido a las perspectivas que abren los cambios en la recepción personal y colectiva de los libros: los lectores de ahora pueden compartir y contrastar las noticias y las opiniones sobre libros con muchas más personas. Ahora bien, si la biblioteca ideal del pasado proporcionaba por sí misma una cierta orientación, pues había sido pacientemente decantada, la biblioteca ideal de ahora no está clara.

Dejo de lado que antes el niño en la biblioteca sólo tenía libros y que hoy, en el mismo recinto se le presentan otras opciones mucho más vistosas para que ocupe su tiempo. Pero, en lo que se refiere a los libros, se puede asegurar que los libros flojos de gran éxito siempre han existido y nunca han durado: como las opiniones sobre libros se propagan entre gente que lee y habla sobre libros, siempre acaban decantándose del lado correcto; y como los libros valiosos tienen la particularidad de que se defienden bien por sí mismos, a poco que se les empuje hacia delante, acaban ganando su propio público. Pero, vistas las cosas de cerca y en concreto, es obvio que no resulta fácil dar armas a un lector joven para que sepa resistirse a la fascinación de algunas malas ficciones y para que sepa reconocer la calidad en las que la tengan, de forma que luego sepa elegir y pueda terminar llegando por sí mismo a la mejor literatura.

Para orientar, leer

En relación a lo anterior pienso que el camino de cualquier adulto interesado en esto comienza por aprender a orientarse a sí mismo y, para explicarlo, viene a cuento el chiste del tipo que busca las llaves que ha perdido por la noche no donde se le han caído sino bajo una farola… pues allí es donde hay luz: la inmensa mayoría de los libros mejores no suele estar en los escaparates sino en el pasado y en las bibliotecas.

El camino continúa por intentar seguir un plan de transmisión -si hablamos de padres a hijos o de profesores a alumnos- más o menos ordenado: para que guste la mejor lectura es necesario entender de qué se habla, para llegar a leer y comprender la literatura occidental se han de conocer bien su Gran Código, la Biblia, y los relatos clásicos y la historia que han dado forma a la sociedad en la que vivimos. Y, tercero, es básica una recepción compartida: un educador ha de conocer y leer los mismos libros que leen los chicos, y ha de charlar sobre ellos, con buenas razones pero sin complejos, porque, al menos en principio, él es quien puede juzgar mejor que nadie si un libro infantil es bueno para sus hijos o alumnos, aunque no sea capaz del todo de juzgar su calidad.

Porque una cosa es cierta: cualquier futuro, personal o social, empieza con las ficciones que llegan a los niños.

La intervención gubernamental

A partir de los años sesenta, un factor para la consolidación de la LIJ como un mundo propio fue la creciente intervención gubernamental en forma de diversas políticas educativas o culturales. De nuevo hay que volver a Estados Unidos, donde la imagen de Jacqueline Kennedy fotografiada con libros infantiles para sus hijos fue una forma de hacer notar la sensibilidad de las autoridades hacia la cuestión. Eso se tradujo en que los gobiernos de la década abrieron por primera vez el grifo de las subvenciones para que se dotasen con generosidad las bibliotecas escolares, y como, al mismo tiempo, comenzó a ser habitual que se recomendasen libros (no de texto) en muchos colegios, empezó la edición de libros con precios asequibles para los propios alumnos.

Los vaivenes económicos de las décadas posteriores obligaron a cambios en el negocio editorial, tanto en la producción como en la búsqueda de caminos para que los libros llegasen a más destinatarios. Los procesos de reajuste dentro de las editoriales grandes unas veces condujeron a la creación de sellos editoriales con el nombre y el aval de autores o editores reconocidos, otras provocaron la marcha de personas expertas y capaces, y esto en ocasiones facilitó que nacieran editoriales independientes que supieron encontrar un hueco propio. También se diversificaron los canales de distribución y venta, pues subió el número de las grandes superficies dedicadas a los libros pero, frente a su anonimato, nacieron librerías especializadas que buscaban dar una orientación de más calidad.

Otros cambios fueron una consecuencia natural y a veces inesperada de algunas modificaciones legislativas: en Estados Unidos, cuando por motivos fiscales dejó de compensar tener stocks de libros, desaparecieron muchos libros valiosos de los catálogos y de la circulación, con la consecuencia, en la LIJ, de una pérdida de continuidad en el paso de libros de una generación a otra; o cuando, en 1982, las nuevas leyes del copyright permitieron imprimir cualquier libro en cualquier parte, se pudo recurrir a las imprentas a todo color más baratas de cualquier lugar del mundo, lo que facilitó el auge de los álbumes ilustrados.

Web de Luis Daniel González: www.bienvenidosalafiesta.com

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Otros textos de Luis Daniel González que completan este artículo: “La industria de los libros para niños” y las reseñas de los libros La magia de los libros infantiles, de Seth Lerer, y Minders of Make-Believe, de Leonard Marcus.

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