El exilio, camino hacia Dios

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El pasado 27 de marzo falleció en Madrid a los 93 años Ernestina de Champourcin, poeta a la que Gerardo Diego incluyó en su famosa antología de la Generación del 27. Mujer del también poeta Juan José Domenchina, con el que vivió exiliada en México, amiga y seguidora de Juan Ramón Jiménez, supo mantener su dedicación a la poesía en circunstancias vitales difíciles. Y si en su poesía se advierte la búsqueda de Dios, su vida testimonia que lo encontró.

Ernestina Michels de Champourcin nació en Vitoria el 10 de julio de 1905. La familia de su padre era originaria de la Provenza, aunque establecida en Barcelona desde el siglo XVIII. El barón Michels de Champourcin ejercía como abogado en Madrid y, en sus ratos libres, escribía poemas. La madre de Ernestina había nacido en Uruguay. Tuvieron cuatro hijos: tres chicas y un chico. La futura poeta (nunca le gustó el término poetisa) estudia bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros y, desde los 6 años, lee mucho y aprende inglés y francés. En plena adolescencia descubre la obra (Platero y yo, Segunda Antología) del que sería su maestro: Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956.

Seguidora de Juan Ramón Jiménez

A los 21 años, Ernestina publica su primer libro de poesía, En silencio. Envía un ejemplar a Juan Ramón, al que había tenido oportunidad de conocer, junto a su esposa Zenobia Camprubí, durante un paseo por los jardines del palacio de La Granja (Segovia). El encuentro se transformó en una duradera amistad; años más tarde, la poeta diría “Juan Ramón no fue para mí únicamente un poeta admirado, sino una especie de compañero de sentimientos y vivencias”. El autor de Platero y yo y san Juan de la Cruz son sus poetas preferidos.

Por entonces, recordará ella, “las mujeres escribían poco, apenas nada”. Ernestina se mueve en los círculos culturales del Madrid de finales de los años 20. Asiste a tertulias literarias con Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y su mujer, Concha Méndez. En 1926 se inscribe en el Club Lyceum, donde se reúnen mujeres inquietas; Ernestina se hace cargo de la sección de Literatura y frecuenta una librería regentada por Luis Cernuda. Al año siguiente, ve la luz el segundo libro de Champourcin, Ahora. Según Emilio Miró, buen conocedor su obra, Ernestina puede considerarse “entre los años 20 y 30, la primera e indiscutible voz femenina del grupo poético del 27”.

En 1930 conoce al poeta Juan José Domenchina en el estudio del pintor Valentín de Zubiarre. Desde entonces respiran juntos el denso ambiente cultural de la época y ambos coinciden en la honradez de sus críticas literarias, aunque sus caminos poéticos son diversos. Juan José procede de una familia católica de clase media; desde 1923 es amigo de Manuel Azaña, futuro ministro y presidente de la II República española, y juntos comparten tertulias con Pío Baroja y Valle Inclán. Domenchina pasa a ser secretario personal de Azaña en 1931. Ese mismo año, Ernestina publica La voz en el viento, prologado por Juan Ramón Jiménez.

Los años anteriores a la guerra civil fueron literariamente fructíferos para Ernestina y Juan José. Él publica sus poesías completas y ella su única novela, La casa de enfrente, y otro poemario, Cántico inútil. En 1934, Gerardo Diego incluye poemas de Ernestina en su Antología poética española, segunda antología de lo escrito hasta entonces por la Generación del 27. Sólo dos mujeres más (Josefina de la Torre y Concha Méndez) comparten ese reconocimiento.

Hacia el exilio

En 1936, la guerra civil sacude el destino de Ernestina y también su palabra escrita: “El pueblo armado era como un niño con la escopeta cargada. Por otro lado, las más bajas pasiones, desatadas eran capaces de todo”. Deja su pluma y trabaja en servicios sociales (guardería de niños, cocinera, hospital de sangre). Ernestina y Juan José deciden casarse a principios de noviembre de ese año: la capital de España parece amenazada por un inminente avance del ejército sublevado y el gobierno de la República decide trasladarse a Valencia. La familia de Ernestina debe esconderse en la Embajada de Uruguay, mientras que la madre y otros parientes de Juan José les siguen.

En la capital levantina, Juan José es nombrado jefe del Servicio de Información (Ministerio de Propaganda), que edita boletines en seis idiomas con el fin de informar al mundo sobre la situación en España; se incluye un suplemento literario en el que colabora también Ernestina, que en 1938 escribe Mientras se muere, obra que destruirá por su contenido autobiográfico. Las victorias del bando nacional les obligan a trasladarse a Barcelona y luego siguen al presidente Azaña en su camino hacia el exilio en Francia. En la frontera, los poetas dejan parte de sus libros para que puedan unirse a la expedición algunos más.

Los Domenchina son invitados por el escritor Alfonso Reyes a México, donde llegan el 1 de junio de 1939. En parecidas circunstancias viajan a América los poetas Emilio Prados, León Felipe o Luis Cernuda. Desde 1936 les había precedido Juan Ramón Jiménez, como agregado cultural de la Embajada española en Estados Unidos.

México, su segunda patria

Así como son muy distintas la obra poética de Ernestina y la de Juan José, diversa fue su actitud ante el exilio. Ella supo no sólo adaptarse, sino amar su nueva patria; por el contrario, Juan José seguía mentalmente fijo en España, hecho que influyó decisivamente en su salud. Al poco de instalarse en México, les llega la noticia de la muerte de Azaña en Francia. Mientras, Ernestina debe abrirse camino: colabora en revistas literarias (Las dos Españas, Rueca, Romance, Istmo), hace traducciones del inglés para la editorial Fondo de Cultura Económica, faceta menos conocida de su trayectoria, aunque para José Ángel Ascunce, Champourcin es “una de las traductoras más eximias de la lengua española en el presente siglo”. También trabaja como intérprete para conferencias internacionales. Entre tanto, su marido, ya aquejado de un fuerte reumatismo, publica su Antología de la poesía española contemporánea (1900-1936) y trabaja como corrector de estilo en una editorial.

Entre los años 1948 y 1950, Ernestina visita a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí; el poeta también sufre el exilio como Juan José, mientras su mujer da clases en la Universidad de Maryland. Durante esos viajes, el autor de Platero y yo redescubre a Ernestina algunos autores de la literatura anglosajona; la lectura de Thomas Merton, trapense, despertó en ella una fuerte inquietud espiritual, manifestada en su obra Presencia a oscuras (1952, primera escrita tras un paréntesis de 16 años). Un año antes, visitó a su familia en España; Juan José no pudo acompañarle porque, como ex secretario de Azaña, tenía una causa judicial abierta.

Redescubrir la fe

También en 1952 los Domenchina entran en contacto con el Opus Dei. Tanto Ernestina como Juan José tienen raíces familiares cristianas; sin embargo, el ambiente cultural y político en el que se movieron les había alejado de la práctica religiosa. Ernestina frecuenta la iglesia de la Santa Veracruz, en pleno centro de México D.F.; su párroco, D. Ernesto Santillán, le pide colaboración para dar clases a grupos de mujeres del entorno, un barrio humilde en el que la miseria económica se une a la moral. La escritora sortea a borrachos y prostitutas para impartir sus charlas.

Según su amiga mexicana Mago Murillo, “Ernestina era consciente de que había recibido mucho de Dios y se sentía en deuda con los más necesitados”. En ese ambiente descubre su llamada al Opus Dei, mientras su marido encuentra apoyo espiritual a través de un sacerdote de la Obra hasta su muerte en 1959. Juan José y Ernestina no tuvieron hijos.

Superado el dolor por el fallecimiento de Juan José, Ernestina no abandona su tarea literaria. Vive en un modesto apartamento de la calle Arquímedes, decorado con detalles de la artesanía mexicana que tanto admira, y allí organiza sesiones literarias para mujeres. Publica varios libros de poemas: El nombre que me diste (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968), Poemas del ser y del estar (1972). Además, en 1970 edita una antología poética titulada Dios en la poesía actual. Para Ernestina todo poeta, de algún modo, se interroga sobre Dios con “un impulso desinteresado hacia la Perfección y la Belleza, una búsqueda de eternidad, de permanencia en el espíritu, de Esencia divina”.

En mayo de 1970, el Fundador del Opus Dei visita México y Ernestina acude a uno de los encuentros con él; le acompaña un grupo de mujeres del barrio de la Santa Veracruz que han pedido la admisión en la Obra. El Beato Josemaría Escrivá dice a la poeta que sus versos le sirven para hacer oración, según testimonia Rosario Camargo, periodista y colega de Ernestina en la revista Gaceta.

Vuelta a Madrid

Dos años más tarde, Ernestina vuelve a España. Madrid ha cambiado mucho desde 1936, y a la poeta le cuesta adaptarse al ruido y a la prisa de la gente. Incluso considera un segundo exilio su vuelta a la capital de España.

La poeta sigue interesada por su quehacer literario, pero no quiere hablar de cuestiones políticas. También debe acostumbrarse a vivir con sus limitaciones físicas (sordera, falta de vista). No obstante, desde 1972 publica ocho libros de poemas y La ardilla y la rosa (1981), prosa de carácter autobiográfico en homenaje a Juan Ramón Jiménez.

Aunque ella nunca aspira a recibir un reconocimiento público, porque sólo le interesa la poesía, en 1989 es galardonada con el Premio Euskadi a la literatura en castellano; y al año siguiente con el Premio Prometeo. Su figura sigue suscitando interés, y en los siguientes años, Arturo del Villar, el mejor conocedor de la obra de Ernestina, recuerda su aportación literaria. Julia Bernal y Rosa Sanz obtienen el doctorado en Filología por sus respectivas tesis sobre aspectos de la vida y obra de Ernestina de Champourcin en las Universidades Complutense de Madrid y de Oviedo. Además, en 1993 recibe un homenaje en el Ateneo de Madrid.

El pasado 27 de marzo muere en la capital de España, a los 93 años, haciéndose eco de sus propias palabras: “Yo creo que morir es estar / es estarse por fin en lo absoluto, / en lo definitivo… / Morir es una rosa / que se nos da de balde, / un perfume cuajado / en un amor para siempre (Primer exilio, 1978).

Beatriz Comella


Impromptu para Ernestina

Titulo así mi escrito porque debe, tiene que, ser corto, ¡y rápido! Ernestina era amiga mía, y ella me llamaba amigo. La última vez que estuve en su casa del Paseo de la Habana, fui allí con un amigo común para merendar. El amigo común merecía más atención y consideración, así que ella me encargó a mí que hiciera el té y sacar de la cocina a la salita de estar todos los servicios y las pastas; y ya era tal nuestra mutua confianza que me reñía si no encontraba el azucarero o algo así. Me reñía con una entrañable amabilidad, como así eran nuestras discusiones sobre el arte y la necesidad de un contenido uno de Belleza.

Fui imprudente durante un tiempo. Yo no sabía de su tan extensa admiración por Juan Ramón Jiménez, uno de sus dos maestros; así que mi ensayo Actitud modernista de Juan Ramón Jiménez le pareció “atroz”. Este adjetivo debe de ser de la Generación del 27, porque también lo decía mucho Rosa Chacel… Pues con ese “atroz” debía de estar más defendiendo a su amigo y maestro que atacando mi tesis. Su otro maestro fue siempre san Juan de la Cruz; motivada por un verso suyo escribió un poema en un cuadrante de anillas, cuatro agujeros, papel cuadriculado. Tengo el manuscrito, que me parece que es inédito:

“Estando ya la casa sosegada…”

S. Juan de la Cruz

Sosegaste la casa
y añejaste el silencio.
Como el vino de Yepes,
agridulce y acedo
puede saber a miel
o acíbar. Con el tiempo
todo es Uno y lo mismo.

Porque es Uno Tu Cielo

y uno es el Camino

que nos lleva de lleno

a Tu presencia entera.

Un día llegaremos
¡igual que llega el chopo
con su punta en acecho!

De La pared transparente, libro de poemas que recoge su inicial tarea de 1979-1980, escribí en su día. Su unidad está compuesta de tres partes: las paredes, las tapias, que, como en una partitura, podría llamarse exposición de tema, lento y doloroso, con una breve alegría fugaz, allí, al final. La segunda parte –Luz en la memoria– es, en conjunto, una amable y doliente evocación. La tercera parte, que da título al libro –La pared transparente–, recoge la alegría, que llamé final, de la primera, y la desarrolla en una brillante cadencia luminosa de esperanza firme de triunfo.

La palabra de todo el libro es diáfana, sólida como una cosa cierta. Sin adjetivos ofuscadores, sin decorados que la hicieran parecer hermosa sin serlo. Es la palabra sola, es el mínimo soporte, para decir verdad en belleza. Como su música, nada orquestada, sin técnicas que halaguen malamente el sentido, sino clara como una buena voz que canta, y el ritmo bien medido de una sencilla armonía.

Me parece que en estos poemas llega el libro a una intensidad maravillosa, donde las imágenes son nuevas y no usadas, y apuntan verdaderamente el misterio de la luz, o si robadas, lo son con tal maestría que estrenan aspectos no desvelados. Todo es terso y fluido. Las palabras palpitan, rezuman la belleza que vieron, y en que han sido impregnadas. Y las paredes, las tapias, el pasado, todo es recogido otra vez y transmutado en la seguridad “de aquello tan soñado / que se ocultó algún tiempo”:

Volvieron las palabras,
surtidor de alegrías
en un valle sombrío, deshabitado, húmedo.
No todas, sino aquéllas

susceptibles de amor,

de gracia, de milagro.

Golondrinas en vuelo

sin estación segura;
ninguna madreselva
podría sujetarlas,

pero hoy están ahí

conmigo, con vosotros,
y dicen lo que esconden
voluptuosas, grávidas.
Insólito regreso

sin perdón necesario

lo único que importa

en ese mundo nuevo

que ya puebla la tierra.

El libro se cierra como en un deslumbramiento arremansado en la certeza verdadera:

Todo es transparencia,
no hay nadie que se oponga

a la visión oscura
.
………………..
Tarde lo supe, sí,
y viniste temprano,
………………..

Poesía límpida, que, como el agua quieta, no grita su presencia: no dispersa hacia afuera, es raíz del espacio interior.

Me dijo Ernestina que yo había sabido leerla. Estuvo muy contenta, y yo también. Después, Cuadernos de Zenobia y Juan Ramón (1987), sobre el que fui más prudente en mi comentario. Huyeron todas las islas (1989), un gran libro que merece detenida atención fuera del impromptu, así como la Antología poética del mismo año.

Dice el poeta José Infante: “Habló de Dios cuando nadie lo hacía”. No podía dejar de hablar de Él, pues le amaba. Y en ese amor descubrió Ernestina que Él es toda la Poesía, toda la Belleza.

Muerta -y no lo parecía-, le pusieron un ramo de rosas a sus pies. Lo han colocado mal, sugerí. Pero no, así estaban bien las rosas: mirando hacia ella…

Pedro Antonio Urbina

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La publicación más reciente de la poesía de Ernestina de Champourcin incluye: Cántico inútil, Cartas cerradas, Primer exilio y Huyeron todas las islas, Diputación Provincial de Málaga (1997).

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