El canon sesgado de Harold Bloom

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El “multiculturalismo” ha relativizado el valor de los clásicos occidentales, negando la universalidad que siempre se ha atribuido a las obras de los ahora despectivamente llamados “varones blancos europeos muertos”. Dos libros recientemente publicados en español reivindican, en cambio, la lectura de los buenos libros. En El canon occidental (1), el crítico literario Harold Bloom defiende las ideas de jerarquía y tradición, en favor de las obras que han mostrado resistir el paso del tiempo. Lo malo es que adopta una perspectiva parcial que muchas veces deforma el sentido de los propios clásicos.

Conocido ya por otras publicaciones, como La angustia de las influencias, El libro de J, Poetas visionarios del romanticismo inglés o La religión en los Estados Unidos, Harold Bloom entra con esta obra de 585 páginas en el mercado internacional con un producto que, editado en Nueva York en 1994, en apenas dos años ha sido traducido a varios idiomas y publicado en diversos países.

Harold Bloom, profesor de Humanidades en la Universidad de Yale y de Inglés en la de Nueva York, nacido en 1930, dice que este libro es fruto de 40 años de lecturas y de enseñanza; sin embargo, el aire escolar –en el mal sentido de la palabra– no se advierte si no es en el marcado tono impositivo de sus aseveraciones, por otro lado constantes, que no dan lugar ni al matiz de una opinión discrepante.

Uno de los críticos de su libro –Anthony Hecht– dice que “este libro enfurecerá a algunos”, y que es “provocativo”… “heterodoxo”. Yo, lector y crítico, no me enfurezco: su heterodoxia insuficiente no me provoca sino pena. Digo heterodoxia insuficiente porque su disconformidad no alumbra oscuridades de una ortodoxia conformista o perezosa, sino que su oposición a la línea fundamental del saber y el entender se debe a la ignorancia de eso mismo fundamental.

Visión poco universal

“Todo lector encontrará en él algo que aprender” (Christopher Ricks): esto que acabo de escribir es lo que he aprendido yo. Y, en un plano menor, muy menor efectivamente, erudición de datos, fechas, situaciones históricas, anécdotas… de escritores clásicos. Un enjambre de abejas sin flores ni panal.

La obra se inicia con un largo preámbulo titulado Elegía al canon. Muchos podrían pensar que militan en su mismo campo, que él aboga también por la cultura y que se lamenta por la pérdida de lectores de los grandes clásicos. Su lamento lo es, pero no lloramos por lo mismo.

En su historia de la literatura no hay edad antigua –sólo algunas referencias–, sino que comienza a sellar los libros con el título de canónicos en el pre-renacimiento hasta Goethe. Bloque al que llama Edad Aristocrática, siguiendo la pauta de G. Vico. En su canon de esta época, Bloom coloca a Dante, Chaucer, Cervantes, Montaigne, Molière, Milton, Shakespeare, Goethe.

La Edad Democrática incluye autores del siglo XIX, casi exclusivamente ingleses y norteamericanos: Wordsworth, Austen, Whitman, E. Dickinson, Dickens, G. Eliot, Tolstoi, Ibsen.

Desde Freud hasta Beckett, comprendiendo unos pocos autores, se forma su Edad Caótica (Proust, V. Woolf, Kafka, Borges, Neruda, Pessoa, Joyce).

En el Apéndice –una especie de guía de lecturas– sí que se incluye la Edad Antigua, que llama Teocrática. Tras la Edad Caótica, lamenta y se asusta ante el anuncio y futura llegada de una nueva Edad Teocrática…

Shakespeare es el centro del canon de Bloom. Y lo es de tal modo que toda su historia de la literatura previa a él, le anuncia; y toda su historia posterior a Shakespeare le imita, y se frustra e irrita ante la absolutamente insuperable centralidad y cúspide de las obras de Shakespeare. Es ciertamente muy libre el profesor Bloom de sentir tal adoración por Shakespeare. No es que estas gafas shakesperianas le impidan ver más, y le hagan ver todo de ese color; sino que, previamente, Bloom tenía un techo: la capacidad de alcanzar sólo lo psicológico-sentimental.

Ante esta deficiencia, no pasa de ser anecdótica la excesiva atención a autores ingleses o norteamericanos, en detrimento de una visión un poco más universal. Por ejemplo, en su apéndice o guía de lecturas de la Edad Caótica hay 161 obras del área anglosajona, frente a 37 del área hispana. Es sólo un ejemplo de esta no historia de la literatura, sino de las lecturas del profesor Bloom, que él pretende “canonizar”.

Belleza vacía

La incapacidad de Bloom –a la vista de sus comentarios críticos– por alguna realidad que esté más allá de lo psicológico-sentimental, su incapacidad por lo religioso, por lo espiritual, resulta patente.

Supongo que en El libro de J dará una completa explicación de lo que sostiene sobre el autor de la Biblia. El autor es J, un escritor; y la Biblia, una mera obra literaria: “La conmoción fundamental implícita en esta originalidad artífice del canon llega cuando nos damos cuenta de que la adoración occidental a Dios –por parte de judíos, cristianos y musulmanes– es la adoración a un personaje literario, el Yavéh de J, bien que adulterado por devotos revisionistas. Las únicas conmociones comparables que conozco ocurren cuando nos damos cuenta de que el Jesús amado por los cristianos es un personaje literario en gran medida inventado por el autor del Evangelio de Marcos” (pág. 16).

Así, Bloom arremete –y es una constante en todo su largo libro– contra aquellos críticos o lectores que ven o echan de menos en una obra literaria valores distintos (según él) de lo que él considera dios único y llama estética.

La estética de Bloom es una cáscara; la llamada por él estética no es sino su gusto y placer subjetivista, que vacía la belleza. La belleza vacía no es sino esteticismo psicologista, el sabor que deja en la lengua el algodón de azúcar y al pronto se desvanece…

Son, en fin, nombres que no contienen la cosa que indican. Y Bloom prohíbe que la belleza tenga la más mínima consideración metafísica.

Sarcasmos

Bloom se ríe, se burla, se muestra sarcástico ante quienes dicen ver la belleza del espíritu. Por ejemplo, en la salvación del alma de Fausto, pues no ve sino esto: “Lo que sigue es una conocida y terrible escena de comedia, con todo el sabor del mal gusto deliberadamente provocativo del anciano Goethe. Mientras el desdichado e inquieto Mefistófeles se lamenta de que hoy en día los pactos no tienen ningún valor, él y sus demonios son acribillados por una lluvia de rosas angélicas. Luchando solo, abandonado por los diablos menores, el infeliz demonio pierde el dominio de sí mismo y las nalgas de los ángeles le provocan una incontrolable lujuria de inducción divina. Estos atractivos jovencitos llevan al cielo el alma de Fausto, y Mefistófeles se lamenta del modo en que le han engañado. Todo esto es bastante divertido y un tanto obsceno, y quizá Goethe debería haber acabado aquí la obra” (pág. 24).

Esta burla es un ejemplo, y quizá no el más significativo, de la constante en Bloom. Una es la vía de la belleza, que anda el arte; y otra es la andadura de la verdad filosófica o de las causas sociales, etc. Pero Bloom (nombres de siempre vaciados) pretende que la belleza no lo sea: decir su nombre y quedarse en impositiva vaciedad atea y ametafísica.

Agnosticismo

Desgraciadamente, Harold Bloom se muestra agnóstico en el más preciso sentido de que en su libro toda la realidad de la fe se reduce a simple fenómeno psíquico o imaginativo, todo es relativo a este o aquel momento histórico, en el que agota su significado. También es agnóstico en el sentido de que el absoluto divino es en su libro sustituido por estética literaria, en los libros que él mismo califica como canónicos, no en otros.

Cabría decir también que su línea de pensamiento es gnóstica en el sentido de que Dios no es más que este conocimiento natural mío, esa intuición graciosa de lo que yo llamo estética literaria. Si Harold Bloom hubiera comentado las poesías del mismísimo San Juan de la Cruz, diría que ese Amado del que escribe, que ese Dios al que se dirige el poeta, no es sino mi placer erudito (el de H. Bloom) al leerlo.

He aquí otra muestra que certifica esta hipótesis: “Un gran poema, por definición, rehúsa ser contenido, ni siquiera por el Dios de Dante o de Milton” (pág. 38). Para quien el catolicismo es una mitología (ver pág. 248), no es extraño tampoco que la verdad tenga un carácter elusivo (pág. 179), vano e inútil.

Es cierto que todos los autores de quienes habla deben ser leídos; pero no de su mano, pues lleva a una lectura de ellos que no son ellos. Esos “destellos de luz” que, según M. H. Abrams, aporta Bloom, iluminan otra cosa: la subjetiva sentimentalidad de Bloom. Su erudición no lee bien, no cultiva, no enriquece la nativa dignidad humana, no abre al hombre el camino al destino que le es propio: la trascendencia. Un alumno obediente a los dictados de H. Bloom puede convertirse en una golosa rata de biblioteca, pero no sospechará que es privilegiada criatura de Dios.

Así no se supera la civilización del consumo, del ruido y la velocidad. No, desde luego, con esa supuesta cultura que no lo es, sino autofagia, consumo del propio yo, fingidamente absolutizado, autoconsunción esteticista cuyo triunfo final es la ceniza.

Pedro Antonio Urbina


Para sacar fruto de la lectura

La lectura no necesariamente cultiva si se hace de cualquier manera. Cómo leer un libro (2) es una guía práctica para obtener provecho de las lecturas. La obra está llena de sugerencias útiles, pero no propone ninguna “fórmula mágica”: la lectura fructuosa no se logra sin una disposición activa, que exige esfuerzo.

Los griegos llamaban sofómoros a los ignorantes cultivados, es decir, a aquellos que seguían inmersos en un perenne estado de estupidez intelectual, a pesar de los muchos libros que habían leído. Y es que la lectura indiscriminada y acumulativa no equivale a ser una persona culta.

Existen varios tipos de lectura, según los objetivos que se busquen: entretenimiento, información o comprensión. Los que identifican lectura con entretenimiento frivolizan el acto de leer, pues esta lectura apenas exige esfuerzo por parte del lector. (Gran parte de la industria editorial contemporánea ha optado por esta interpretación de la lectura, manifiestamente superficial). La lectura informativa, el segundo tipo, aporta conocimientos, pero corre el peligro de convertirse en una trampa intelectual: no se es más culto por tener más información; al contrario, el exceso de información nubla la inteligencia y favorece la pedantería.

Leer para comprender

Para los autores de este libro, el auténtico acto de leer es aquel en que el lector busca comprender el mundo y entenderse a sí mismo. Lectura es sinónimo de actividad, de esfuerzo, de exigencia personal, porque “el buen lector es exigente consigo mismo”. Aquellos que utilizan la lectura como un sedante, opinan Adler y van Doren, convierten “el acto de leer en un auténtico desperdicio”.

Cómo leer un libro “está dedicado a los lectores y a quienes desean llegar a ser lectores, y de forma muy especial a las personas cuyo principal objetivo al leer consiste en obtener una mayor comprensión”. El libro se publicó por vez primera en Estados Unidos en 1940 y muy pronto se convirtió en una obra de referencia y consulta. En 1972, a la vista del éxito, los autores decidieron elaborar una nueva edición en la que reescribieron casi todos los contenidos con las sugerencias de muchos de sus lectores. Esta edición, la primera en castellano, es una traducción de la de 1972.

Muchas ideas sugerentes y prácticas contiene este indispensable libro para profesores de Lengua y Literatura y para los muy aficionados a la lectura. En el prólogo, los autores, conscientes del peligro del fracaso escolar, defienden la continuidad de la enseñanza de la lectura en los sistemas educativos. En muchos países se dedican demasiadas energías a la lectura básica, pero cuando pasan los años apenas se enseñan destrezas a los alumnos mayores para que aprovechen mejor sus lecturas. Por eso, cuando se habla de fracaso escolar, es normal que los profesores resalten la incapacidad de los alumnos para encontrar sentido a una página impresa y menos aún para señalar la idea central de un texto. Para muchos educadores, uno de los problemas más difíciles de solucionar es cómo enseñar a leer a los jóvenes. Los que se dedican a la enseñanza –y más los profesores de Lengua y Literatura– entienden esto bastante bien.

Cuatro niveles de lectura

La primera parte es una explicación de los diferentes niveles de lectura (primaria, de inspección, analítica y paralela), aunque de manera más exhaustiva se estudian sólo los dos primeros niveles. La lectura primaria es la inicial y básica. La lectura de inspección consiste en extraer el máximo posible de un libro en un tiempo limitado: es una lectura de indagación en la que de manera sistemática se valoran los aciertos y las carencias del libro con el fin de pasar a una lectura más detenida.

La segunda parte del libro está dedicada exclusivamente a la lectura analítica, aquella que busca la comprensión del libro. Este nivel de lectura, que asume los dos anteriores, supone un enfrentamiento con el libro para que su lectura sea lo más activa y exigente posible. Para facilitar las cosas, los autores dividen este nivel en tres etapas con un total de quince reglas prácticas. La primera etapa comprende las reglas para descubrir sobre qué trata un libro; la segunda, las reglas para interpretar el contenido; y la tercera, las reglas para criticar un libro como comunicación de conocimientos. Muchas de las reglas son de sentido común, pero al concretarlas los autores demuestran una gran experiencia sobre el modo de leer un libro para extraer de él los mayores beneficios. No todos los libros que leemos exigen una lectura analítica. Como decía Francis Bacon, “hay libros para probar, otros para tragar y otros, muy pocos, para masticar y digerir”. El último y más complicado nivel es la lectura paralela o comparativa, que se da cuando el lector debe ocuparse de varios libros a la vez.

La tercera parte de Cómo leer un libro tiene un carácter más práctico, pues analiza cómo leer la literatura imaginativa, las ciencias sociales, la filosofía, las ciencias, las matemáticas, etc. Esta parte ayuda a plantearse objetivos y preguntas a la vez que se va leyendo, para realizar una lectura más activa.

Por último, los autores realizan una defensa de los buenos libros, que son aquellos que exigen un notable esfuerzo intelectual pero cuya lectura supone una experiencia inolvidable. Si leemos para ser mejores, lógicamente todos los libros no valen para cumplir este objetivo. Para facilitar las cosas, los autores –y los responsables de la edición española– incluyen su “canon” de lecturas recomendadas, un total de 145 autores de todas las épocas, de los que se sugieren uno o varios libros. Como sucede con cualquier selección, hay nombres opinables (por ejemplo, de Galdós se recomienda Fortunata y Jacinta junto a Lo prohibido, sin lugar a dudas una obra menor).

Pero, en líneas generales, el saldo es bastante completo y positivo, con libros no sólo de literatura, sino también del resto de las materias. Un apéndice final proporciona varios ejercicios y pruebas relacionadas con los cuatro niveles de lectura.

Adolfo Torrecilla

_________________________

(1) Harold Bloom. El canon occidental. La escuela y los libros de todas las épocas. Anagrama. Barcelona (1995). 585 págs. T.o.: The Western Canon. The Books and Schools of the Ages. Harcourt Brace. Nueva York (1994).

(2) Mortimer J. Adler y Charles van Doren. Cómo leer un libro. Debate. Madrid (1996). 415 págs. 3.500 ptas. T.o.: How to Read a Book. Simon & Schuster. Nueva York (1972).

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