Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir

Zeit. Was sie mit uns macht und was wir aus ihr machen

Página 1

Autor: Rüdiger Safranski

Tusquets Editores.
Barcelona (2017).
18 € (papel) / 9,99 (digital).
272 págs.
Traducción: Raúl Gabás

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Tiempo es un ensayo poliédrico, pues reúne diversas aproximaciones a un mismo fenómeno, anunciado por el mismo título del libro. En sus páginas confluyen la reflexión filosófica con la teoría científica, la sociología, la literatura o incluso la teología. Safranski logra dar cohesión a esta variedad de enfoques haciendo que todos orbiten en torno a un mismo centro de gravedad: el ser humano. Todo pasa, explica el autor, pero solo esta criatura es capaz de experimentar el pasar como tal, y con ello entra en juego algo que no se puede aferrar, el tiempo, que se da solamente en la conciencia. Quizá sea este carácter escurridizo el que hace del tiempo un tema tan fascinante, en el que se ya han centrado ensayos recientes como los de Luciano Concheiro o Byung-Chul Han, entre otros.

De los diez capítulos que forman este libro, posiblemente los más valiosos son aquellos que hablan sobre el tiempo desde una perspectiva existencial, donde cada ser humano se experimenta temporalmente. Aquí la argumentación se apoya en las reflexiones de Martin Heidegger, con quien el autor mantiene una clara afinidad. Safranski presenta a Heidegger como uno de los grandes pensadores sobre el tiempo; a él le debemos intuiciones especialmente lúcidas sobre la dimensión temporal del hombre, tales como la noción de “cuidado” –por la que uno es capaz de anticiparse a sí mismo– o el descubrimiento de la esencia del tiempo a partir de la experiencia del aburrimiento. “En la medida en que los sucesos pierden densidad, llama la atención el tiempo. Parece como si este saliera de su escondite”.

Al igual que sus otros ensayos o biografías, Safranski cuenta con un amplio repertorio de citas que enriquecen el libro y abren al lector otros caminos por los que continuar la búsqueda. Junto a los filósofos, los interlocutores favoritos del autor son algunos literatos como Goethe o Proust; en todos los capítulos encontramos algún fragmento de Fausto o de En busca del tiempo perdido. Estas preferencias refuerzan el tono existencial del ensayo y lo tiñen de un cierto pesimismo, fruto de una visión en la que el tiempo actúa como delator del sinsentido de la propia existencia. El autor se identifica con esta visión y, ante esta falta de “techo metafísico”, apuesta por “los mundos de sentido creados por uno mismo, lo que llamamos cultura”, donde –de algún modo– el hombre puede estar a cubierto.

A este respecto, resultan de interés los momentos en los que el autor dialoga con las ideas de Dios o de eternidad. Por una parte, su ensayo descarta demasiado pronto la posibilidad de Dios; pero su postura a este respecto es poco seria: parece tomar el ateísmo como un presupuesto incuestionable y algunas de sus reflexiones sobre la fe cristiana son inexactas o incompletas. En cambio, sí que plantea un sugerente, aunque precario, acercamiento a la eternidad por la vía de la estética. En sintonía con los autores románticos, Safranski habla de una “pequeña eternidad” o “presente concentrado” que se da en el instante del arte: allí “el tiempo parece estar quieto, no congelado, sino concentrado, y la realidad se condensa en una imagen concisa y brillante”.


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