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El peligroso parecido entre la “alt-right” y la izquierda identitaria


De la derecha alternativa o alt-right se suele subrayar que surgió en respuesta a la política identitaria de cierta izquierda. Aun siendo cierto, el esquema interpretativo que enfrenta a ambos movimientos no aclara mucho. Por el contrario, cada vez más analistas coinciden en subrayar sus parecidos ideológicos.


La irlandesa Angela Nagle, experta en subculturas digitales, lleva años estudiando a la alt-right y a su archienemigo, “el progresismo Tumblr”, como denomina a la izquierda identitaria que recurre a esa y otras redes sociales para practicar el crybulling, una conducta que combina la queja victimista ante comentarios ofensivos o de mal gusto con la humillación pública de los ofensores. El resultado es un libro que ha despertado el interés de importantes medios de análisis como The New Republic, Vox o Spiked: Kill All Normies: Online Culture Wars from 4chan and Tumblr to Trump and the Alt-Right1.

La alianza entre los ideólogos del nacionalismo blanco y el ala más gamberra de la “alt-right” –la posmoderna y nihilista– es puramente táctica

La alt-right se gestó en los bajos fondos de Internet mucho años antes de que Trump irrumpiera en la escena política. En un primer momento, reunía a grupos más o menos independientes que fueron confluyendo en una causa común: inundar la Red con comentarios provocadores acerca de todo aquello que indigna a los partidarios de los espacios seguros y los triggers warnings.

Muchos de sus miembros, jóvenes libertarios que nada tienen que ver con la derecha conservadora, se embarcaron en una cruzada contra la censura en las universidades de EE.UU. A menudo han confundido la incorrección con la falta de respeto2. Y sus valores los sitúan “más cerca de El club de la lucha [la violenta novela de Chuck Palahniuk] que de los valores familiares, más en sintonía con el Marqués de Sade que con Edmund Burke”, escribe Nagle.

Dado que su principal campo de activismo son las redes sociales y la sección de comentarios de los medios, no es fácil seguirles la pista. Según un sondeo del Pew Research Center3, a finales de 2016, un 54% de estadounidenses declaraba “no saber nada” de este movimiento y otro 28% solo había escuchado “un poco” acerca de él. Para Nagle, la atención sobre Trump fue lo que hizo a la alt-right ganar notoriedad. Aunque el republicano mantuvo las distancias con este movimiento durante la campaña electoral, sus diatribas contra la corrección política fue el carro al que se subió la alt-right para defender un derecho ilimitado a libertad de expresión.

La disrupción como anzuelo

Una parte importante de este ejército de troles y agitadores online –que son la masa crítica del movimiento– está formado por jóvenes que Nagle no duda en calificar de nihilistas y posmodernos. Sus armas son similares a las que usó la izquierda contracultural de los años 60 y 70 del siglo XX: la ironía, el desencanto y la transgresión de la cultura hegemómica.

Hoy las tornas han cambiado. Y aquellos que se movían en los márgenes han pasado a ser los guardianes de lo que se puede decir y dejar de decir acerca de la raza, el género y la identidad sexual.

Contra esta nueva ortodoxia claman los activistas de la alt-right. Pero no hacen una crítica intelectual elaborada ni presentan propuestas alternativas. En realidad, como explica Maren Thom en un comentario4 a Kill All Normies, su transgresión carece de sustancia: es una táctica para indignar (todavía más) a sus indignados adversarios. Entre tanto, los medios muerden el anzuelo y les regalan atención y titulares: “Milo Yiannopoulus llama ‘papaíto’ a Trump”. Lo cierto, dice Thom, es que detrás del juego de la alt-right hay un gran vacío: “La vacuidad de sus gestos y la puesta en escena de su transgresión revela la falta conjunta de pensamiento político”.

Una ideología anticristiana

Pero la alt-right no solo es disrupción. Junto a los deslenguados libertarios están los ideólogos que han sabido capitalizar el descontento con la corrección política y transformarla en la ira del hombre blanco. “Estos sí saben en lo que creen y tienen soluciones a los problemas que identifican”, explica Nagle en una entrevista paraVox5. Los más conocidos son Richard Spencer, presidente del National Policy Institute y fundador de la web Alternative Right, y Jared Taylor, fundador y editor de la revista American Renaissance. Otros escriben en The Occidental Quarterly.

Entre los enemigos declarados de la “alt-right” está el cristianismo, al que acusan de un “altruismo patólogico”

La alianza entre este grupo de ideólogos partidarios de “la reconstrucción de la identidad blanca” y el ala más gamberra de la alt-right –la posmoderna y nihilista– es puramente táctica: los primeros ganan visibilidad; los segundos, una causa con la que alimentar su irreverente cruzada.

Unos y otros fustigan la decadencia que, a su juicio, han traído el culto a la diversidad, el multiculturalismo y la política identitaria de la izquierda. Lo sorprendente es que a esto responden con más política identitaria: si el “progresismo Tumblr” se ha ocupado durante años de denigrar a la civilización occidental por el maltrato histórico a ciertas minorías, la alt-right se erige ahora en la defensora de quienes están hartos de oír hablar de la “culpa blanca” y hasta pide para los caucásicos un “Etnoestado en el continente [sic] de América del Norte”, en palabras de Spencer6.

En su particular defensa de Occidente tampoco hay sitio para el cristianismo, al que tienen por enemigo declarado. Del mensaje cristiano, explica Matthew Rose enFirst Things7, les irrita sobre todo la convicción de la igual dignidad de todos los seres humanos; la desacralización del poder político; el catolicismo que trasciende razas y etnias; y, sobre todo, su “altruismo patológico”, en expresión de Alain de Benoist, uno de sus referentes intelectuales.

Victimismo revanchista

La política identitaria exalta las diferencias hasta límites insanos: cuando un grupo percibe que es ninguneado mientras otros reciben una protección especial, es fácil que aparezca el victimismo o incluso el resentimiento. Esta es la paradoja que ha detectado Mark Lilla8: pensada para promover la inclusión, la política identitaria ha terminado erosionando el marco político común y deja a la sociedad encerrada en un “divisivo mundo de suma cero”, donde unos se ven agraviados por lo que consiguen otros. Es un círculo vicioso.

A Lilla, que es de izquierdas, le han acusado de pretender “hacer respetable la supremacía blanca”. Una crítica que, en opinión de Andrew Doyle, otro izquierdista que se opone a la política identitaria, revela desidia e incapacidad de argumentar. No es infrecuente –sostiene enSpiked9– que los partidarios de la política identitaria desprecien los argumentos de quienes hablan desde la identidad incorrecta: “heterosexual, blanco y varón”. La sospecha latente es que estas cualidades “implican un privilegio inherente, que invalida automáticamente a participar en ciertos debates”.

Está claro que la alt-right es racista. Pero cabe preguntarse, como hace Doyle en otro artículo10, si no hay racismo también en los partidarios de la izquierda identitaria, que “parecen incapaces de ver más allá del color de la piel” o de otros rasgos que consideran –al menos, implícitamente– menos valiosos.

La misma dignidad, el mismo respeto

El riesgo de llevar este planteamiento a sus últimas consecuencias es que se acabe negando la existencia de una naturaleza humana común, de la que deriva la exigencia del respeto a todo ser humano por el mero hecho de serlo. No es la peculiaridad de cada grupo lo que fundamenta los derechos humanos, sino la igual dignidad de todos.

Llevada hasta el extremo, la ideología identitaria –de izquierdas y de derechas– supone negar la existencia de una naturaleza humana común, de la que deriva la exigencia del respeto a todo ser humano

Esto lo comprendió bien el filósofo canadiense Charles Taylor, uno de los primeros apóstoles de la “política de la diferencia”, para quien el reconocimiento de lo distintivo no excluye la solidaridad: todas las personas merecemos respeto, porque tenemos la misma dignidad; y, sobre la base de esa humanidad común, es posible avanzar en el reconocimiento de las diferencias. Si es verdad que las identidades se construyen “en un entramado dialógico que nos liga a los demás”, como él afirma, los identitarios de ambos lados han de empezar por abrir la mente.

Una sociedad donde la identidad de los demás es percibida como una amenaza para la propia, donde no se concibe otra dinámica social que la del enfrentamiento entre opresores y víctimas, donde las diferencias se exaltan hasta el punto de enfrentar a unos grupos contra otros, inevitablemente caerá en la deshumanización del otro. Como plantea Jordan Wales enPublic Discourse11 a propósito de la alt-right, ¿para qué dialogar con quien es visto como un ser inferior? De ahí a la violencia solo hay un paso.