¿Por qué importa el Tea Party?

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Mientras los analistas estadounidenses intentan calibrar el alcance político del Tea Party, algunos medios europeos despachan este fenómeno con una visión cargada de clichés. A juzgar por sus crónicas, da la impresión de que el Tea Party es un exabrupto ultraconservador, tan radical como pasajero. Pero, ¿y si las cosas fueran más complejas?

Lo que comenzó siendo un modesto movimiento de protesta contra la reforma sanitaria de Obama ha tomado cuerpo hasta convertirse en una fuerza cívica capaz de influir en el Partido Republicano.

El ejemplo más reciente son las victorias de los candidatos apoyados por el Tea Party en las elecciones primarias republicanas antes de los comicios legislativos del 2 de noviembre, donde se renovará toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de Estados Unidos, así como una treintena de gobernadores estatales.

Agitación en las primarias

Frente a los aspirantes oficiales del Partido Republicano (o sea, los respaldados por la cúpula del G.O.P., Grand Old Party), el Tea Party ha logrado que salieran sus candidatos republicanos favoritos en algunos estados como Nevada, Alaska, Delaware, Nueva York o New Hampshire.

El Tea Party pretende aglutinar a numerosos grupos en torno a la defensa de tres valores: la responsabilidad fiscal, el gobierno limitado y el libre mercado

Habrá que esperar hasta las elecciones de noviembre para ver cómo quedan estos nuevos candidatos frente a sus rivales demócratas. Pero, de momento, el Tea Party ya ha logrado que su mensaje llegue al Partido Republicano: apoyaremos a los candidatos que a nosotros nos gusten.

El G.O.P. podría soltar lastre y mantener su independencia. Pero sabe que, a corto plazo, el apoyo del Tea Party puede ser rentable. Ya lo fue en enero de 2010 en Massachussetts, cuando el republicano Scott Brown arrebató a los demócratas el escaño en el Senado que Ted Kennedy había ocupado durante 46 años seguidos hasta su muerte (cfr. Aceprensa, 22-01-2010).

El año pasado, el Tea Party también impulsó la candidatura de los dos republicanos que salieron elegidos gobernadores en Virginia y New Jersey. La gran pregunta que ahora está en el aire es si el Tea Party tiene suficiente musculatura para alterar la composición del Congreso en las próximas elecciones de noviembre.

Furia contra Washington

Es difícil saber qué es lo que define exactamente al Tea Party, dada la heterogeneidad de sus bases; la cantidad de mensajes que mezclan en sus convocatorias; y la falta de un liderazgo ideológico claro.

Como revela el texto del "Contract from America", los tea partiers no han logrado ponerse de acuerdo en cuestiones de índole social

Los analistas estadounidenses están divididos. Algunos columnistas del New York Times o del Washington Post hablan con displicencia del movimiento, pero lo cierto es que no le quitan el ojo. Y aunque hay disparidad de opiniones, pocos cuestionan la importancia de este nuevo modo de hacer política.

Arianna Huffington, cofundadora y editora del progresista The Huffington Post, advertía hace unos meses que atender únicamente a los aspectos “desagradables” y “feos” del Tea Party sería minusvalorar la naturaleza de este movimiento.

“Buena parte de la furia contra Washington y el establishment de ambos partidos es completamente legítima. Véanlo de esta manera: el Tea Party es una voz de alarma frente a la infección que crece bajo la piel del cuerpo político”, escribe en The Huffington Post (8-02-2010).

En el lado opuesto está David Brooks, un conocido intelectual conservador que se ha convertido en el azote del Tea Party desde las páginas del New York Times. Entre otras cosas, Brooks critica que los simpatizantes de este movimiento hayan convertido el anti-intervencionismo en una seña de identidad del conservadurismo americano.

“América afronta una serie de problemas que no pueden ser atajados quitándose al gobierno de encima. (...) Si todas las acciones del gobierno se califican automáticamente de cuasi-socialistas, entonces no hay necesidad de pensar. Un velo de dogmatismo cubrirá a la derecha”, sostiene en el New York Times (13-09-2010).

En general, en Estados Unidos el Tea Party suscita análisis apasionados e inteligentes. Algo muy diferente de lo que ocurre al otro lado del Atlántico, donde lo más común suele ser retratar al Tea Party como un movimiento que aglutina al sector más fanático de la derecha estadounidense.

Ninguneados por el poder central

La norteamericana Janet Daley, comentarista política afincada en Gran Bretaña, no oculta su perplejidad cuando ve que la BBC presenta al Tea Party como “un cruce entre el Klu Klux Klan y una brigada de neofascistas alemanes”. “Eso sí, ni una palabra sobre el meollo de la cuestión: los impuestos”, escribe en su blog del Daily Telegraph (7-09-2010).

Según Daley, el Tea Party es básicamente una reacción popular contra la subida de impuestos llevada a cabo por Obama. Hay, además, un ingrediente afectivo: la sensación de que el americano medio no cuenta para el gobierno federal.

A favor de esta interpretación cita el hecho de que el movimiento haya tomado su nombre del Motín del té, ocurrido en Boston en 1773. Al igual que el parlamento británico pretendió subir los impuestos a los colonos americanos sin contar con ellos, los seguidores del actual Tea Party se sienten ninguneados por Washington.

Esto es lo que, a juicio de Daley, no capta la BBC. La limitación del poder central “no es la típica excentricidad sureña: es un principio esencial de la Constitución” que pone en los estados el origen de la soberanía.

En consecuencia, la oposición a los impuestos federales y al inflado poder de la Administración Obama estaría ligada a algo más serio: nada menos que a la idea de libertad propugnada por los padres fundadores de Estados Unidos.

La Constitución norteamericana es precisamente el arma arrojadiza que utilizan los tea partiers en su peculiar cruzada política. Lo que pasa es que donde ellos ven restricciones al poder de cada individuo, la izquierda ve facultades del Congreso para establecer impuestos y proveer al “bienestar general” (cfr. artículo 1, sección 8 de la Constitución).

Las advertencias no se refutan

El análisis de Daley está en sintonía con algunos de los eslóganes más repetidos en las convocatorias del Tea Party: “Nosotros, el pueblo... ¡hemos vuelto!”; “Esto es América. ¿Cómo os atrevéis a ignorarnos?”; “Los impuestos sobre el trabajo son esclavitud”; “Cuando el pueblo teme al gobierno, hay tiranía”...

Probablemente, los mensajes de sus pancartas no pasarán a la historia de la filosofía política. Pero es que, como explica Lee Harris, el Tea Party no es un movimiento de ideas.

Para Harris, experto en psicología social y autor de varios ensayos políticos, muchos intelectuales no comprenden al Tea Party porque se limitan a analizarlo desde sus categorías propias (las ideas). En cambio, no hacen el esfuerzo de intentar comprender las motivaciones de los seguidores del Tea Party.

“Los intelectuales críticos con el Tea Party suelen atacarlo por su falta de ideas; sobre todo, por su falta de nuevas ideas. Y en esto tienen razón”, escribe en la revista Policy Review (junio/julio 2010) de la Hoover Institution.

Pero la pega que ponen les delata. Es precisamente ese esnobismo intelectual, lo que saca de quicio a los tea partiers. El movimiento Tea Party es la expresión de una actitud desafiante, resumida en el eslogan “Don’t tread on me!”.

Este viejo lema, utilizado como punta de lanza por los colonos americanos durante la Guerra de Independencia, no es la elaborada articulación de una ideología política. Ni siquiera es una idea. Es una advertencia.

“Si eres un intelectual -añade Harris-, puedes refutar una idea. Pero, ¿cómo refutas una advertencia? Lo único que puedes hacer ante ella es tenerla en cuenta o despreciarla”.

Más de mil grupos

La falta de organización del Tea Party hace muy difícil articular un mensaje común, aunque poco a poco se van perfilando sus demandas esenciales. La National Tea Party Federation (NTPF) es una formación que pretende aglutinar a numerosos grupos en torno a la defensa de tres valores: la responsabilidad fiscal, el gobierno limitado y el libre mercado.

Aunque la NTPF no representa a todos los tea partiers del país, muchos comparten esos mismos valores. A ellos se adhiere expresamente Tea Party Patriots, una organización que reúne a más de mil grupos con intereses diversos (desde los que reclaman una regulación más estricta de la inmigración hasta los que piden ampliar el derecho a llevar armas).

Junto a esas dos grandes organizaciones, se encuentra el Tea Party Express. Esta formación cuenta con más de 400.000 simpatizantes. Algunos medios norteamericanos, como la revista Time o el Christian Science Monitor, le atribuyen la victoria de Brown en Massachussetts y las últimas en Nevada, Alaska y Delaware.

Además, FreedomWorks presta ayuda a las anteriores organizaciones y coordina casi todos los eventos importantes del Tea Party. Su objetivo es “reclutar, formar, entrenar y movilizar a millones de activistas dispuestos a luchar para que haya menos gobierno, menos impuestos y más libertad”.

Esta organización ha logrado introducir en el Tea Party las técnicas de activismo utilizadas por Obama durante su campaña presidencial: visitas a votantes puerta por puerta, llamadas telefónicas en las 72 horas previas a las elecciones, asambleas locales (“caucus”), etc.

Lo que pide el Tea Party

Por ahora el texto que más aceptación ha tenido entre la mayoría de los simpatizantes del Tea Party es el llamado “Contract from America” (ver recuadro). Es el único documento que cuenta con el respaldo oficial de la NTPF.

Lo redactó el abogado y activista Ryan Hecker, a partir de un proceso de votación on line entre seguidores del Tea Party. El texto original ofrecía una lista de 1.000 propuestas, y los votantes tenían que elegir aquellas con las que más se identificaban.

Tras sucesivas votaciones, la lista fue menguando hasta quedarse en sólo diez medidas. Están ordenadas de mayor a menor popularidad. Salvo la primera (“Proteger la Constitución”; o sea, que el Congreso no apruebe ninguna ley sin hacer constar el precepto constitucional en que funda su autoridad para aprobarla), todas los demás se refieren a cuestiones económicas.

En el segundo puesto figura el rechazo al mercado de emisiones de gases con efecto invernadero.

La tercera medida reclama una enmienda constitucional para prohibir que se apruebe un presupuesto deficitario. También es relevante la cuarta: simplificar el impuesto sobre la renta, admitiendo un tipo único, entre otras cosas.

El objetivo del “Contract from America” es doble. Por un lado, sirve para fijar mínimamente la identidad del Tea Party. Por otro, se utiliza para distinguir a los políticos amigos (los que firman el texto) de los que no lo son. El político que firma el contrato, se garantiza el apoyo del Tea Party a su candidatura.

Pocos principios comunes

Tal y como revela el texto, los tea partiers no han logrado ponerse de acuerdo en cuestiones de índole social. Nada se dice, por ejemplo, sobre la defensa de la vida, el matrimonio o la inmigración; debates siempre candentes en Estados Unidos.

Hay quienes interpretan este silencio con suspicacia. En su crónica sobre el mitin celebrado el pasado agosto en el monumento a Lincoln de Washington, los corresponsales del International Herald Tribune (30-08-2010) escribían: “Los seguidores del Tea Party dicen que su objetivo se centra en el conservadurismo fiscal, y no en cuestiones religiosas ni sociales. Pero el mitin fue abiertamente religioso”.

En efecto, el mitin en Washington contó con varias pinceladas religiosas: las que dio el presentador de televisión Glenn Beck. Pero cabe preguntarse si las ideas de Beck, un ferviente mormón, las suscribirían los firmantes del “Contract from America”. En este sentido, la crónica del Herald Tribune toma la parte por el todo.

Más acertado parece el retrato que ofrecen esos mismos corresponsales cuando describen a la multitud congregada en el monumento a Lincoln como “una mezcla de grupos muy diversos, agrupados bajo el mismo paraguas del Tea Party”.

Esto explicaría, según Sean Collins, por qué las posturas políticas de los candidatos apoyados por el Tea Party (y en muchos sitios no los hay) pueden variar tanto. “El Tea Party no es un verdadero partido: no tiene líderes y sólo están unidos por un puñado de principios o políticas comunes” (cfr. Spiked, 27-09-2010).

¿Es racista el Tea Party?

Dada la heterogeneidad de grupos, es difícil saber quién se suma al Tea Party para impulsar las demandas genuinas del movimiento (responsabilidad fiscal, gobierno limitado y libre mercado) y quién lo hace para perseguir sus propios intereses.

Algunos ciudadanos de estados como Arizona o Texas han aprovechado el empuje del Tea Party para exigir más vigilancia policial en la frontera con México. Pero de ahí a calificar al Tea Party como un movimiento xenófobo hay un trecho.

Ciertamente, los seguidores del Tea Party no tienen el monopolio sobre los padres fundadores de América. Pero los contrarios tampoco tienen la facultad de decidir si procede o no debatir sobre la inmigración o sobre el papel del Estado en la economía. En una democracia tan legítimo es defender la subida de impuestos como oponerse a ella. Y lo mismo puede decirse del modo de regular la inmigración en un país.

Cuestión distinta es que algún racista se cuele en el Tea Party. De nuevo, estamos ante un problema derivado de la desorganización del movimiento: la falta de dirección central hace muy difícil cortar de raíz a los radicales de turno.

El pasado junio, la NTPF expulsó de la organización al Tea Party Express porque uno de sus portavoces, Mark Williams, había escrito una carta ficticia dirigida a Abraham Lincoln y firmada por “la gente de color”. Williams, que retiró su post de la Red, se defendió diciendo que la carta pretendía hacer una sátira sobre los que califican de racista al Tea Party.

Para desmentir la acusación de racismo, el Tea Party Express organizó en agosto la National Black Conservative Press Conference. Los protagonistas del evento fueron los líderes negros más representativos de la organización.

Emery McClendon, un veterano de guerra afroamericano, ha participado en decenas de actos del Tea Party. Él mismo se encargó de organizar uno en Indiana. La estrella invitada fue el ex candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos Alan Keyes, también afroamericano.

El testimonio de McClendon es elocuente: “Nunca he visto una pizca de racismo en ninguno de los actos en que he participado, ni en Indiana ni en otros estados. También he asistido a varios mítines en la capital del país, y no ha habido un solo incidente”.

Los zapatos de Sarah Palin y el New York Times


El Tea Party ha plantado cara a la elite progresista de Estados Unidos. Bajo el lema “We The People”, los simpatizantes de este movimiento están lanzando a la opinión pública un mensaje muy claro: “Nosotros, la gente corriente, también tenemos derecho a decir lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Y queremos que nos escuchen”.

Sarah Palin, ex gobernadora de Alaska y ex candidata republicana a la vicepresidencia de Estados Unidos, es la musa indiscutible del Tea Party. Para muchos conservadores norteamericanos, esta mujer de clase media encarna una serie de valores innegociables.

Casada y madre de cinco hijos, Palin es decididamente pro vida (cfr. Aceprensa, 4-09-2008); defiende que el matrimonio sólo puede ser la unión entre un hombre y una mujer; y muestra con orgullo sus convicciones religiosas en público. Es una conservadora incorregible.

Con este currículum no es difícil imaginar lo que piensan de ella los intelectuales más refinados. “Sarah es una fanática, pero una fanática divertida. Lleva moño y zapatos sexys”, escribe la columnista Maureen Dowd en un artículo en el que también bromea sobre los nombres de los hijos de Palin (cfr. The New York Times, 31-08-2008).

Lo de los zapatos tiene su explicación. En su presentación en Ohio como candidata a vicepresidenta, a Palin se le ocurrió calzarse unos zapatos rojos peep toe con tacón... de siete centímetros. Aquello desató una cascada de chismes en numerosos blogs políticos.

Curiosamente, el discurso de lanzamiento de Palin en Ohio pasó desapercibido para la comentarista. En eso consiste parte del elitismo progre que denuncia el Tea Party: en reírse de los zapatos ajenos desde una confortable columna del New York Times.

Por cierto, ¿saben qué hizo Palin tras el “escándalo” de los zapatos? Pues lo que siempre ha hecho: ponerse el mundo por montera. En uno de sus mítines más concurridos, reapareció con una cazadora de cuero roja y unas botas de gogó.


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