Los Verdes alemanes sufren una crisis de identidad

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Colonia. Entre los Verdes alemanes arrecia una crisis de identidad. El movimiento ecopacifista de finales de los sesenta es ahora un partido político en toda regla representado con tres ministros en el gobierno alemán: un gobierno que ayuda a bombardear Kosovo, recorta las pensiones a los ancianos y financia la construcción de centrales nucleares en el extranjero. Ahora que no están en la oposición, se ha producido una fuerte división interna entre aquellos que quieren un partido moderno capaz de hacer una política liberal en un sistema de economía de mercado -los llamados Verdes realistas o realos- y los que todavía viven en los años de las revueltas estudiantiles -los Verdes fundamentalistas o fundis- formando una especie de «comunidad espiritual» instalada en las utopías pacifistas ecológicas y sociales.

Recientemente, cuarenta miembros jóvenes que ejercen cargos directivos en el partido, entre ellos cuatro diputados federales del grupo de los realos, han firmado un manifiesto en el que piden que la formación política «acabe de una vez con los rituales de movimiento alternativo». La autoproclamada «segunda generación» acusa a los miembros fundadores de no haber sabido adaptarse a las nuevas circunstancias y de permanecer en un moralismo anacrónico ajeno a la realidad actual. «Acabad de una vez con las historias del 68», dicen. «Comprendemos que a la generación inicial le cueste dejar de ser un movimiento para convertirse en un partido. Ya habéis conseguido mucho: muchas gracias por ello. Pero, por favor, dejad de aburrir al país con las historias de entonces». Los autores sugieren una nueva orientación del partido caracterizada por el pragmatismo y la búsqueda de poder.

Los Verdes empezaron a consolidarse como fuerza política a finales de unos años, los 70, marcados por la Guerra Fría, la construcción de centrales nucleares y una preocupación popular creciente provocada por la entonces amenazante contaminación ambiental. Uno de los hechos decisivos que en 1979 catapultaron al Partido Ecologista a multitud de parlamentos regionales alemanes fue su oposición radical a los planes de la OTAN de instalar en el continente misiles de media distancia para proteger Europa contra posibles ataques de la Unión Soviética. Veinte años después, cuando los Verdes están representados en el Bundestag, en el gobierno federal e incluso en la Comisión Europea, parece haberse perdido ese pacifismo extremo de los comienzos. El presidente del partido y ministro de Exteriores, Joschka Fischer, cabeza visible de los pragmáticos, apoyó con todas sus fuerzas las operaciones de la OTAN en Kosovo, llegando a oponerse abiertamente a los Verdes tradicionalistas, que pedían un alto el fuego inmediato. Aunque ello le costara un bolsazo de pintura roja en un congreso extraordinario, Fischer no actuó en solitario, sino que fue respaldado en todo momento por la mayoría de los Verdes.

La crisis de identidad de los Verdes no es más que el resultado de la necesidad de renovarse que experimentan todos los partidos a consecuencia de los cambios en la sociedad. En el caso de los Verdes, la renovación trae consigo una inevitable ruptura con los orígenes. Los políticos de talla que han crecido en el partido han olvidado rápidamente sus raíces. Es comprensible que diputados y jóvenes dirigentes exijan un nuevo discurso. Piden que se dejen de repetir «las historias de siempre». Pero, ¿qué viene después? Después viene una política de centro: el «nuevo centro», según ha sido bautizada por el canciller Schröder, un sector político en el que poco a poco van concentrándose todos los partidos.

Vicente Poveda

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