El Observatorio

Las minorías siempre tienen razón

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El escritor Alexander Adams sostiene en Spiked que algunas minorías sociales, al igual que los extremistas islámicos, piden un respeto que equivale a coartar la libertad de expresión.

Adams se remonta a finales de los años 60, cuando las políticas de identidad adquirieron relevancia, tras el fracaso de La Vieja Izquierda occidental que con su análisis económico marxista fue incapaz de producir el cambio social y económico. “La Nueva Izquierda rechazó los principios de universalidad de La Vieja Izquierda, ensalzados por la Ilustración, la cual mantenía que los inalienables derechos surgían de una naturaleza humana común y establecía que uno forjaba lealtades al elegir una posición política, en vez de aceptar divisiones opresivas y debilitantes a partir de líneas nacionales, de género o religiosas. Por el contrario, la Nueva Izquierda sintió que la reforma de los derechos relacionados con los subgrupos podía ser un medio más efectivo de impulsar el cambio social”.

Señala Adams que, a partir de entonces, las convenciones sociales comenzaron a cambiar según modos que han sido incluso aceptados por la derecha política: las personas son consideradas cada vez más como partes de un subgrupo, definido según raza, etnia, origen nacional, religión, género, discapacidad y sexualidad. De este modo, paradójicamente, las constricciones sociales que fueron tan detestadas por La Vieja Izquierda, han sido convertidas en fetiches por la Nueva Izquierda.

Esto no refuerza la posición de las personas, dice Adams. “Cuando el valor de los individuos es medido por su grupo de nacimiento, los individuos se vuelven esencialmente pasivos. Las personas ya no ganan respeto por su educación, sus habilidades, su capacidad para construir relaciones y contribuir a la sociedad. Las políticas de identidad son exactamente lo contrario al empoderamiento: infantilizan a los individuos, al reducirlos a víctimas pasivas necesitadas de protección”.

Así, “el prefacio ‘Como mujer/afroamericano/musulmán/homosexual, yo…’ es utilizado como una autoridad a priori para las declaraciones que van a continuación. Ser miembro de un subgrupo minoritario ofrece al que habla una supuesta autoridad o un auténtico discernimiento, y le lleva a demandar compensación como víctima de opresión sistemática, discriminación institucional u ofensa puntual. (…) El lenguaje del victimismo domina ahora el discurso político. La declaración ‘Me siento ofendido…’ gana peso en los debates, cuando todo lo que demuestra es la capacidad del hablante para articular una posición subjetiva y temporal, que es tan incontestable e indiscutible como carente de significado sustancial. En lugar de que los puntos sean discutidos entre iguales, sobre la base de la lógica y la evidencia, el discurso común es ahora entre representantes de subgrupos inherentemente desiguales y giran sobre la profundidad de los sentimientos”.

Lo singular es que, aunque las políticas de identidad postliberales prometen una justicia emocional, terminan revelando su propia parcialidad, al apoyar a minorías favorecidas amparándolas contra el ‘discurso del odio’, mientras vacila en censurar la blasfemia.

Para preservar la libertad de expresión, ejercitarla

Adams piensa que el camino para establecer la imparcialidad y fortalecer el discurso libre pasa por: “1) que las organizaciones estatales y los políticos se desvinculen de las políticas de identidad y rechacen refrendar los agravios emocionales como asuntos de legislación civil o penal; y 2) que se revoquen las leyes relacionadas con el hate speech, la prevención de la ‘apología del terrorismo’, la blasfemia y todas las restricciones al discurso que no supongan incitación, acoso, conducta violenta y otros actos criminales.

El principio de la Ilustración sobre la libertad del pueblo para expresarse no pasa por su mejor época. “En clase, los académicos norteamericanos emiten trigger warnings (advertencias para no ‘herir sensibilidades’, N. del R.) sobre materiales potencialmente perturbadores, para que los estudiantes puedan ausentarse del aula y eviten sentir angustia alguna. Libros, revistas y canciones son prohibidos en los campus, y códigos de discurso impiden el uso de ciertas palabras. Como ha escrito Greg Lukianoff, los estudiantes reclaman no libertad de expresión, sino liberarse de la expresión”.

Es curioso cómo en este punto se cruzan los fundamentalistas religiosos y los proponentes de políticas sociales progresistas. “En un examen más cercano –anota Adams–, puede observarse una clara superposición entre ambos: los dos creen que sus certezas morales se anteponen al derecho de los otros a cuestionarlas; ambos están aferrados a ideas emocionales sobre la justicia, más que a la aplicación del racionalismo; ambos creen que el fin justifica los medios, son fuertemente paternalistas, y usan la presión para suprimir el disenso. Ninguno considera la libertad de expresión como un derecho inviolable, y recurren al uso de medios legales para dejar fuera de la ley las expresiones y acciones transgresoras”.

En este escenario, el autor propone recuperar el terreno perdido: “La única manera de preservar la libertad de expresión es ejercitándola. De lo contrario, la oportunidad de utilizarla te será arrebatada –por medios abiertos u ocultos–, los canales de expresión se atrofiarán, y cuando llegue tu momento de hablar, no serás capaz de hacerlo”.


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