La rebeldía de pensar con argumentos

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Más emotivos que analíticos, los jóvenes de hoy han crecido en una cultura donde triunfan los eslóganes que apelan a los deseos y a los sentimientos. En este contexto cultural, incentivar a los jóvenes a elaborar argumentos es una manera de enseñarles a ser rebeldes.

“Hemos personalizado tanto la verdad que cualquier crítica a ‘mi verdad’ es en realidad una crítica contra mí, un ataque personal”

Ahora que ha fallecido Steve Jobs no está de más recordar el eslogan creado por Apple en 1997: “Think Different”. El lema fue glosado algunos años más tarde por unos creativos de la compañía. Entre otras cosas, pensar diferente significa estar en el lado de los “rebeldes”.

¿Y quiénes son los rebeldes? Según una de las primeras versiones del manifiesto, rebeldes son “los que van a contracorriente. Los que ven las cosas de forma diferente (...). Los que exploran. Los que crean. Los que inspiran. Los que impulsan hacia adelante a la humanidad”.

A juzgar por algunos anuncios más recientes, este “pensar para cambiar las cosas” parece haberse deslizado hacia un subjetivismo de los sentidos. Algunos ejemplos: “¿Buscas placer?” (Magnum); “Multiplica tus emociones” (Honda Accord); “Disfruta al máximo de las sensaciones” (BMW)...

El eclipse de la razón

Dennis Buonafede, profesor de filosofía en un colegio de secundaria en Ontario (Canadá), considera que uno de los principales retos de los educadores de hoy es hacer comprender a los jóvenes que la verdad se apoya en unos fundamentos objetivos, que son independientes de la realidad sentida por los sujetos.

“El mundo occidental debe prestar atención a lo que Benedicto XVI ha llamado ‘el eclipse de la razón’ –escribe en The Integrated Catholic Life–. En términos sencillos, esto significa que el concepto de una verdad objetiva se ha abandonado y ha sido sustituida por el de la verdad subjetiva. Ya no existe una ‘verdad en sí’, sino una ‘verdad para mí’”.

Para Buonafede, esta manera de pensar ha traído dos consecuencias. “Primera: la verdad ha llegado a personalizarse hasta límites insospechados. Dado que es ‘mi verdad’, yo me identifico con ella. No es algo distinto de mí. Y la segunda: puesto que hemos personalizado tanto la verdad, cualquier crítica a ‘mi verdad’ es en realidad una crítica contra mí, un ataque personal”.

Equilibrio entre razón y sentimientos

Para Buonafede, el ideal no es que los jóvenes repriman sus sentimientos. Nadie, dice, puede vivir bajo la fría lógica del capitán Spock; a diferencia del personaje de Star Trek, los seres humanos llevamos encima una mochila de emociones, pasiones, deseos...

Lo que pasa es que, en un momento histórico en que lo afectivo goza de un prestigio desproporcionado sobre lo racional, es preciso equilibrar de nuevo la balanza hacia su justo término.

Pero recuperar el aprecio por la razón también tiene sus reglas. La razón, explica Buonafede, no puede rebajarse a una mera “sierva de los deseos” que se dedica a regularlos en función de un cálculo de ventajas y desventajas. A la larga, esta forma de utilitarismo pasa factura y puede llevar a vivir la realidad de forma irracional.

Lo que propone Buonafede, siguiendo a Sócrates, es emplear la razón para “examinar la propia vida a la luz de la verdad, no de los sentimientos personales, y de los principios metafísicos, no de los simples deseos”.

Bajo la guía de la razón

Sin descuidar la educación afectiva, pienso que educar a los jóvenes a vivir bajo la guía de la razón podría concretarse en tres aspectos:

— Ayudarles a pensar desde su realidad existencial. Se trata de que, poco a poco, vayan descubriendo los rasgos más característicos de su personalidad. Sobre todo, sus puntos fuertes para, desde ahí, abrirles horizontes. Pero también sus limitaciones, de modo que aprendan a discernir las que se pueden superar y las que conviene aceptar pacíficamente.

— Ayudarles a preguntarse por las causas de lo que les pasa. Un suspenso aislado es un suspenso aislado. Pero cinco suspensos “de repente” ya es otro cantar. Y lo mismo puede decirse de una temporada larga de malos modos o de “tristeza infinita”.

— Ayudarles a valorar la disciplina de los argumentos cuando experimenten el divorcio entre lo que les gustaría conseguir (metas y valores estables) y el tirón de los impulsos y los deseos del momento; disciplina que, a medio y largo plazo, se convierte en fuente de virtud, libertad auténtica y gratificaciones.


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