La luz roja de una conducta descontrolada

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“Mi marido es adicto a Twitter y a la luz roja de la Blackberry”, decía preocupada una mujer. En cualquier lugar y a cualquier hora, enviaba tuits compulsivamente, y consultaba sin parar sus menciones e interacciones en Twitter. Miraba continuamente de reojo la Blackberry, por si se había encendido la luz roja, avisando de un nuevo mensaje.

¿Existe la adicción a Internet y a las redes sociales? Según un estudio de la Universidad de Chicago, realizado con 205 personas, Facebook y Twitter son más adictivos que los cigarrillos o el alcohol. La conclusión de Wilhelm Hofmann, responsable de esta investigación, es que el deseo de usar las redes sociales es más difícil de resistir que el de fumar o beber alcohol, porque las redes sociales están más fácilmente disponibles, y porque existe la sensación de que el precio de engancharse a ellas es bajo.

¿Puede estar un día sin entrar en Twitter o Facebook? ¿Descuida su trabajo o sus obligaciones familiares por estar demasiado tiempo en Internet? ¿Está más pendiente de sus “amigos virtuales” que de los reales?

En muchos casos, el problema puede surgir por no saber desconectar, y estar constantemente pendiente del smartphone, para ver qué recibo y qué respondo. Algunos altos ejecutivos de empresas tecnológicas de Silicon Valley (EEUU) declaraban recientemente al New York Times su preocupación por las consecuencias negativas que esto puede generar.

Los aparatos interactivos pueden generar una sensación permanente de emergencia, activando mecanismos de estrés en el cerebro

Stuart Crabb, uno de los directores ejecutivos de Facebook, aconseja desconectar y dejar de usar, de vez en cuando, los ordenadores y smartphones. Richard Fernández, ejecutivo de Google, señala que los riesgos de estar “enganchado” a los dispositivos electrónicos son grandes. Según él, “los consumidores necesitan una brújula interna para saber equilibrar las capacidades que la tecnología les ofrece para trabajar y buscar, y la calidad de la vida que viven offline”.

Por su parte, Kelly McGonigal, psicóloga de la Universidad de Standford, cree que los aparatos interactivos pueden generar una sensación permanente de emergencia, activando mecanismos de estrés en el cerebro: “La gente no se considera adicta, pero sí atrapada”.

Satisfacción rápida y sin esfuerzo

Una adicción es la repetida vivencia de una necesidad imperiosa, difícilmente evitable, de consumir o hacer algo. Supone la pérdida del control sobre un determinado comportamiento, aun siendo consciente de las consecuencias negativas que pueda tener dicha actuación. El riesgo de desarrollar una dependencia de este tipo está en función de lo adictiva que sea la sustancia o la conducta, las características de la personalidad de cada uno, y el ambiente que rodea a la persona.

Altos ejecutivos de empresas de Silicon Valley admiten su preocupación por el riesgo de que los usuarios estén demasiado “enganchados”” a los dispositivos electrónicos

El doctor Javier Cabanyes, del departamento de Neurología de la Clínica Universitaria de Navarra, afirma que “Internet y las redes sociales pueden tener un alto poder adictivo, ya que producen satisfacciones en diferentes campos –conocimiento, curiosidad, estética, emociones, apoyos, sexualidad–; lo hacen de forma rápida y sin esfuerzo; pueden evitar insatisfacciones –inseguridad, temor, timidez, vergüenza–; y permiten hacerlo desde un mundo de deseos y fantasías autoconstruido, elaborado a medida”.

Si quien hace uso de Internet y las redes sociales “no tiene el suficiente autocontrol –por edad, por deficiente configuración de la personalidad, o por problemas añadidos como la soledad, baja autoestima, marginación, conflictividad familiar o social, etcétera–, el riesgo de adicción es mayor, al confluir un alto poder adictivo con escasos recursos de control personal”.

Algunos síntomas

A diferencia del mero usuario, la persona adicta a Internet o a las redes sociales se va focalizando cada vez más en esa actividad, va perdiendo otros intereses, y nada le atrae más que estar conectado. Al mismo tiempo, descuida o abandona otras actividades –estudio, trabajo, obligaciones familiares–; pierde relaciones personales, abandona otros intereses –deporte, formación personal, participación en eventos sociales fuera del ámbito cibernético–; y se va alejando progresivamente del mundo real.

Al consolidarse la adicción, la persona afectada necesita dedicar cada vez más tiempo e intensidad a esa actividad, para conseguir lo que antes lograba con menos. “La persona –añade Cabanyes– experimenta un marcado desasosiego, irritabilidad e incluso malestar físico cuando no está llevando a cabo esas actividades, lo que le potencia la necesidad imperiosa de realizarlas”.

Un caso real: un joven de veinte años fue abandonando progresivamente sus estudios universitarios, restringiendo las relaciones con sus amigos y la vida familiar, para encerrarse cada vez más en su habitación y ocuparse de su blog sobre balonmano. A través de dicho blog, había ido contactando con muchas personas que le seguían y le hacían preguntas, pues el joven poseía amplios conocimientos sobre ese deporte. El doctor Cabanyes explica que “la intervención terapéutica no fue fácil, pero finalmente se logró que superara la inseguridad que tenía de fondo, compensada anómalamente en el mundo virtual, y que desplegara muchas de sus capacidades, abriéndose al mundo real y experimentando, así, más satisfacciones”.

¿Problemas ya existentes?

Según algunas informaciones, la American Psychiatric Association planea incluir en 2013 el “desorden en el uso de Internet” en el apéndice de su manual de trastornos mentales, el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, que se considera la obra de referencia en trastornos psíquiátricos.

Sin embargo, no existe una postura unánime sobre este tema, pues algunos autores y estudiosos consideran que no existe la adicción a Internet como tal. Por ejemplo, Vaughan Bell, profesor del Instituto de Psiquiatría del King’s College de Londres, opina que “la gente es adicta a sustancias o actividades, no a un medio de comunicación. Decir que soy adicto a Internet es tan absurdo como decir que lo soy a las ondas de radio”.

Como él, varios psicólogos y psiquiatras llevan años estudiando la relación entre interacción social e Internet. Los resultados de Scott Caplan, de la Universidad de Delaware (EE.UU.), revelan que las personas con ansiedad, depresión y dificultad para relacionarse tienden a usar más Internet. Según Caplan, la Red no crea patologías, sino que canaliza un problema ya existente.

Sea como fuere, pasar demasiado tiempo en Internet o en las redes sociales puede llevar a descuidar obligaciones; o a dejar en un segundo plano amistades personales, más enriquecedoras que una relación virtual.

Para solucionar el problema de la supuesta adicción a Internet, Javier Cabanyes considera que “es necesario potenciar el autocontrol, asumir la realidad, dar un sentido más hondo a la vida y disponer de verdaderos apoyos sociales”.

Respecto a la prevención, es una cuestión educativa: procede de educar el control personal y proponer razones para ello: “Los padres han de educar en el sentido de los límites, con modelos atractivos y coherentes. La escuela debe ser un refuerzo en la misma línea, y un ámbito de desarrollo personal y de habilidades sociales.”

Es evidente que Internet ha supuesto una revolución en el acceso a la información y al conocimiento, con claros beneficios para la humanidad. Pero como cualquier otra herramienta, enriquece o empobrece según el uso que se le dé, del cómo y el para qué.

¿Internet nos hace superficiales?

Sin llegar al extremo de la adicción, Internet y las redes sociales también pueden generar distracción y superficialidad. El escritor estadounidense Nicholas Carr, autor del libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, afirma que “Internet alienta la multitarea y fomenta muy poco la concentración. Cuando abres un libro, te aíslas de todo porque no hay nada más que sus páginas. Cuando enciendes el ordenador, te llegan mensajes de todas partes, es una máquina de interrupciones constantes”.

En declaraciones a El País, Carr reconoce que Internet aporta muchas cosas positivas: “Nos permite mostrar nuestras creaciones, compartir pensamientos, estar en contacto con los amigos, y hasta nos ofrece oportunidades laborales”. Internet y las nuevas tecnologías “están teniendo tanto efecto en nuestra forma de pensar porque son útiles, entretenidas y divertidas. Si no lo fueran, no nos sentiríamos tan atraídos por ellas”.

Sin embargo, este autor considera que “nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información, y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad”.

Para Carr, la capacidad para concentrarse en una sola cosa “es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más”.

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