Excusas para anular el debate

La intolerancia de una nueva ortodoxia

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Cuando cambian los valores sociales, acaba formándose una nueva ortodoxia. Y siempre surge la tentación de silenciar al discrepante. En esto la ortodoxia liberal que hoy predomina en Occidente no es más tolerante que las anteriores. Con el hostigamiento mediático o con presiones legales se intenta crear muchas veces un clima social en el que se considere inadmisible proponer la postura contraria.


Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 18/14

Cuando estaban en minoría, los liberales apoyaban la cultura alternativa, que propugnaba modelos distintos a los entonces vigentes. Cualquier intento de silenciarlos hubiera sido denunciado como opresión y autoritarismo. Cabría esperar que mantuvieran esa actitud abierta y dialogante. Pero ahora que forman el establishment detestan que alguien se atreva a proponer cualquier alternativa a su propio credo.

Un tema tabú
Un modo de defender la propia hegemonía es retirar un tema del debate social. Cabría pensar que en una sociedad pluralista todo el mundo tiene derecho a exponer sus propias ideas y a luchar por ellas. Pero no. Basta ver las reacciones frente al intento del gobierno español actual de cambiar la ley del aborto, con la misma legitimidad con que la modificaron gobiernos anteriores.

Pero el intento de cambiar lo establecido es denunciado como un ataque a los derechos de las mujeres. No se quiere discutir si la ley ha producido demasiados abortos, ni si el feto es una vida humana, ni si está protegido por la ley, ni si hay otros modos de resolver un posible conflicto de derechos... Basta decir que es un derecho de la mujer. Las mujeres que están en contra no cuentan. El aborto se convierte así no ya en un derecho, sino en un tabú, que no puede ser motivo de debate.

Un modo de ahorrarse el trabajo de debatir es inventarse un eslogan que demoniza la opinión contraria

Con las “fobias” no se discute
Otro expediente cómodo para no debatir es despachar las opiniones contrarias como “fobias”. Quien las sostiene padece un trastorno, una debilidad mental, que le lleva a adoptar una reacción irracional. Por lo tanto, no hay nada que discutir con él. Redefinir una idea como “fobia” cancela el debate.

Aunque no sean los únicos, quienes han hecho un arte de este recurso fácil son los movimientos gais. Incluso han conseguido que se aprueben leyes contra la “homofobia”, lo cual no deja de ser un contrasentido, pues si es una fobia patológica quien la sufre no es responsable de sus actos.

Pero el calificativo de “homófobo” no sirve solo para etiquetar a los grupúsculos radicales que maltratan o insultan a los homosexuales. Por extensión, se utiliza también para descalificar de antemano a quien se opone a algunas de las propuestas del movimiento gay. Si crees que el matrimonio y las uniones homosexuales no son la misma cosa, si defiendes que es mejor que un niño sea criado por un padre y una madre en vez de una pareja del mismo sexo, si tienes reservas morales hacia la conducta homosexual, es muy probable que tus ideas sean calificadas de “homófobas”.

Se frustra así cualquier posibilidad de debate y de entendimiento. Como ha escrito Frank Furedi: “El rechazo sistemático a tomarse en serio las capacidades mentales de los discrepantes es la apoteosis de la estrechez de mente. Cuando la gente se niega a someter sus razonamientos al escrutinio público, con la excusa de que quienes le llevan la contraria se mueven por el ‘odio’ o por una ‘fobia’, entonces difícilmente pueden clarificarse los asuntos en discusión y la verdad permanece oculta. Acabamos así metidos de lleno en la debatefobia”.

A Furedi estas acusaciones de “fobias” le recuerdan el modo de proceder en la antigua URSS, donde algunos disidentes eran recluidos en psiquiátricos. En vez de la reclusión, en la sociedad actual se recurre a estigmatizarlos y a imponerles diversas formas de inhabilitación cultural y social. No deja de ser curioso que los mismos que presionaron para que la homosexualidad no fuera considerada una enfermedad psiquiátrica, se inventen ahora una “fobia” que supone descalificar la salud mental de otros.

Agite un eslogan
Un debate exige siempre argumentos y réplicas, matices y datos. Algo laborioso. Un modo de ahorrarse este trabajo es acuñar un eslogan que demoniza la postura contraria, y aborta la discusión. Por ejemplo, un intento de reforma de la gestión de un servicio del Estado de bienestar –la sanidad, la educación...– , abriéndolo a la competencia o modificando las condiciones laborales en que se presta, puede ser descarrilado al grito de “privatización”. De este modo el foco de la atención se centra en si alguna empresa privada va a ganar cuota de mercado, y no en si el ciudadano va a estar mejor servido y en si el servicio se prestará con un ahorro de costes.

Cuando se confronta el eslogan con la realidad, suele resultar malparado. Por ejemplo, aunque en España la enseñanza pública siempre ha sido mayoritaria y ha estado mejor financiada por el Estado que la privada concertada, a menudo los sindicatos claman contra la “privatización” de la enseñanza que, a su juicio, está procurando el gobierno –el nacional o los regionales, según quien mande–.

Sin embargo, las cifras nos dicen que la enseñanza pública en los niveles no universitarios pasó de englobar el 67,3% de los alumnos en el curso 2007-08 al 68,3% en el 2012-13. En la Universidad, el número de alumnos está en baja desde hace tres cursos, tanto por la reducción de la población joven como por los posibles efectos del encarecimiento de las tasas en la enseñanza pública. Pero también aquí resulta que las universidades privadas han experimentado un descenso mayor de alumnos de grado que las públicas. ¡Podrían clamar contra la “estatalización”!

Otro recurso para acallar al adversario es aplicarle un calificativo antes acuñado para descalificar a charlatanes. Así, el calificativo de “negacionista”, tradicionalmente utilizado para reprobar a los que contra toda evidencia han rechazado la realidad del Holocausto judío, se ha reciclado para incapacitar a los que ponen en duda lo que ha dado en llamarse “cambio climático”. Sin duda, no faltan pruebas de la alteración del clima por la actividad humana, pero también es verdad que hay opiniones variadas sobre la magnitud del cambio, sus consecuencias y el modo de afrontarlo. Pero en vez de entrar en este debate, se da por supuesto que el adversario es un “negacionista”, es decir, alguien que actúa de mala fe y con el que es inútil discutir.

La invocación ritual al respeto a la “diversidad” y a la “inclusión”, puede servir para imponer el pensamiento único y excluir al que expresa una opinión diversa

Tú me odias
Otra variante para silenciar al adversario, incluso por la vía penal, es calificar sus palabras de “hate speech” o discurso del odio. El mero hecho de desaprobar el estilo de vida de un grupo o de discrepar públicamente de sus pretensiones, equivaldría a un comentario maligno, que solo puede estar movido por el odio. Invocando distintos motivos –racismo, sexismo, xenofobia, homofobia...– diversos grupos intentan que el Estado castigue no unas acciones sino unas palabras que dichos grupos consideran difamatorias.

Por ejemplo, la propuesta Lunacek, aprobada recientemente en el Parlamento Europeo como “Hoja de Ruta de la UE contra la homofobia y la discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género”, pide expresamente a los Estados “adoptar legislación penal que prohíba la incitación al odio por motivos de orientación sexual e identidad de género”.

Lo cual plantea el problema de definir qué es la incitación al odio, siempre y cuando no venga definida simplemente por los sentimientos del que se siente ofendido. Los que proponen penalizar el “discurso del odio” suelen invocar el daño social causado por la expresión de esas ideas racistas, sexistas... Pero la ley penal exige que el delito esté bien tipificado. La libertad de expresión y de conciencia, y la capacidad para actuar conforme a esas convicciones, no deben ser impedidas solo para que alguien no se sienta molesto por las críticas de otros.

Las sospechas sobre las verdaderas intenciones de los que invocan el “hate speech” se refuerzan cuando uno observa que suelen ser grupos que no tienen inconveniente en utilizar el lenguaje más virulento contra sus opositores o que recurren al activismo más intolerante, como el de las aguerridas activistas de Femen, en defensa de sus propias causas.

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