La despedida de dos portavoces vaticanos

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Con la dimisión simultánea de los portavoces de la Santa Sede pasa una oportunidad de hacer más ágil y profesional la comunicación vaticana. Esa es la opinión, entre otros, de John Allen, quien cree que el problema no está en la renuncia, sino en lo que, a su juicio, la ha provocado.

Greg Burke, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, y Paloma García Ovejero, vicedirectora, fueron nombrados a la vez, hace dos años y medio, y han presentado la renuncia el mismo día, el 31 de diciembre pasado. Ambos son periodistas conocidos en Roma. Él fue corresponsal durante cerca de 20 años de medios norteamericanos: primero, del National Catholic Register, y después, de Fox News, hasta que en 2012 pasó a trabajar para el Vaticano como asesor de comunicación de la Secretaría de Estado. Ella estaba al cargo de la corresponsalía de una cadena española de radio, la COPE, desde 2012.

Burke comenzó su trabajo en la Santa Sede a propuesta de Mons. Peter Bryan Wells, también estadounidense, que a la sazón era asesor en la sección de Asuntos Generales de la Secretaría de Estado. Wells consideraba necesaria la ayuda de un profesional del periodismo para orientar la comunicación vaticana, especialmente en ocasiones difíciles como el entonces reciente caso “Vatileaks”.

“No les dieron realmente oportunidad de configurar la comunicación vaticana, mediante acceso directo al jefe y un papel significativo en el proceso para tomar decisiones” (John Allen)

También se considera importante la intervención de Wells en el nombramiento de Burke para la Oficina de Prensa, primero como vicedirector, a finales de 2015, y como director en julio siguiente, cuando se retiró el P. Federico Lombardi. Wells dejó la Secretaría de Estado en febrero de 2016, al ser nombrado arzobispo y nuncio en Sudáfrica y Botsuana. Él era en la Curia el principal valedor de una comunicación más activa, que se adelantara a las reacciones de los medios y la opinión pública. Sin él, se impuso de nuevo el enfoque tradicional de la Secretaría de Estado, en el que la Oficina de Prensa no tiene protagonismo y es fundamentalmente un emisor de comunicados oficiales.

Talento desaprovechado

En virtud de ese enfoque, dice el vaticanista John Allen en su análisis de la dimisión de los portavoces, a Burke y García Ovejero “no les dieron realmente oportunidad de configurar la comunicación vaticana, mediante acceso directo al jefe y un papel significativo en el proceso para tomar decisiones”. Dependían de la Secretaría de Estado, y “en vez de permitirles aconsejar previamente a Francisco sobre cómo serían recibidas determinadas decisiones o declaraciones, para prevenir malentendidos y hacer llegar el mensaje que se quería transmitir, quedaron reducidos a gestionar aspectos secundarios de la comunicación vaticana –como tuits y publicaciones en Instagram– o al mantenimiento básico de la propia Oficina”.

Por eso, a Allen no le extraña que Burke y García Ovejero, a los que describe como periodistas de raza, hayan acabado por renunciar a unos puestos donde no se les daba espacio para todo lo que podrían aportar. Era un caso de talento desaprovechado.

Lo que no significa que no hayan hecho nada. Allen, en su elogio a los dos portavoces, destaca que infundieron en la Oficina de Prensa un ambiente acogedor para los periodistas, y atendieron a todos sin vetos ni favoritismos, con completa disponibilidad. También inventaron una nueva manera de dar información, con “puntos de encuentro” informales entre personalidades de la Iglesia y periodistas, mucho más útiles para estos que los comunicados. Promovieron el uso de las redes sociales y consiguieron que hubiera rápidamente buenas traducciones de los textos importantes a las principales lenguas.

Lo que no lograron sino en limitada medida fue hacer llegar con eficacia la voz de la Iglesia a la opinión pública, anticiparse a las crisis y presentar una narrativa clara para los medios. La Oficina de Prensa apenas ha tenido actuación relevante en asuntos difíciles, como el de los abusos sexuales en Chile o las acusaciones hechas al Papa y a miembros de la Curia por el arzobispo Carlo Maria Viganò, porque no se contaba con ella. Consecuencia: cuanta menos información, más rumores; las interpretaciones tienden a rellenar los huecos que deja la falta de datos.

Sin embargo, esto no es nuevo, señala Allen: está metido muy dentro en el modo en que el Vaticano lleva la comunicación. Es verdad, se podría precisar, que durante unos años hubo otro aire; pero la época de Joaquín Navarro-Valls fue excepcional.


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