Japón intenta compensar con inmigrantes el déficit de nacimientos

Página 1

Los japoneses tienen un problema: su población se reduce. La última vez que el país exhibió una tasa de fecundidad que garantizara el reemplazo poblacional fue en 1974, con 2,5 hijos por mujer, pero de entonces acá ha ido a la baja, y en la actualidad está en 1,44. Y no es que peligre la economía del futuro: es que peligra la actual.

Según cifras acopiadas por The Economist, en las últimas dos décadas ha caído en un 25% el número de trabajadores menores de 30 años y hay un 60% más de puestos laborales que personas en busca de trabajo. A menos nacimientos, más envejecimiento total, y a más envejecimiento, más puestos de trabajo en la atención a los mayores, justo uno de los empleos que los japoneses no se desesperan por tomar.

El objetivo de Japón es llegar a una tasa de 1,8 hijos por mujer en 2025, algo incluso insuficiente

Otros sectores perjudicados por el descenso de la mano de obra autóctona son la agricultura, la industria naval, la hostelería y la construcción; esta última, por cierto, cuando se acercan las Olimpiadas de 2020 y hay mucho ladrillo que poner en instalaciones deportivas. Enterado de que, en todo caso, los Juegos Olímpicos son una minucia en comparación con el declive económico que puede experimentar el país a más largo plazo, el gobierno nipón se ha propuesto revertir la tendencia, para lo cual promueve la inserción laboral de las mujeres y estimula la natalidad.

En su Plan para la Participación Dinámica de todos los Ciudadanos, de 2016, Tokio trazó algunas líneas de acción, como impulsar la mejora de las condiciones laborales, de modo que sea posible conciliar trabajo y cuidado de la familia. Además, invitó a las empresas con trabajadoras que hayan dejado sus puestos para cuidar de sus hijos, a readmitirlas, y dijo que las autoridades desarrollarían una labor “proactiva” para animar a los hombres a que se involucren en la atención a los pequeños en casa. Asimismo, pidió potenciar la costumbre de que varias generaciones vivan en una misma casa, de manera que se cree una cultura del cuidado mutuo, particularmente el enfocado en los niños pequeños.

En lo que esto rinde frutos –el objetivo es llegar a 1,8 hijos por mujer en 2025, algo incluso insuficiente–, ¿quiénes se encargarán de levantar los edificios, atender a los enfermos y a los ancianos? Los inmigrantes.

Los extranjeros, muy pocos

Los expertos en temas demográficos apuntan factores diversos para explicar la caída de la natalidad en el país asiático. Uno es la tendencia a postergar el momento del matrimonio y el consecuente retraso de la maternidad hasta bien pasados los 30 años. También se cree que la actitud de los japoneses hacia el sexo de pago y la pornografía –Japón es el cuarto o quinto consumidor de porno a nivel global– puede estar incidiendo negativamente.

El fenómeno de la baja natalidad es bastante conocido por sus efectos en otros sitios del mundo desarrollado. España e Italia, por ejemplo, exhiben tasas aun más bajas que las de Japón, con 1,32 hijos por mujer en el primer caso y 1,37 en el segundo.

Los extranjeros constituyen apenas el 1,9% de la población total de Japón

Esto dejará huella: según estadísticas citadas por el diario italiano Avvenire, hoy hay 35 ancianos italianos por cada 100 personas en edad laboral, pero en unos 30 años, la cifra será de 63. Y España, según las cifras del INE, de mantenerse la curva demográfica descendente, en 15 años puede perder más de medio millón de habitantes, y 5,4 millones en 2066.

Ahora bien, en Europa, son los inmigrantes y sus hijos los que pudieran contribuir a atenuar el declive. Cabe preguntarse, dado que sociedades más acostumbradas a recibir extranjeros tienen dificultad para “llegar a fin de siglo”, qué tal les irá a otras que, igualmente necesitadas de personas, no les muestran su mejor cara.

La relación de los japoneses con los inmigrantes ha sido más bien una no-relación: apenas hay residentes foráneos. Según cifras oficiales citadas por The Japan Times, estos constituyen apenas el 1,9% de la población total de 127 millones (un tercio de ellos son chinos, vietnamitas y nepalíes). Esos números ni se acercan a los de Australia (28%) y Suiza (29%) o Suecia (18%). A una sociedad tan homogénea como la nipona, tales porcentajes le causan espanto, pero en este minuto su solución pasa por subir también los suyos.

“Temor a los graffiti”… y a la inseguridad

En los años 90, una multitud de brasileños de ascendencia japonesa voló a la “madre patria” en busca de oportunidades y recibió permisos de trabajo. Pero cuando la crisis económica se abatió sobre el archipiélago a finales de los 2000, Tokio hizo muy poco por retenerlos y les ofreció billetes de avión gratis y algunos subsidios si se martchaban para no regresar.

Que el país haya tratado así incluso a los nikkejin (los no nacionales con ancestros nipones) dice mucho de cuál ha sido la actitud hacia el resto. La costumbre de dirigirse fríamente a alguien como gaijin, extranjero, en vez de con fórmulas más corteses, revela que existen recelos, uno de ellos, tal vez, que en la maleta de los inmigrantes lleguen también los problemas de sus países de origen.

“Tengo la imagen de que ensuciarán la ciudad, pintando graffiti y arrojando la basura en cualquier lugar”, dice a Reuters una tokiota de 40 años, que pondría menos reparos a los extranjeros con altos estudios que a los de baja calificación. Otros, más que por los graffiti, se alarman por la posibilidad de que los ataques terroristas sufridos en Europa se trasplanten allí.

El gobierno nipón se propone crear un permiso de trabajo más extenso y autorizar la reunificación familiar de los trabajadores foráneos

Entre los preocupados hay lo mismo líderes de opinión que gente sencilla: “Creo que seguiremos necesitando trabajadores extranjeros –afirma un ingeniero de 28 años–, pero la palabra ‘inmigración’ me causa angustia, porque las cosas buenas de Japón, como la seguridad pública, pueden deteriorarse”.

Son necesarios

La percepción, sin embargo, parece estar cambiando ligeramente. En 2017, un sondeo de NHK sobre la aceptación de los extranjeros entre la población autóctona arrojó que un 51% de los consultados querían que se mantuvieran las actuales restricciones a los trabajadores inmigrantes –entre ellas, que los de baja calificación no puedan llevar consigo a sus familias–. La cifra anterior, de 1992, era el 56%.

Aunque la mitad de la población no esté muy entusiasmada con la idea de darles más oportunidades a los no nativos, el gobierno, que ve el asunto en perspectiva y que sufre la presión de las empresas, está cambiando la política. En junio anunció que crearía un nuevo permiso de de cinco años para los trabajadores de la construcción, la agricultura, la hostelería, etc., y que autorizaría la reunificación familiar y la estancia por tiempo indefinido en suelo nipón a aquellos que aprueben ciertos exámenes.

Cuando la Dieta (Parlamento) dé luz verde a las modificaciones propuestas por el ejecutivo –lo que se prevé que suceda en otoño–, se calcula que podrían llegar unos 500.000 obreros foráneos desde entonces hasta 2025. Lo novedoso aquí es que lo harán no por la puerta de servicio, sino por la principal, por la vía de la regulación ordinaria, a semejanza de como sucede con los profesionales altamente calificados.

Probablemente, Tokio tarde bastante más de siete años en verse tan multicultural como Londres o Nueva York –el idioma seguirá siendo un altísimo listón–, pero la sociedad ya estará evitando el riesgo de consumirse en sí misma. Al menos, mientras los nidos vuelven a llenarse.

 

Corea del Sur, mínimo mundial de fecundidad

Si el índice de natalidad de Japón está en mínimos, el de Corea del Sur va incluso por debajo, con 1,05 hijos por mujer. La curva ha ido cayendo desde los años 80, al punto de que ha habido que cerrar desde entonces 3.500 escuelas por falta de alumnado.

El alto costo de la vida, el paro juvenil (10,5%) y la poca consideración a las mujeres en el puesto de trabajo –muchas temen perderlo si tienen hijos– no ha favorecido una situación distinta. Quizás por ello el gobierno coreano, a semejanza del japonés, ha tomado cartas en el asunto: su apuesta pasa por reducir la brecha salarial entre sexos y acabar con los horarios laborales que pasan de lo normal, así como por la vía –menos ortodoxa– de arreglar matrimonios entre residentes de las regiones rurales y mujeres llegadas de países asiáticos más pobres.


Nuestra web utiliza cookies para facilitar el servicio. Si continúa navegando entendemos que las autoriza.