Guadalupe Ortiz de Landázuri, una química en los altares

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El próximo 18 de mayo será beatificada en Madrid Guadalupe Ortiz de Landázuri. Una madrileña del barrio de Malasaña, que nació en 1916 y falleció en Pamplona en 1975; estudio Ciencias Químicas, pidió la admisión en el Opus Dei a los 27 años y desarrolló su vida en España, México y Roma, combinando su trabajo profesional como docente en varios centros educativos con la puesta en marcha de iniciativas apostólicas al servicio de Dios y de los demás.

Guadalupe será la primera persona laica del Opus Dei en ser beatificada. El mensaje de santificación en medio del mundo que Dios mostró a san Josemaría, y que posteriormente recogió el Concilio Vaticano II con la llamada universal a la santidad, tiene en ella su primer fruto patente… y venerable. Se puede decir que esos “caminos divinos de la tierra” que se han abierto para todos, llevan al Cielo. Garantizado: Guadalupe los recorrió. La vida de san Josemaría y su sucesor, el beato Álvaro del Portillo, lo atestiguan en primer término, pero mientras que ambos son sacerdotes, Guadalupe es, por decirlo con expresión del Papa Francisco, “un santo –una santa– de la puerta de al lado”.

Genio femenino

Y ese primer miembro laico del Opus Dei en llegar a los altares, resulta ser una mujer. En tiempos de genio femenino se trata de un hecho que puede ser celebrado y valorado independientemente de las creencias de cada uno. No sólo por romper techos de cristal –que también– sino por alcanzar la cima de la santidad y ser reconocida por ello.

Era una mujer libre y feliz, de risa contagiosa, que no tuvo miedo ni a la vida ni a la enfermedad ni a la muerte

Guadalupe fue una mujer del siglo XX distinta a la mayoría. Estudió la carrera de Ciencias Químicas en 1933 en un momento en que pocas accedían a esos estudios; defendió su tesis doctoral en un tema puntero y la patentó; se dedicó a la investigación y a la docencia en la escuela privada y pública cuando las menos ejercían una profesión a la altura de su nivel intelectual; dirigió dos residencias universitarias femeninas: Zurbarán, en Madrid, y lo que hoy es la Residencia Universitaria Latinoamericana, en México D.F.; colaboró estrechamente con san Josemaría en el gobierno del Opus Dei, etc.

Todo esto no es motivo para elevar a alguien a los altares, pero, como dice el Papa Francisco en su exhortación apostólica sobre la santidad, Gaudete et exsultate, “cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo nos regala” y, en esta época, la vida de esta pionera tiene mucho que decirnos sobre la santificación del trabajo y la aportación de la mujer a la sociedad y a la Iglesia.

Unidad de vida

La Iglesia beatifica a Guadalupe porque, desde que descubrió que Dios la llamaba a encontrarle, tratarle y amarle en el laboratorio, en los pucheros –como diría Santa Teresa– en la calle, entre sus amigos y su familia, toda su vida fue avivar ese amor y refractar su calor y luz a los demás, ya fueran colegas, alumnos, indígenas de Tacámbaro, chicas universitarias de Madrid y México D.F. o familias pobres de Valdebebas, como aquellos ladrillos de cascarilla de arroz de su tesis doctoral. En síntesis: ser contemplativa en medio del mundo y ser Cristo que pasa por la vida de la gente.

Hay en toda su vida una coherencia que San Josemaría llamó rectitud de intención, y otros denominan buena voluntad, a pesar de sus debilidades y defectos, conocidos y aceptados con la misma sencillez y paz que audacia e inconformismo, al estilo de la infancia espiritual de santa Teresita de Lisieux o del propio san Josemaría. A veces era olvidadiza, poco hábil para las cosas materiales, tenía cierto espíritu de contradicción, le podía el trabajo, no se percataba de las debilidades de las demás, era poco constante en las prácticas de piedad cristianas… Pero esa decisión vital mantenida en el tiempo, ese deseo de amar cada día más con obras, es condición suficiente para que Dios haga cosas grandes.

Guadalupe aceptó todos los retos que se le presentaron en la vida porque tuvo siempre una gran seguridad en Dios, en su vocación y en aquel sacerdote que le abrió un panorama insospechado de santidad, san Josemaría. Era una mujer libre y feliz, de risa contagiosa, que no tuvo miedo ni a la vida ni a la enfermedad de corazón que padeció casi 20 años, ni a la muerte.

Abrir caminos

Pienso sinceramente que su carácter valiente, sus inquietudes profesionales y su actitud generosa posibilitaron que el fundador del Opus Dei se apoyara en ella para impulsar entre las pocas que entonces había en la Obra la convicción de que la mujer estaría presente en todos los ámbitos laborales para mejorar la sociedad con su profesionalidad y sentido de servicio, como les había dicho a aquellas tres primeras en 1942, un par de años antes de que llegara Guadalupe. No en vano, fue a ella a quien confió la formación de chicas universitarias en aquellas primeras residencias, a partir de 1947.

Los jóvenes pueden aprender de ella la determinación para perseguir sus sueños, su alegría, capacidad de amistad y diligencia en los estudios

El Papa recuerda en Gaudete et exsultate a aquellas “mujeres desconocidas u olvidadas quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio”. Ahí están Teresa, Brígida, Catalina de Siena, Edith Stein, Teresita de Lisieux, y otras santas y beatas. Muy pronto también Guadalupe Ortiz de Landázuri.

Edith Stein habla, en su tratado sobre la mujer, de algo que en su momento me interesó y que pienso que es aplicable a la nueva beata:

“Cada cual está llamado al seguimiento de Cristo. Cuanto más avance en este camino, tanto más será semejante a Cristo y, puesto que Cristo encarna el ideal de la perfección humana, en la que no existen unilateralidades ni imperfecciones ni debilidades, uniendo en lo humano los rasgos de la naturaleza masculina y femenina, los seguidores fieles a Él llegan a estar cada vez más elevados por encima de los limites de la naturaleza. Por esto vemos en hombres santos una bondad y una ternura femenina, un cuidado verdaderamente materno de las almas que les son confiadas, y en mujeres santas una audacia, prontitud y decisión masculinas”.

Guadalupe aúna muchas virtudes y puede ser inspiradora para las mujeres y hombres de hoy en todas las etapas de su vida. Los niños y adolescentes pueden aprender de ella a su edad su valentía, fortaleza y apertura de carácter. Los jóvenes, la determinación para perseguir sus sueños, su alegría, capacidad de amistad y diligencia en los estudios. Las mujeres y los hombres en edad de tomar decisiones y aportar a la sociedad, su generosidad, esfuerzo por hacer rendir los talentos y renovar el amor cada día, capacidad de conciliar trabajo y familia, sentido positivo y paciencia con uno mismo. Aquellos que se encuentren en dificultades especiales, enfermos o cercanos a la muerte, su confianza en Dios, la decisión para poner los medios humanos y sobrenaturales, la unión a su Voluntad, la paz, el rechazo a la falsa compasión de uno mismo.

Santa de la conciliación y promotora de la mujer

Con la centralidad del amor como leit motiv de su vida, la generosidad en la atención y el cuidado de la familia que había formado en el Opus Dei y su empeño por ser cada día mejor profesional, se abrió camino en el campo universitario y laboral en momentos personales y sociales difíciles con el único empeño de hacer rendir sus talentos, fue una adelantada de la conciliación trabajo-familia atendiendo lo que debía hacer y alentó el trabajo de miles de mujeres en todo el mundo.

Guadalupe supo conjugar muy bien la partícula “y”, creando valiosos compuestos –en terminología química– gracias al enlace estable del amor

No solo de las universitarias de Madrid y México, de las mujeres del Opus Dei y las chicas que fue conociendo en ese entorno, sino de las empleadas que trabajaron en la atención material de las residencias de Abando y Moncloa, cuyas administraciones dirigió; las indígenas de México a las que procuró titulación, sus alumnas de la Escuela Femenina de Maestría Industrial o las del Centro de Estudios e Investigación de Ciencias Domésticas. La puesta en marcha de Montefalco en el estado mexicano de Morelos, con sus proyectos de colegio de primaria y secundaria, centro de formación agropecuaria, escuela de capacitación hotelera y centro de corte y confección, da buena prueba de su preocupación por el desarrollo humano y profesional de la mujer de cualquier ámbito social y geográfico.

La importancia de la conjunción “y”

Hace unos días oí al padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, explicar que el catolicismo es la religión de la conjunción “y”: Dios y Hombre; Uno y Trino; gracia y obras, fe y razón. Que no trataba de plantear dicotomías o maniqueismos sino de integrar. Es algo muy necesario en el mundo de hoy, tan lleno de divisiones, oposiciones, conflictos y rechazo.

Guadalupe supo conjugar muy bien esa partícula, creando valiosos compuestos –en terminología química– gracias al enlace estable del amor: deber y querer, acción y contemplación, dolor y perdón, entrega y realización personal, miserias y heroísmos. De manera que quiso lo que hizo, poniendo voluntad e ilusión en todo lo que le tocó acometer en su vida; e hizo lo que quiso, llegó alto y lejos, haciendo realidad ese “soñad y os quedareis cortos”, que decía el fundador a los primeros.


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