El miedo a decir lo que pensamos lastra la democracia liberal

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Incluso en democracias liberales consolidadas, la mayoría de los ciudadanos están lejos de poder expresarse con libertad en una serie de debates. Y no porque el Estado se lo prohíba, sino porque ellos mismos se autocensuran por conformismo o por miedo a decir algo tenido por incorrecto. Así se desprende de un estudio realizado por More in Common, una organización internacional creada en 2017 para atajar la polarización en distintos países.

More in Common había hecho estudios similares –de menor escala– en Francia, Alemania, Países Bajos, Italia y Grecia. Para el de Estados Unidos, de 160 páginas, ha realizado una encuesta a 8.000 personas, además de entrevistas en profundidad y grupos de discusión. De él se han hecho eco medios comoThe New York Times, The Washington Post, The Atlantic, Vox o The New Yorker.

No hay dos bloques

Los autores de Hidden Tribes constatan que las cuestiones identitarias cada vez tienen más peso frente al clásico debate sobre el papel del Estado y del mercado. Pero se niegan a dividir la sociedad entre partidarios de la democracia liberal (o “abiertos”) y populistas (o “cerrados”), un esquema interpretativo que se está poniendo de moda entre algunos analistas.

The Economist criticó hace unos meses esa dicotomía, precisamente porque veía en ella una fuente de polarización: no solo impide comprender la división social, sino que la alimenta, al despreciar las “preocupaciones legítimas” de los etiquetados como ultras. Y aunque no negaba que la distinción pudiera ser útil en algunos casos, el semanario la encontró insuficiente para explicar las contradicciones que se daban dentro de los supuestos bandos. Entre otras cosas, porque declararse cosmopolita o “abierto” no vacuna contra la intolerancia.

Es la reflexión personal –expresada de forma respetuosa– lo que añade valor a una conversación pública saturada de tópicos y exabruptos

También a More in Common le parece demasiado forzado encerrar a la gente en solo dos visiones del mundo. De hecho, en los países en los que ha trabajado, observa la existencia de una mayoría social –que oscila entre el 40% y el 60% de la población– cuyas posiciones unas veces se alinean con los “abiertos” y otras con los “cerrados”. El informe aclara que quienes se sitúan dentro de esa mayoría no necesariamente son “centristas” entre dos extremos, sino que a las preguntas con dos respuestas posibles están más divididos que los otros, de los que es más fácil predecir que se decantarán por una opción.

La mayoría autosilenciada

Tras hacer 58 preguntas a cada encuestado sobre temas candentes en la opinión pública de Estados Unidos, los investigadores distinguen siete grupos a los que llaman “tribus ocultas”. No es una tipología perfecta, y, como observa Zack Beauchamp en Vox, rivaliza con otras que han aparecido recientemente; por ejemplo, el Pew Research Center publicó hace un año una que hablaba de nueve grupos. De todos modos, cualquiera de estas tipologías siempre afinará más que la que solo tiene en cuenta a dos tipos de personas.

Los autores del estudio llaman a sus siete grupos “tribus” porque sus miembros suelen compartir un fuerte sentido de identidad. Y están “ocultas” porque lo que les une no son rasgos externos visibles como la edad, la raza o el sexo, sino un conjunto de creencias, valores e identidades que articulan su visión del mundo y que son más decisivos que las adscripciones políticas.

Pero también se puede decir que están ocultas en otro sentido: a diferencia de los grupos más activos en la conversación pública, algo más de la mitad de los estadounidenses no se consideran libres para decir lo que piensan en una serie de temas. Así lo cree el 66% de la población respecto del islam; el 64% respecto de la raza; el 55% respecto de las cuestiones LGTB o el 51% respecto de la inmigración.

Unido a los anterior está el malestar ante la corrección política, que supone “un problema” para el 80% de la población. El estudio no aclara qué significa esto, pero sí da algunas pistas. “En las entrevistas en profundidad y en los grupos de discusión –explica Yascha Mounk en The Atlantic– los participantes dejaron claro que estaban preocupados por su capacidad de expresión en la vida cotidiana. Les preocupa que la falta de familiaridad con un tema, o la elección de una palabra dicha sin pensar pueda llevarles a serios reproches sociales”.

Hipersensibilidad, con brecha educativa

Está claro que lo ideal es que las palabras salgan de la boca pensadas, pues es la reflexión personal –expresada de forma respetuosa– lo que añade valor a una conversación pública saturada de tópicos y exabruptos. Pero la preocupación que revelan algunos comentarios recogidos en el informe parece ir por otros derroteros.

Que la corrección política es un problema podría significar que la extrema sensibilidad en los debates identitarios resulta molesta a muchos, porque no se sienten cómodos en este terreno. Lo ven como un campo de minas, en el que es muy fácil cometer errores si no llevan cuidado. De modo que prefieren callarse para que nadie les acuse de ser unos “odiadores”.

Para las personas con más estudios es más fácil estar al día de lo que representa el modo correcto de expresarse sobre la raza, el sexo o la identidad sexual

Esta conclusión es coherente con otro hallazgo del estudio: la tribu a la que menos preocupa la corrección política son los “activistas progresistas” –solo un 30% la ve como un problema–, que es precisamente el grupo con “los niveles más altos de educación y de estatus socioeconómico”, en palabras del informe. Este dato refuerza la hipótesis de quienes creen que la corrección política es una causa que interesa sobre todo a las élites mejor formadas, para las que es más fácil estar al día de lo que representa el modo correcto de expresarse sobre la raza, el sexo o la identidad sexual.

De ahí la advertencia de Mounk: “No dudo de la sinceridad de las personas ricas y con más estudios que llaman la atención a los demás si utilizan términos ‘problemáticos’ o si cometen un acto de ‘apropiación cultural’. Pero lo que la gran mayoría de los estadounidenses parecen ver –al menos según los datos de Hidden Tribes– no es tanto una preocupación genuina por la justicia social [aplicada a las cuestiones identitarias] como una exhibición de superioridad cultural”.

“Para los millones de estadounidenses de todas las edades y razas que no siguen la política con embelesada atención (...), la tendencia actual a la denuncia pública [de lo que se percibe como racismo, sexismo u homofobia] sencillamente parece una excusa para burlarse de los valores o de la ignorancia de los demás”.

Y aunque es cierto que la denuncia de la corrección política también puede ser una fuente de faltas de respeto, la mayor parte del país no están pensando en ganar una licencia para ofender, sino en ejercer el derecho a libertad de expresión protegido por la Primera Enmienda de la Constitución. “La gran mayoría de los estadounidenses –dice el informe– quieren sentirse libres para decir lo que piensan, pero también reconocen que debe haber límites a la expresión que sea peligrosa o que fomente el odio”.

En una sociedad que defiende los valores de la democracia liberal, la variedad de opiniones no debería ser un problema. Todos deberíamos sentirnos libres para expresar nuestros puntos de vista, en condiciones de igualdad y con los límites razonables que marca la ley. En principio, podemos contar con la tranquilidad de que –por muy impopulares que sean nuestras ideas– el Estado velará por nuestro derecho a decirlas. Y, también en principio, podemos contar con que nuestros oyentes tendrán un nivel suficiente de tolerancia para dejarnos hablar, aunque no estén de acuerdo con nosotros. El estudio de More in Common sugiere que todavía estamos lejos del ideal.


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