El encuentro de tres amores

Diez principios y una clave para educar

Página 1

Autor: Tomás Melendo

Palabra. Madrid (2017). 160 págs. 15,50 €.

Comprar

Cuando un catedrático de metafísica como Tomás Melendo habla de educación, no hemos de esperar una retahíla de técnicas educativas, sino, como afirma su hija Irene en el Prólogo, principios o directrices “que deben componer la música de fondo de cada una de las pequeñas o grandes decisiones del día a día”. El metafísico escribe como padre. “El núcleo fundamental de lo que se expone –avisa Irene Melendo– ha sido la propia vida familiar de quien lo escribe”.

El autor comienza admitiendo que educar no es sencillo, pero es lo más importante. Por eso, vale la pena aprender a ser padres, pues es imposible ser buenos padres sin esfuerzo. Lleno de sentido común y escrito con gran claridad, el libro ofrece sabias pinceladas sobre cómo educar, trazos firmes dados con el mismo pincel: el pincel del amor. Nos recuerda que hay que querer mucho a quien pretendemos educar; que las personas solo mejoran a través del trato personal, como un diamante solo se puede pulir con un diamante; que a cada hijo hay que dedicarle el tiempo que necesite, pues las prisas son el principal enemigo de la educación; que el niño necesita autoridad, aunque se niegue a reconocerlo; que un amor equivocado lleva a malcriar a los hijos… En fin, que “educar es amar, y amar es enseñar a amar, pues no es otro el destino del ser humano y la clave de su felicidad”.

El arte de educar consiste en saber utilizar ese pincel del amor para mezclar en el lienzo de la vida tres colores: el amor matrimonial, el amor filial y el amor de los amores. En este sentido, Melendo afirma que los padres No tenemos derecho a hacer a nuestros hijos a “nuestra imagen y semejanza”, pues somos “colaboradores de Dios en su crecimiento humano y espiritual”.

Nosotros no somos los protagonistas de la educación; el auténtico protagonista, de manera radical, metafísica, es Dios. Y esa es la clave para interpretar los diez principios que anuncia el subtítulo, que son: amar con amor auténtico a cada hijo y con amor recíproco entre los padres, transformarlo todo en amor, contar con la eficacia educativa del ejemplo, ver siempre lo positivo, ejercer la autoridad, saber corregir para encauzar comportamientos, promover la excelencia personal de nuestros hijos, enseñar a amar y conceder a cada hijo toda la libertad que en cada momento sea capaz de gestionar.

La función de la educación consiste en “fomentar positivamente la libertad de cada hijo”, lo que significa que los padres debemos procurar que en las diferentes etapas y circunstancias de su vida logre valerse por sí mismo y sea dueño de sus propias decisiones. “Solo entonces será capaz de amar”.


Nuestra web utiliza cookies para facilitar el servicio. Si continúa navegando entendemos que las autoriza.