Dinero + prestigio = buen puesto en el “ranking” de universidades

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En las listas buenas, todos quieren estar en cabeza, y los “rankings” de universidades son de esas que animan a los centros de altos estudios –y aun a los gobiernos– a poner toda la carne en el asador para estar bien arriba. Es cuestión de prestigio, y el dinero lo huele.

Un artículo de The Economist describe cómo ha ido articulándose el mecanismo de los rankings, desde que en 1998 el entonces presidente chino, Jiang Zemin, anunció un proyecto para la creación de universidades de categoría mundial en el país asiático. Un profesor de la Universidad de Shanghái, Nian Cai Liu, se dio a establecer unos parámetros para medir y comparar entre sí la calidad de estas instituciones –de China y del resto del mundo–, y así elaboró una primera lista en 2003, con 500.

En el Reino Unido, poco más de 20 universidades de élite se llevan ellas solas el 49,1% de la financiación pública destinada a la educación superior

El de Shanghái es a día de hoy uno de los rankings más conocidos, junto con el Times Higher Education (THE) y los QS World University Rankings. Si una universidad está en ellos –y bien arriba– “existe”; si no, es invisible y difícilmente puede atraer –vía matrículas estudiantiles y ayudas gubernamentales– los fondos para cimentar un buen nombre.

Esto puede generar un círculo vicioso, pues los mayores montos van a parar a aquellos centros que ya están bien posicionados en la lista. En el Reino Unido, por ejemplo, las universidades del Russell Group –poco más de 20 que son la crème de la crème– se llevan ellas solas el 49,1% de la financiación pública destinada a la enseñanza superior.

Esta tendencia a premiar a las que ya tienen fama de excelencia estaría fomentando, según algunos expertos, la estratificación del sistema, pues los estudiantes de familias más pudientes se permiten ir a universidades en las que, si grande es el prestigio, alto es el precio; mientras que los de menos recursos deben conformarse con matricular en las de menos ringorrango. No será lo mismo, al final, mostrar un diploma de Princeton –que en el ranking de U.S. & News Report aparece en el primer puesto y cobra a sus alumnos 47.140 dólares en tasas universitarias–, que uno de la Universidad de Dakota del Sur, ubicada en el lugar 223, y donde los jóvenes del estado pueden sentarse en el aula por unos 8.400 dólares.

“University… is money”

Si para las instituciones de educación superior es importante labrarse una fama que les funcione como imán –algunas contratan a ranking managers para que las ayuden a corregir el tiro y hagan que el centro se posicione cada vez más alto en las listas–, los países donde tienen sus sedes también muestran su interés.

“Los rankings han atraído la atención de los gobiernos –dice The Economist–, particularmente de aquellos países que exhibían malos resultados [en la educación superior]. Las autoridades necesitaban unas cuantas estrellas en el sector de los altos estudios, y todo el que no lograra crearlas le fallaba a su pueblo y perdía una importante carrera a nivel global”.

Para quienes elaboran los rankings, que una universidad ponga el mayor acento económico y profesional en la investigación es un mérito, pero ello puede ser más bien un problema

Junto con ello está, desde luego, el aspecto económico. Que, por ejemplo, Oxford y Cambridge estén en suelo británico implica que la economía nacional también hace caja: según The Guardian, solo en el período 2011-2012 los estudiantes internacionales dejaron unos 10.000 millones de libras en el país.

Los gobiernos han descubierto, pues, que conviene inyectarles recursos a las universidades. En 2005, Alemania anunció que implementaba una iniciativa para apoyar monetariamente a los centros con potencial para alcanzar talla mundial, y se ha gastado ya unos 4.600 millones de euros. También la India se ha propuesto impulsar a unas 20 universidades para que tomen esa categoría, y en la misma cuerda se mueven los gobiernos de Francia, Singapur o Taiwán, y aun los de Nigeria y Rusia, casos estos últimos en los que la publicación británica habla de objetivos “no realistas”.

La docencia, a la cola

El voluntarismo estatal, sin embargo, no entra demasiado a cuestionar la esencia de las listas en que desean colocar a sus universidades, a saber, qué parámetros se toman en cuenta para otorgarles a estas un lugar más arriba o más abajo.

Uno de los más utilizados para hacer la medición suele ser cuánto dinero se gasta cada una en investigación, y también cuántos premios Nobel han salido de sus aulas o trabajan allí, o el número de citas bibliográficas que tienen determinados estudios de una universidad en las publicaciones científicas, muchas de ellas en inglés.

Pero según algunos entendidos, lo que para los elaboradores de rankings parece ser un mérito indiscutible: que una universidad ponga el mayor acento económico y profesional en la investigación, puede ser más bien un problema fuera del papel. Con tantos académicos absorbidos en proyectos, con tantos que se embarcan en viajes frecuentes para ir a trabajar con los de otras universidades, la labor primaria de un centro de altos estudios: el proceso de enseñanza-aprendizaje, es el que puede quedar cojeando, pues los profesores gastan sus energías en otro asunto mientras dejan el aula en manos de estudiantes de doctorado.

En EE.UU., el financiamiento entregado para investigación por los Institutos Nacionales de Salud a las universidades se ha traducido en más publicaciones, no en más terapias innovadoras

Lo irónico es que muchos jóvenes, a la hora de elegir universidad, les echan una ojeada a los rankings, pero como estos ubican mejor a las que más gastan en investigación y dejan en segundo plano el factor instrucción, pues se van allá, sin saber que esa tendencia es la que, precisamente, termina perjudicándolos.

“Y pocas nueces”

Un equipo de la Universidad de Georgia, EE.UU., examinó de cerca 13 rankings y constató que seis de ellos se enfocan exclusivamente en la investigación, mientras que los siete restantes se fijan en un 76% de parámetros relacionados con ella y en un 24% de los vinculados a calidad académica o de la enseñanza.

Para los autores del informe, lo interesante es el muy mejorable rendimiento que tienen los recursos dedicados por la universidad a investigar. El gasto en esa dirección “a menudo se usa como indicador de la fuerza, la calidad y las capacidades de una institución. Sin embargo, no se ha hallado correlación entre el gasto y una investigación de mejor calidad”.

Según refieren, un estudio efectuado en Canadá encontró una decreciente tasa de retorno entre ambos factores, mientras que en EE.UU., el financiamiento entregado por los Institutos Nacionales de Salud a las universidades para que desarrollen sus investigaciones, se ha traducido en un aumento de las publicaciones, pero no en el desarrollo de terapias innovadoras.

“Los actuales sistemas de ranking –afirman– raramente incorporan [como parámetro] la promoción de la cultura de la innovación a través de la cesión de patentes o de la propiedad intelectual. El incremento del producto de investigación –publicaciones o patentes– puede ser fácilmente manipulado para mejorar el puesto en los rankings sin necesariamente aumentar las contribuciones a la ciencia”.

Los rankings, con pinzas

Como en la granja de Orwell, en los rankings globales tal parece que hay unas universidades “más iguales que otras” a la hora de definirse su ubicación en las listas. Stanford y Harvard, por ejemplo, quedan bastante bien lo mismo en el QS –segundo y tercer lugar respectivamente, en el de 2017– que en el de Shanghái –Harvard en primero, Stanford en segundo–.

Para el resto de los mortales que no está en el top 10 o 50, esos mismos rankings reservan sitios bastante más dispares: si la Autónoma de Madrid (UAM) estaba ese año en el 210 del QS, en el de Shanghái fue a parar a la categoría “del 301 al 400”. Igual le ocurrió al Trinity College irlandés: en el primero ocupó el puesto 98, y en el segundo, uno “del 151 al 200”.

Convendría, pues, tomar con pinzas estas listas a la hora de decantarse por una institución u otra. Los autores del estudio de la Universidad de Georgia sugieren –ya que el grueso de los rankings privilegia el factor “inversión en investigación” para determinar el orden– que se valore el impacto científico real de las investigaciones, su huella en el bienestar humano y sus potenciales resultados económicos.

Un inventario que vaya por esta línea, y que no repare tanto en cuántas publicaciones y citas apuntalan el prestigio de una universidad, pudiera ser bastante más útil.

Para saber más

Otro “ranking” de sistemas universitarios, según su autonomía

Cultivar la reputación, más allá de los rankings

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