“Deja el WhatsApp: ven a casa a cenar”

Página 1

Un importante banco canadiense ha desarrollado una app para relacionar entre sí a los empleados que trabajarán en un complejo de edificios que se levanta en Toronto. Con ella, los trabajadores podrán planificar sus reuniones y sus clases de fitness, ordenar comida y… encontrar un compañero con quien comer.

Puede parecer una tontería: los alimentos van a parar al estómago con independencia de que haya alguien más presente cuando se toman. Pero no: un estudio de Oxford Economics ha revelado que sentarse a la mesa sin compañía puede incidir negativamente en la sensación de felicidad de una persona, algo muy relacionado, por supuesto, con su estado de salud.

Los investigadores tomaron como muestra a más de 8.000 adultos británicos, de los que una parte eran trabajadores en activo; otros, jubilados, y otros, desempleados; y también a personas casadas, solteras, viudas… Tras entrevistarlos y puntuar sus respuestas según un denominado Índice del Vivir Bien, hallaron que aquellos que jamás comían solos alcanzaban 7,9 puntos más de felicidad que quienes se sentaban a la mesa sin más compañía que el plato.

Lo más importante, el vínculo

Según el estudio de Oxford Economics, quienes jamás comen solos tienen una mayor sensación de felicidad que quienes sí lo hacen

De los consultados, una cuarta parte respondió que comía solo “la mayor parte de las veces” o “siempre”, lo que, por supuesto, no todos hacían voluntariamente. Es curioso que, entre el grupo que menos se sentaba a la mesa sin compañía estaban los jubilados. El 70% de ellos y el 82% de las personas que trabajan en casa suelen comer con otras personas.

Hay dos segmentos poblacionales que salen peor: el de los que trabajan 60 horas o más a la semana, y el de quienes están en el paro o tienen una discapacidad o enfermedad crónica. De los primeros, el 35% no tiene con quien conversar a la hora del almuerzo, y de los segundos, el 41% está en la misma situación. Los que padecen trastornos del comportamiento, dificultades de aprendizaje o problemas de visión, suelen ser los más relegados.

En cuanto a quienes sufren graves precariedades económicas, Alison Harris, psicóloga clínica en Salford, explica a The Guardian que no tener vivienda ni empleo incide en la pérdida de contactos sociales, y esa desventaja es clave, pues puede provocar aislamiento y angustia. De hecho, la experta dice haber observado una depresión aguda entre refugiados y demandantes de asilo, y no tanto por traumas de la guerra o torturas, sino por haberse roto los vínculos con sus familiares y sus comunidades de origen.

Quienes son padres tienen mayor tendencia a comer acompañados que quienes no lo son

Sobre otro factor, el estado civil, el estudio también repara en que compartir con otros en el momento de la comida es más probable entre quienes tienen pareja –el 65% de los solteros come solo–, y si toma nota de la naturaleza de la relación, igualmente advierte diferencias: los casados tienden a comer juntos con más frecuencia que los simplemente convivientes, y asimismo sucede con los que son padres respecto a quienes no lo son.

A menos contacto, más depresión

El tema de la soledad y sus consecuencias viene apareciendo de modo bastante frecuente en el panorama noticioso de los países ricos: desde la información sobre un vecino que descubre por casualidad que una anciana lleva cuatro años muerta en su apartamento en Valencia, sin que nadie la echara en falta, hasta la decisión del gobierno británico de crear, dentro del Ministerio de Cultura y Deportes, una Subsecretaría de la Soledad, para afrontar la situación de unas 9 millones de personas que no tienen quien les dé los buenos días cada mañana.

La soledad no es una enfermedad, pero a veces mata como por derivación, pues se le asocia con enfermedades como la depresión, que puede provocar en el afectado un grave desinterés por su propia salud y hacerle adoptar hábitos de vida perjudiciales. Sin revisiones médicas periódicas y sin nadie que anime a cambiar el rumbo, la biología hace el resto.

La depresión se combate, más que con fármacos, con contacto personal, entendido el adjetivo en toda su expresión. Una llamada a la semana o al mes, o un mensaje de WhatsApp con una carita sonriente, un gato de ojos tiernos y un mensaje acaramelado, ni casan con el concepto ni suelen ser buenos sucedáneos. Al parecer, hay que estar presencialmente, dejarse ver, tocar a la persona…

Precisamente un equipo de investigadores de varias instituciones de Michigan y Oregón, EE.UU., elaboró un estudio sobre la incidencia de la depresión. El objetivo era determinar la relación entre esta y el tipo de contacto interpersonal –presencial, por teléfono o por vía de cartas o email– que tenían los individuos de la muestra seleccionada. Se examinó a más de 11.000 personas mayores de 50 años entre 2004 y 2010.

La probabilidad de experimentar síntomas depresivos se incrementa en la misma medida en que disminuye el contacto personal

El resultado fue muy ilustrativo: la probabilidad de sufrir síntomas depresivos se incrementaba en la misma medida en que disminuía el contacto personal. Aquellos que se veían apenas una vez tras varios meses con sus amigos y familiares, mostraban más los mencionados síntomas que aquellos que intercambiaban con los suyos una o dos veces por semana (11,5% frente a 7,3%).

“Vernos cara a cara”

Lo de reunirse a menudo con papá o con el abuelo –y mejor si es en torno a la mesa del comedor– parece una necesidad. “Estamos diseñados para el cara a cara”, dice a The Guardian el psicólogo británico Paul Gilbert, creador de la denominada “terapia compasiva” (compassion focused therapy).

Según explica, el sistema parasimpático “se estimula a través del tono verbal y de voz en la relación con el otro. Hasta donde sabemos, no se estimula por medio de textos. Hablando de modo general, estás diseñado para responder al tono de voz, a las expresiones y a las caricias”.

Por su parte, su colega Robin Dunbar, uno de los autores del estudio de Oxford Economics, afirma desconocer exactamente por qué la gente es más feliz cuando se reúne para comer, pero se atreve con una explicación desde la bioquímica: “El tipo de cosas que uno hace en torno a una mesa con otras personas, son muy oportunas para disparar el sistema de endorfinas, que es parte del sistema cerebral de gestión del dolor. Las endorfinas son opioides, y están químicamente relacionadas con la morfina. El cerebro las produce, y te dan un subidón. Es lo que te sucede cuando haces todo ese intercambio social, que incluye darse una palmada, un abrazo, una caricia”.

Habrá que aparcar, pues, el móvil, y tomar el coche o el autobús para visitar a esa persona a la que hace tanto no vemos personalmente. Sí: estará encantada con los WhatsApps, pero seguramente agradecerá más vernos sentados a la misma mesa. Es cuestión de humanidad. Y de salud.

Para saber más

Solos al final de la vida

“Necesitamos de los otros para sobrevivir”


Nuestra web utiliza cookies para facilitar el servicio. Si continúa navegando entendemos que las autoriza.