El Parlamento Europeo, de Schuman a hoy

Cincuenta años, y aún inmaduro

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El 19 de marzo se cumplen 50 años de la constitución de la Asamblea Parlamentaria Europea, origen del actual Parlamento Europeo. Su primer presidente fue Robert Schuman. El poder legislativo de la UE, elegido desde 1979 por sufragio directo, ha ido ganando peso y competencias en la política europea, aunque no despierta el entusiasmo del público.

Son 785 parlamentarios, elegidos de entre 493 millones de habitantes de la UE. Pero sólo el 46% de quienes podían votar en las elecciones de 2004 al Parlamento Europeo efectivamente lo hicieron: desde el 91% en Bélgica (donde el voto es obligatorio) hasta el 21% en Polonia, que por vez primera elegía a sus representantes. El caso es que, desde las primeras elecciones directas en 1979 -antes, eran los parlamentos nacionales los que enviaban a sus delegados-, la participación ha caído en casi un 20% (aunque, para que no se diga, ha aumentado en el Reino Unido, del 32% al 39%).

¿Por qué no votan los europeos?

La propia Comisión Europea reconoce como fenómeno preocupante la “distancia” de la ciudadanía con respecto al proyecto europeo. Los debates en torno a la Constitución Europea han mostrado, sin embargo, que esa percepción puede conocer excepciones. Quizá siguen pensando los ciudadanos que lo que influye en sus vidas procede del Estado o de su región, cuando -dicen los expertos- alrededor del 70% de las decisiones que afectan al ciudadano proceden del ámbito comunitario.

Quizá piensen que el Parlamento no tiene gran participación en las decisiones de la UE: ¡se habla tanto del “déficit democrático”! Y es cierto: sin los gobiernos de los Estados miembros poco se puede hacer. Pero éstos, sin el Parlamento, tampoco pueden mucho: es el Parlamento el que fija los presupuestos; la mayoría de las decisiones no se pueden tomar ya contra el Parlamento -excepto en temas relacionados con la política exterior y de seguridad, en que los Estados siguen teniendo la sartén por el mango-; de hecho (todavía no de derecho), el Parlamento puede vetar el nombramiento de un miembro de la Comisión (que se lo digan a Rocco Buttiglione); su voto es imprescindible para la adhesión de nuevos miembros…

¿Y lo del “déficit democrático”? Es cierto: el Parlamento Europeo no es “el” legislador, sólo puede (excepciones aparte) atribuirse el poder de co-legislar con el Consejo. Es evidente: no se corresponde con la separación de poderes, tan propia de la democracia occidental. Quizá conviene, sin embargo, recordar que la Unión Europea es una construcción sui generis, que combina elementos supranacionales con otros intergubernamentales.

Significa que, en unos casos, los Estados ceden poder de decisión a la Comunidad Europea; en otros, simplemente cooperan. Cuando ceden competencias, en cierta manera lo hacen de forma controlada. En fin: que el proceso de toma de decisiones refleja esa cesión (representada por el Parlamento) controlada (representada por el Consejo). Complejo, ¿verdad? ¿Será por eso que no votan los ciudadanos?

Déficit democrático y dispendios retributivos

¿O porque de vez en cuando salen a la luz ciertas corruptelas con dietas, viajes y similares de los diputados del Parlamento Europeo, que, como salario, cobran exactamente lo mismo que sus compañeros del respectivo Parlamento nacional? Pero si, con las dietas ha habido algunas veces sus más y sus menos, el Parlamento, que en 2006 contó con un presupuesto de 1.320 millones de euros, ha ido reaccionando con regulaciones cada vez más estrictas. Pero todavía hace muy pocos días, el International Herald Tribune (22-02-2008) sacaba a la luz un informe de auditores en que se habla de graves abusos en el pago de colaboradores de los diputados.

¿O quizá no voten porque eso de tener varias sedes (fundamentalmente Estrasburgo y Bruselas) les parece un dispendio? Hay incluso una parlamentaria liberal sueca -Cecilia Malmström- que mantiene abierta una página web donde reúne firmas (ya son más de un millón) para que la sede única del Parlamento se establezca en Bruselas, donde la municipalidad ha regalado al Parlamento impresionantes edificios con despachos para todos, salas de reuniones y de plenos.

Tampoco Estrasburgo se ha quedado atrás, y ha dotado a la ciudad de otro impresionante edificio para que el Parlamento Europeo no tenga que seguir de “realquilado” en el Consejo de Europa en los 12 plenos anuales que celebra en la ciudad francesa. ¿Motivos económicos para todo esto? Sí, indudablemente. Pero quienes mantienen contra viento y marea a Estrasburgo como ciudad parlamentaria lo hacen también por motivos históricos, por evitar el centralismo bruselense y por subrayar que la Unión Europea no tiene una capital.

¿O quizá no voten porque vean los plenos muchas veces poco nutridos de parlamentarios y piensen que no se ganan su sueldo? No es fácil entender que los plenos (con honrosas excepciones) no son el corazón de la labor parlamentaria: lo que allá llega ha pasado por las comisiones, se ha retocado innumerables veces; ya antes se sabe el resultado de las votaciones: el trabajo fundamental está en los despachos, en las reuniones de las comisiones y de los grupos políticos, en las negociaciones para sacar adelante este o aquel texto, en la atención de visitas… Pero es verdad que la vista de un hermoso hemiciclo casi vacío descorazona un poco: el 18 de febrero de 2008, por ejemplo, firmaban algo más de 600 parlamentarios la lista de asistencia -el requisito para cobrar la dietas-; en la única votación del día participaban unos 255; en los debates seguro que había menos diputados presentes.

Línea desigual

También todo esto es el Parlamento Europeo. Pero indudablemente, su labor se mide sobre todo en su participación en el proceso legislativo, en sus resoluciones, sus tomas de postura, su control al Consejo y Comisión (las preguntas parlamentarias). Aquí, el balance es muy desigual.

El Grupo Popular (antes Democracia Cristiana), con 288 parlamentarios de los 27 países, reúne a demócratas cristianos, liberales moderados, conservadores británicos y nórdicos. En algunas cuestiones (por ejemplo, sobre el modo de salir de la crisis del Tratado Constitucional) puede ir de la mano con los 215 socialistas. En temas del modelo económico muchas veces se encontrarán con los 101 liberales (oficialmente: “demócratas y liberales”; allí han recalado el diputado del PNV y el de Convergència), que en temas de relevancia ética (investigación con embriones, familia, laicismo) sin duda se encuentran muy lejos de las posturas de muchos diputados del Grupo Popular (no tanto de otros del mismo Grupo, si pensamos en escandinavos o algunos británicos).

A veces, sobre todo entre los alemanes (con apoyo habitual de polacos y malteses, por ejemplo), en asuntos de bioética se dará una curiosa coalición con algunos de los 42 “Verdes”, más cercanos en otros temas a la “Izquierda Unitaria Europea” con sus 41 diputados (entre los que se encuentran algunos verdes nórdicos).

De talante conservador con ribetes nacionalistas son los 44 de la Unión por la Europa de las Naciones, básicamente polacos y los italianos de Forza Italia y Alianza Nacional, junto con los irlandeses del Fianna Fáil. Y ya sólo quedan los 24 de Independencia/Democracia, euroescépticos británicos del Independence Party, capitaneados por el veterano danés Jens-Peter Bonde y acompañados por gente de otros 7 países. Y luego están, para completar el panorama, los “No Inscritos”, 30 entre flamencos decididos, las gentes de Le Pen, 3 italianos de 3 partidos diferentes, 5 británicos de filiaciones distintas.

Pero esta última parte es, por así decirlo, folklore. Lo esencial es la línea que marcan los grandes grupos. Y esa línea es desigual. Junto a resoluciones excelentes se encuentran otras dudosas, interesadas, como el apoyo explícito a Rodríguez Zapatero en sus conversaciones con ETA -que muchos consideraron una instrumentalización del PE- o la crítica al Vaticano en alguna ocasión -que muchos consideraron fuera de lugar y sin precedentes en el contexto internacional-; es constante, sin duda, la preocupación por los derechos humanos en todo el mundo y, en general, el tono es más exigente que el del Consejo en lo que afecta al ritmo de avance en el proyecto europeo.

Este es el organismo que cumple ahora sus 50 años. Cuando en 1999 Giorgio Napolitano lo presidió por ser el diputado de más edad, en la sesión de apertura de aquella legislatura, dijo: “La causa que nos une, señores y señoras diputados, ante los difíciles y comprometidos retos con los que nos enfrentamos, es construir una Europa más unida, más amplia y más fuerte para garantizar la paz, la libertad y la justicia en todo el continente”. Que sea por muchos años.

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Enrique Banús es Director del Centro de Estudios Europeos (Pamplona)


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