«China tiene necesidad del cristianismo»

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Bernardo Cervellera, director de «AsiaNews»
En su reciente visita a Pekín, George Bush ha lanzado a las autoridades chinas el mensaje de que deberían permitir la libertad religiosa. En los últimos veinte años, mil doscientos millones de chinos están experimentando el paso a marchas forzadas hacia una economía libre e internacional. Pero el proceso ha creado profundas heridas sociales. Bernardo Cervellera, misionero del Pontificio Instituto para las Misiones Exteriores (PIME), y director de la agencia «Asia News» (1), explica en esta entrevista algunos de los problemas que hay detrás del «milagro chino» y el papel que puede jugar en este terreno la libertad religiosa.

— En la prensa es ya un lugar común destacar el crecimiento de la economía china, pero no se habla tanto de la situación social.

— Hace unas semanas participé en un encuentro de la asociación de empresarios italianos: fueron ellos los que me pidieron que hablara de los problemas, de las tensiones sociales en China, de la falta de libertad. Me dijeron que las cifras las encontraban en cualquier lado, pero que a ellos les interesaba la realidad de los hechos, el modo en que realmente vive la gente, pues es algo que incide en la economía. De lo contrario, se corre el riesgo de tener una perspectiva «virtual» de las cosas.

— ¿Y qué descripción les hizo?

— El cuadro actual es muy similar, o incluso peor, al que precedió a la llegada del comunismo en China: miseria, abandono, corrupción y violencia por parte del poder y de los jefes locales. La mayor fuente de conflicto son los derechos humanos pisoteados y olvidados. Entre los problemas más urgentes figuran el derecho de los campesinos a poseer la tierra, pues el Partido Comunista sólo defiende la propiedad de los empresarios. Otro punto es el derecho de los obreros a tener sindicatos libres, que puedan poner freno a la explotación humana que se está llevando a cabo. Irónicamente, uno de los caballos de batalla del PC contra el gobierno de Chiang Kai-shek era la petición de sindicatos: algo que ahora ellos siguen negando. Otros problemas son el derecho de los inmigrantes a vivir en la ciudad, y el derecho a la información y al debate público.

A eso hay que añadir la corrupción, extendida en todos los ámbitos. Un botón de muestra: en 2002 se descubrió que ninguna de las diez personas más ricas de China había pagado los impuestos el año anterior. Pero la lucha contra la corrupción es difícil, teniendo presente el entrelazamiento entre el poder del Partido, el poder económico y el judicial. Todo esto produce resentimiento, porque quien sale perdiendo es la mayoría de la población, que no se puede lamentar pues las manifestaciones son reprimidas con dureza.

Muchos alaban hoy a China, sin quererla, más bien temiéndola. Nosotros decimos esas cosas porque amamos a China. Ellos saben bien que deben corregir esos abusos si quieren continuar adelante.

Temor al descontento social

— ¿Cuál es la reacción del Partido y del gobierno?

— El primer ministro y el presidente están diciendo las mismas cosas que decíamos nosotros nueve meses antes. El temor inconfesado del gobierno es que con el crecimiento de la desigualdad social, el aumento del paro y la protesta de los agricultores, se cree un movimiento de revuelta mayor que el que concluyó con la masacre de Tiananmen en junio de 1989. Pero los dirigentes chinos parecen querer ignorar estos factores. En 1979, cuando Deng Xiaoping proclamaba las «cuatro modernizaciones» (agricultura, ciencia, ejército y tecnología) y lanzaba el progreso económico de China, un pobre electricista, Wei Jingshen, recordó en un dazibao que se necesitaba una «quinta modernización», la democracia. Eso le costó 13 años de cárcel y luego fue prácticamente expulsado del país. Algo similar ocurre hoy: se prefiere mirar a los éxitos y se esconden las heridas.

Así, más de medio siglo después de la fundación de la República Popular China (1949) y a los ochenta y cinco de la fundación del Partido (1921), el paraíso de los trabajadores se ha convertido en un infierno; la dictadura del proletariado en una dictadura oligárquica; la sociedad de los iguales, en un abismo vertiginoso entre ricos y pobres que se amplifica peligrosamente.

Búsqueda religiosa en auge

— Y en este cuadro, ¿cómo es la situación religiosa?

— El hecho interesante es que el alejamiento del Partido coincide con el crecimiento de la búsqueda religiosa. Quien quiera escribir una historia del comunismo en China tiene que constatar que el mayor fracaso del Partido Comunista no ha sido el «Gran Salto hacia Adelante» (1958-61), con sus 43 millones de muertos de hambre (cifra admitida por el mismo partido), ni la Revolución Cultural (1968-73), con las destrucciones y caos social que provocó. El mayor fracaso ha sido su política religiosa. Hace más de medio siglo, el PC decretó el fin inminente de los cultos; sin embargo, el número de seguidores de las religiones sigue creciendo. Las cifras oficiales hablan de cien millones de afiliados a las comunidades religiosas controladas por el Estado. A ellos hay que sumar los millones que escapan a ese control. El hecho es asombroso si se piensa que durante décadas en China ha habido un constante bombardeo ideológico de ateísmo, campañas antirreligiosas, persecución, prisión, marginación social de los creyentes.

Ese renacimiento hay que atribuirlo a la inevitable degradación de los ideales comunistas por la corrupción, la violencia gratuita y los privilegios. Y también a la aridez del materialismo. Es muy común que ex-Guardias Rojos, decepcionados por la situación actual y, sobre todo, inquietos por las violencias pasadas, de las que se sienten responsables, se acerquen a las religiones tradicionales o al cristianismo para encontrar paz y armonía. El cristianismo, con su capacidad de perdonar todo mal, de dar una razón al dolor personal, es una vía fascinate y única, preferida a la reencarnación budista y al relativismo optimista del taoísmo.

— Cuando se habla de la Iglesia católica en China se distingue entre Iglesia «clandestina» (fiel a Roma) e Iglesia «patriótica» (ligada al Partido). ¿Cómo está evolucionando la situación?

— Es una distinción que está desapareciendo. La Iglesia católica -que cuenta con más de doce millones de fieles- está cada vez más unida. El 85 % de los obispos de la llamada Iglesia «patriótica» se han reconciliado con el Papa, han admitido sus dificultades y han pedido perdón: el Papa se lo ha concedido. Estos obispos con sus fieles pertenecen a la Iglesia «oficial», reconocida por el gobierno pero fiel al Papa. Ahora se habla de Iglesia «oficial» y de Iglesia «no oficial», pero es una distinción que hace el gobierno. De hecho, el Papa Benedicto XVI invitó al sínodo del pasado mes de octubre a cuatro obispos chinos: dos «oficiales», uno «no oficial» y otro «no oficial» reconocido por el gobierno pocos meses antes. A ninguno se le concedió el permiso para viajar a Roma.

Se sigue persiguiendo a la Iglesia «subterránea», en cuanto que ilegal. Se considera delincuentes a los católicos «subterráneos» porque defienden el principio de libertad religiosa, que está escrito en la misma constitución china. Hay que decir que ningún católico se ha visto nunca implicado en actos de violencia, ni tan siquiera contra sus verdugos. Aunque se les acusa de «conspirar contra el Estado», nadie ha sido nunca ni un terrorista ni un agitador.

Pero también la Iglesia «oficial» sufre persecución, no es libre. Conozco obispos «oficiales» que no pueden dar un paso sin tener encima a la policía, que controla todos sus movimientos y encuentros. Sé de seminarios «oficiales» donde todas las semanas reciben la visita de los agentes de seguridad para controlar que las enseñanzas sean las que determina el Partido y no otras.

Dos estilos de persecución

— Parece una persecución menos violenta que en el pasado.

— En realidad, en China existen dos estilos de persecución religiosa: el «estalinista» (que se basa en la represión y la cárcel) y el «confuciano» (que busca la asimilación y el uso de la religión como instrumento de gobierno). Estos dos modos se dan a la vez: el primero es más subterráneo y real; el segundo es más público y virtual. Si a veces parece que prevalece uno sobre el otro, se debe a la fuerza del apoyo internacional que las religiones cuentan en ese momento, o bien porque en el Partido hay divisiones. En todo caso, ambos sistemas proyectan una imagen ridícula de los dirigentes chinos: con tal de encadenar la autonomía de las religiones, siguen entrando en las discusiones religiosas, produciendo reglamentos sobre cómo llevar a cabo la enseñanza coránica, qué rito usar para elegir los lamas tibetanos, cuáles son las sectas protestantes «buenas» y cuáles las «malas»… Y esto por parte de unos dirigentes que se definen ateos…

— ¿Cuál es el papel, en este contexto, de la Asociación Patriótica?

— Es la verdadera espina clavada en la vida de la Iglesia en China. La Asociación Patriótica fue fundada en 1957 por Mao para controlar a la Iglesia, es decir para apagarla. Esta asociación está integrada por miembros del Partido Comunista -la mayoría son ateos- que gobiernan todos los aspectos de la vida de la comunidad cristiana: deciden los lugares de culto, los horarios, los alumnos de los seminarios, los profesores, la financiación… Quieren tener también la última palabra en el nombramiento de obispos, de párrocos e incluso en la valoración de la vocación de personas que quieren ser religiosos o religiosas. Es decir, quieren tener la función que tiene el obispo en una diócesis. Controlan, por tanto, a la Iglesia «oficial», con gran dolor de los obispos y sacerdotes. Se aprovechan también de los ingresos económicos de la Iglesia en su propio beneficio.

La Asociación Patriótica se ha convertido en el resto de los estalinistas más ideologizados que hay en China. Es preciso recordar que en China nadie cree ya en el comunismo, incluso entre los miembros del Partido.

Hay una gran número de personas que salen del partido para lanzarse al mundo de los negocios y hacerse ricos, porque ahora esto es posible. Sin embargo, los miembros de la Asociación Patriótica son los más ideologizados y también los menos brillantes por sus cualidades humanas.

Relaciones con el Vaticano

— ¿Qué posibilidades hay de que China y el Vaticano establezcan relaciones diplomáticas?

— El Vaticano desearía tener relaciones diplomáticas porque quiere ayudar a que el desarrollo de China se lleve a cabo de un modo más humano y más equilibrado. En este sentido, la libertad religiosa ayudaría incluso al desarrollo económico del país. China querría tener relaciones diplomáticas con el Vaticano porque eso le permitiría presentarse como un país como los demás, le ayudaría a dar una mejor imagen de sí ante el mundo. Se piensa que para el 2008 podrían dar pasos serios.

El problema es que el gobierno está preocupado por las tensiones de que hablábamos antes y pone en segundo plano las relaciones con el Vaticano. No se da cuenta de que las relaciones con la Santa Sede podrían favorecer algo que necesita la sociedad china: un sentido de reconciliación, de perdón, de ayuda recíproca, y esto no lo da la ideología sino las grandes fuerzas espirituales. China tiene necesidad de estas fuerzas espirituales. El verdadero problema para las relaciones diplomáticas no es Taiwán, sino la libertad religiosa.

— ¿Por qué esa resistencia a la libertad religiosa?

— El gobierno tiene miedo de que la Iglesia canalice todo el descontento social que hay en China. Pero la realidad es la contraria: es un hecho que a pesar de trabajar en la clandestinidad, los fieles de muchas religiones llegan incluso a abrir orfanatos, casas para minusválidos, etc., respondiendo así a las necesidades de China. La libertad religiosa podría sanar de modo no violento los posibles encontronazos temidos por el Partido. La libertad religiosa conviene a la sociedad y a la misma economía: crea simpatía en el exterior y solidaridad en el interior. Y será fuente de moralidad para una sociedad caracterizada por una alta tasa de suicidios y de corrupción. Desde hace años, la Academia de las Ciencias de Pekín indica que la democracia y la libertad religiosa son necesarias para garantizar un futuro a las transformaciones económicas que se están llevando a cabo en estos años. Sin ellas, China corre el riesgo de reventar.

— Llamó la atención que el gobierno chino no enviara representantes oficiales a los funerales de Juan Pablo II.

— Es coherente con la concepción que el gobierno tiene del Papa, y especialmente de Juan Pablo II: una personalidad política que trama contra China para hacerla caer, como hizo caer los regímenes comunistas europeos. Además, pensaban que con la muerte de Juan Pablo II en la Iglesia ocurriría algún golpe de Estado, que tal vez entre los obispos se desencadenaría una lucha para hacerse con el poder… Interpretan todo como si el Papado fuera un imperio político. Para ellos fue una sorpresa ver que la gente se reunía en las iglesias para rezar, no para tomar el poder.

Se han arrependido, sobre todo, de no haber participado en los funerales de Juan Pablo II, porque toda la comunidad internacional los ha señalado con el dedo, considerándolos obstusos reaccionarios ideológicos. Desde entonces hay un deseo mayor por mostrarse amigos del Vaticano, interesados en la Iglesia católica, etc. Si el gobierno se comportó así, para la población -por el contrario- los funerales del Papa han sido una gran ocasión de evangelización porque todos han quedado sorprendidos de las multitudes que participaban… Eso ha suscitado nueva curiosidad por la figura del Papa y el cristianismo.

El interés de los intelectuales

— ¿En qué ámbitos se manifiesta ese interés?

— El cristianismo es muy estimado sobre todo por sectores como los cientificos, los profesores y estudiantes universitarios. Para ellos las religiones tradicionales tienen mucho de mítico y de falso, mientras que la religión cristiana les parece que satisface también a la razón. Hace unos meses me visitó en Roma Cai Chongguo, un disidente chino que, después del 89, huyó a París. En nuestras conversaciones ponía de relieve la importancia del cristianismo para recomponer el tejido social desecho de China. Según muchos intelectuales, gran parte de los problemas actuales se deben a la plurisecular ausencia en la cultura china de un principio universal y absoluto: taoísmo, budismo, confucionismo, positivismo, marxismo… rechazan la idea de un Dios personal, no son capaces de construir un sistema en el que se respete al hombre por sus derechos innatos.

— ¿Crecen las conversiones?

— Como decía antes, a causa del fracaso del comunismo y del vacío del nuevo consumismo, la gente se hace muchas preguntas sobre el sentido de la existencia humana, sobre la desilusión de todos los mitos comunistas por los que habían dado la vida. Muchos de ellos, a través de estas preguntas, llegan a la fe cristiana. Las cifras de conversiones de adultos al catolicismo giran en torno a los 150.000 al año. Reciben la formación que se les puede dar: en las grandes ciudades son seis meses de catequesis. A veces, no es mucho, pero -como punto de comparación- los conversos al protestantismo reciben menos doctrina: se basan más en el sentimiento y menos en el estudio.

Diego Contreras___________________(1) La página web de la agencia, con noticias y reportajes en chino cantonés, inglés e italiano, es: www.asianews.it.

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